Por Javier Mozzo Peña
Constantemente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha fustigado a sus aliados en la OTAN por el poco interés y, sobre todo, la nula lealtad que ha percibido hacia su campaña militar en Irán, lanzada de la mano con Israel.
Sus mensajes, en público y en privado, han querido priorizar la lealtad. En el caso de su alianza atlántica, esta no queda al azar, sino que se nota como obligatoria al estar estampada en el artículo 5 del tratado de la OTAN, el cual establece que un ataque contra un estado miembro se considera un ataque contra todos.
Una lealtad surgida después de la Segunda Guerra Mundial y que provocó, en uno de muchos ejemplos, que Estados Unidos mantuviera a los habitantes de Berlín abastecidos a finales de la década de 1940 mediante un puente aéreo, luego de que Iosif Stalin ordenó cerrar todos los accesos terrestres para prácticamente matar de hambre a sus habitantes.
La lealtad, como principio fundamental en las alianzas con Trump, consiste en que nunca le den la espalda, sobre todo países unidos por lazos de todo tipo con Estados Unidos, pero no a cambio de nada.
Es claro que quiere hacerla brillar como un valor moral vinculado al honor, la gratitud y la confianza y que se debe manifestar en apoyo, protección y colaboración.
“Las naciones de la OTAN no han hecho absolutamente nada para ayudar… Estados Unidos no necesita nada de la OTAN”, escribió esta semana Trump, a través de su red Social Truth, profundamente molesto con España y el Reino Unido, renuentes a prestar bases militares para apoyar su ofensiva en Irán. Una flagrante deslealtad desde el punto de vista del mandatario.
A estos dos países Trump los enfrentó a la pregunta ¿es deslealtad no sumarme a una guerra que no inicié?
Ya en su primera administración, la lealtad que esperaba ver de sus socios europeos la había puesto en una diana de tiro preguntando qué pasaría si Estados Unidos no los defendiera ante un hipotético ataque de Rusia.
Trump estaba frustrado por los pocos presupuestos destinados a la defensa por parte de esos países, que, gracias a esa estrategia, habían podido robustecer su estado de bienestar, pues estaban profundamente tranquilos de que el paraguas de seguridad de la superpotencia mundial se iba a desplegar ante alguna amenaza por su alianza en la OTAN sin ningún costo.
La campaña en Irán ha estado limitada al teatro aéreo y la posibilidad de que el trabajo tenga que ser completado con tropas en el terreno está siendo analizada muy seriamente por los estrategas en Washington. En ese sentido, las manifestaciones de apoyo, protección y colaboración serán fundamentales para Trump.
Ha transcurrido un mes sin que se vea aún algo claro en medio del humo que se ha levantado tras más de 10.000 incursiones y bombardeos a todo tipo de instalaciones militares y de desarrollo nuclear de la teocracia iraní.
Los asesores de Trump ya barajan la posibilidad de una incursión terrestre limitada para acabar con la amenaza del régimen y hacerse cargo de los más de 400 kilos de uranio que Irán enriqueció y que hoy oculta, algo por lo que también presiona Israel.
Una campaña en terreno medirá el nivel de lealtad de muchos países con Estados Unidos, comenzando por Europa y las monarquías árabes del Golfo Pérsico. Estas últimas han sido víctimas pasivas de la contraofensiva iraní, mientras que las primeras han visto encarecer el costo de vida.
Para unos y otros, la lealtad no sería un valor moral, sino una póliza de supervivencia.
Estas naciones tendrán que poner terreno y recursos para soportar logísticamente una eventual ofensiva terrestre de la superpotencia mundial, si quieren que la situación se solucione.
Trump está introduciendo algo muy interesante en el escenario geopolítico que podría llamarse la lealtad transaccional. El mandatario pareciera romper con la lealtad “romántica” o histórica de la posguerra, para convertirla en un contrato de servicios en el que brinda protección a cambio de apoyo explícito.
El politólogo estadounidense Stephen Walt, profesor de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard pareció anticipar hace ya casi cuatro décadas la situación a la que se enfrentan hoy los aliados, que Estados Unidos quiere ver como “leales”.
“La capacidad de atraer aliados es un activo valioso en cualquier sistema competitivo. Quienes provocan que otros se alineen en su contra se encuentran en una desventaja significativa. Por lo tanto, comprender las fuerzas que dan forma a las alianzas internacionales debería ser una preocupación vital para la mayoría de los estadistas”, escribió Walt en 1990, en la introducción de una renovada edición de su libro “Los orígenes de las alianzas”.
“Los Estados forman alianzas principalmente para contrarrestar las amenazas. Las amenazas, a su vez, dependen del poder, la proximidad geográfica, las capacidades ofensivas y las intenciones percibidas”, agregó.
Con los misiles iraníes haciendo estallar refinerías, muelles y centros de almacenamiento de petróleo y sus derivados por todo el Golfo Pérsico, es crucial la visión de Walt.
Al interpretar su lectura desde el punto de vista de lealtades, es interesante como la contraofensiva iraní a los ataques de Estados Unidos e Israel se convierte en una percepción de amenaza existencial para las naciones del Medio Oriente. La lealtad, entonces, juega un papel primordial para enfrentar esa vulnerabilidad crítica y sería bien valorada por Washington si quieren su protección.
Si Trump finalmente ordena el avance de tropas en el vasto territorio iraní, su lealtad transaccional enfrentará una prueba de fuego.
En ese momento, las naciones aliadas descubrirán el costo de la protección estadounidense, el cual va más allá que la firma en la constitución de bloques de seguridad.
Como bien advirtió Walt, las alianzas se forman para contrarrestar amenazas. No obstante, en un mundo donde la lealtad se mide en contratos por servicios, la seguridad es un bien de lujo que muy pocos podrán costear.
@javimozzo



