Las mujeres y los indecisos el voto que puede cambiarlo todo

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Faltan pocas horas para una de las elecciones presidenciales más tensas, polarizadas e inciertas de la historia reciente de Colombia. Y mientras las redes sociales hierven entre insultos, cadenas falsas, videos virales y acusaciones cruzadas, hay unos datos que deberían llamar mucho más la atención que cualquier tendencia en X o cualquier audio reenviado por WhatsApp.

Los presentó esta semana César Caballero, director de Cifras y Conceptos, durante un conversatorio organizado por BTG Pactual junto a Mauricio Reina y Armando Montenegro. Y si las proyecciones se cumplen, Colombia podría estar a punto de vivir una participación electoral histórica.

Según el análisis, entre 23 y 25 millones de colombianos podrían salir a votar este domingo. Eso significaría una participación cercana al 60% del censo electoral, algo prácticamente inédito en elecciones presidenciales en Colombia.

Para entender la magnitud del dato basta mirar hacia atrás. En 2010 votaron 14,8 millones de personas. En 2014 fueron apenas 13,6 millones. En 2018 la cifra subió a 19,6 millones y en 2022 alcanzó 21,1 millones.

Ahora el país podría romper nuevamente la barrera de la abstención.

Las mujeres y Bogotá podrían definir la elección

Pero el dato más importante no es solamente cuánta gente votará. La verdadera pregunta es quiénes votarán.

Y ahí aparecen dos factores decisivos: las mujeres y los indecisos.

Las mujeres representan el 53% del electorado que participa en Colombia y su presencia es particularmente fuerte en las ciudades. Bogotá, además, sigue siendo la región con mayor participación electoral del país: cerca del 67%.

Y justamente allí, entre mujeres de estratos medios y bajos, se concentra buena parte del voto indeciso.

Según el análisis citado en el conversatorio, el 9% de los ciudadanos todavía no sabe por quién votar. Y otro 14% dice públicamente apoyar a un candidato mientras en realidad contempla votar por otro.

Traducido en votos, eso significa algo enorme: entre dos y tres millones y medio de personas podrían terminar definiendo quién pasa a segunda vuelta.

En otras palabras: hoy nadie puede cantar victoria.

Ni siquiera quienes aparecen liderando las encuestas.

El país de WhatsApp

Mientras tanto, la campaña entró en una fase todavía más agresiva: la de la guerra emocional.

Las discusiones ya no están ocurriendo solamente en redes abiertas como X, TikTok o Instagram. Ahora la verdadera batalla política está ocurriendo en grupos privados de WhatsApp, chats familiares, grupos de vecinos, exalumnos y conjuntos residenciales.

Allí circulan audios falsos, teorías de fraude, supuestos resultados electorales anticipados y cadenas diseñadas para sembrar miedo o indignación.

Uno de los ejemplos más virales de las últimas horas es un audio atribuido a una mujer colombiana en el exterior que asegura que los jurados de votación están anulando votos de manera fraudulenta. El problema es que el mismo audio está circulando simultáneamente como “testimonio” desde Atlanta, Madrid, Londres y Canadá.

Es decir: claramente alguien está intentando construir una narrativa de desconfianza.

También circulan mensajes asegurando que determinados candidatos “arrasaron” ya en votaciones en el exterior. Pero eso tampoco puede comprobarse. Los votos permanecen sellados hasta el cierre oficial de la jornada electoral.

En medio de la tensión, lo más preocupante es que los argumentos parecen haber desaparecido.

La discusión política se volvió emocional, visceral y muchas veces violenta.

Se grita más de lo que se propone.

Periodistas bajo fuego

La polarización tampoco dejó por fuera a los medios y periodistas.

En las últimas horas aparecieron denuncias, videos, supuestas investigaciones y ataques personales contra comunicadores señalados de favorecer a distintos candidatos.

A algunos los acusan de recibir pagos. A otros de operar políticamente. Y a otros simplemente de “ser de izquierda” o “ser de derecha”.

El problema es que en muchos casos las acusaciones aparecen sin contexto, sin pruebas claras y justo en la recta final de la campaña.

Una señal más de que el debate público colombiano atraviesa uno de sus momentos más tóxicos.

La polémica de Aída Quilcué

En medio de todo eso, una de las frases más controversiales de las últimas horas la pronunció la candidata vicepresidencial Aída Quilcué, quien afirmó que quienes estudian en las mejores universidades del país “aprenden a robarse la plata del pueblo”.

La declaración desató una tormenta política y académica.

No solamente porque muchas de las mejores universidades del país son públicas —como la Universidad Nacional o la Universidad de Antioquia— sino porque además abrió un debate incómodo sobre el desprecio hacia la educación y la formación profesional en medio de la campaña.

Las respuestas no tardaron en llegar. Especialmente de jóvenes estudiantes que defendieron el papel de la academia como herramienta de movilidad social y transformación personal.

¿Hay riesgo de fraude?

En medio del ambiente de sospecha, también apareció un dato importante que pasó relativamente desapercibido.

El propio equipo electoral del Pacto Histórico aseguró que tendrá decenas de miles de testigos y abogados vigilando las elecciones.

Eso, lejos de aumentar las dudas, debería ser una señal de tranquilidad institucional.

Porque el sistema electoral colombiano sigue teniendo una fortaleza clave: el voto físico en papel.

Las actas, los formularios y los registros quedan documentados físicamente. Y eso hace mucho más difícil construir un fraude masivo como el que algunos sectores denuncian diariamente.

Por eso, más allá de la tensión política, la verdadera responsabilidad ciudadana en estas horas finales tal vez sea otra: desconfiar de la manipulación emocional y volver a mirar las propuestas.

Porque el domingo no solamente se define quién gana una elección.

También se define qué tan capaces somos los colombianos de votar con información y no únicamente con rabia, miedo o indignación.

Oído al tambor.

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