Por Julián Ramírez.
No es una sospecha, es una ley no escrita de la política colombiana: quien acepta ser la sombra de Sergio Fajardo está, en realidad, ensayando su propio primer plano.
La historia, que se repite primero como oportunidad y luego como certidumbre, señala sin titubeos a Edna Bonilla. Si el patrón se cumple, y todo indica que así será, la fórmula vicepresidencial de Fajardo en 2026 será candidata presidencial en 2030. Y no debería extrañarnos. Es la crónica de una ambición anunciada.
Claudia López fue su fórmula vicepresidencial en 2018. Hoy, tras ser la alcaldesa más poderosa de Bogotá en décadas, es una figura presidencial por derecho propio.
Luis Gilberto Murillo lo acompañó en 2022. Y también terminó lanzándose a la Presidencia -con su propio partido-, evidenciando que el segundo puesto en la tarjeta de Fajardo es, en realidad, una incubadora de aspiraciones propias.
¿La razón? -Quizá esas figuras descubren, durante la campaña, que tienen más carisma, más capacidad de articulación territorial o, simplemente, menos costos políticos arrastrados que el propio matemático antioqueño. Y entonces ocurre lo inevitable: el “vice” piensa que puede hacerlo mejor que su jefe.
Carl Jung hablaría de la proyección: Fajardo busca en sus fórmulas cualidades que él mismo cree no tener -calidez, conexión popular, manejo de lo institucional-, pero al ponerlas en vitrina, él mismo les otorga el pedestal.
Luego, el público las aclama y ellas internalizan el mensaje: “Si el líder nos necesita tanto, quizás él es el accesorio y nosotras la sustancia”. Se desata entonces la ambición legítima, que no es traición sino evolución del rol.
Si vemos la historia, Marco Antonio fue el lugarteniente de Julio César; tras su muerte, no solo aspiró al poder supremo sino que se creyó con derecho a heredar la República. Más cerca, en Estados Unidos, Thomas Jefferson fue “vice” de John Adams y luego lo derrotó en las urnas.
La vicepresidencia es una trampa: o se es irrelevante o se es una amenaza latente. Fajardo, al elegir figuras con luz propia, ha repetido la inconsciencia de Adams: les entrega el escenario y luego las ve alejarse.
Entonces, ¿por qué Fajardo se niega a dejar de ser candidato? El argumento más socorrido en las críticas es el de la reposición de votos. Y aquí el debate se vuelve incómodo. En Colombia, el Estado paga una suma por cada voto válido recibido a modo de reembolso de los gastos de campaña.
Para las elecciones presidenciales de primera vuelta, el valor de la reposición es de $8.287 por cada voto. Esto significa que, incluso con una votación magra, un candidato puede recibir una cifra significativa de dinero público.
Las proyecciones más pesimistas sugieren que Fajardo podría obtener menos de 500.000 votos el próximo 31 de mayo, lo que igualmente le reportaría una suma considerable.
Es aquí donde muchos analistas ven un incentivo perverso: el líder que no tiene opciones reales de ganar se aferra a la contienda no por convicción, sino por la reposición. Una forma de financiación que, en lugar de premiar el apoyo popular, termina subsidiando la terquedad.
Hay, sin embargo, otro componente, quizá más profundo: un narcisismo político que le impide ver que su proyecto sobrevive y se multiplica… en otros. Fajardo insiste en ser el eje, mientras sus excompañeros ya construyen ruedas propias.
La psicología lo llamaría “sesgo de permanencia”: la incapacidad de reconocer que el capital político que creyó propio ya se trasladó a sus antiguas sombras.
Las encuestas, por si fuera poco, ya le han dado la espalda y las presiones para que se retire han aumentado, incluso desde su propio círculo. Pero él se empecina, desmintiendo una y otra vez los rumores de su salida, sin entender que, a veces, el gesto más elegante y poderoso es saber cuándo hacerse a un lado.
Es decir, Sergio Fajardo es el mejor cosechador de candidatos presidenciales que no son él mismo. Edna Bonilla, su actual fórmula, debería agradecerle de antemano.
Porque, como enseñan Claudia y Luis Gilberto, el único destino posible del vicefajardismo es mirar a Fajardo a los ojos y decirle, sin rencor pero con firmeza: “Gracias por el trampolín.
Ahora, el poder y la reposición de votos son míos”. La política no perdona a quienes se aferran al clavo ardiendo; premia a quienes saben saltar antes de que la tabla se queme. Y Fajardo, sin saberlo, ha estado repartiendo tablas de salvación durante una década.



