El mundo en un embudo: Ormuz y la guerra por los estrechos

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Por Javier Mozzo Peña

La Enciclopedia Británica define a los estrechos como vías fluviales angostas que conectan dos masas de agua más grandes. Generalmente, estos accidentes geográficos surgen por actividad tectónica, como la fractura de istmo, o pueden aparecer debido al desbordamiento de agua en zonas de territorios erosionados o hundidos.

La Enciclopedia, aún una crucial fuente de información en línea, nos hace el favor de ordenarlos alfabéticamente: el de Bab el-Mandeb (la “puerta de las lágrimas”); el de Bering; el Bósforo; el de Gibraltar; el de Ormuz; el de Magallanes; el de Malaca; el de Mesina; el de Taiwan; y los estrechos y canales en el Mar Báltico que han moldeado a Dinamarca, como el de Oresund, el Storebaelt y el Lillebaelt.

¿Cuál es el más importante? ¡Todos! Han demostrado ser vitales para la humanidad y merecen ser estudiados con un buen mapa al lado, si se es curioso.

Es muy cierta la frase aquella de que la geografía se ha impuesto a muchas otras condiciones para definir el destino de civilizaciones, pueblos y naciones enteras a lo largo de la historia.

Está presente en toda la obra del periodista y analista político Robert Kaplan en su seminal libro “La venganza de la geografía”. En su lectura global, Kaplan analiza el pasado y el presente del mundo alrededor de ella y sus accidentes, entre ellos, los estrechos. Y no le sobra razón.

El Estrecho de Ormuz protagoniza la conversación entre académicos, analistas y el público en general. Todos sufren de igual forma las consecuencias de su cierre, tras los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán.

La estrategia de bombardear sitios militares en Irán, llevó al régimen de los ayatolas a cerrar el estrecho, proferir amenazas, cobrar peajes y solo permitir que unos pocos barcos lo crucen. Hoy es su principal arma negociadora contra un posible acuerdo que pacte con sus enemigos.

Como lo demuestra Irán, todos los estrechos son vitales. Se han constituido en cuellos de botella marítimos y ejes centrales de la geoestrategia contemporánea, pues cualquier interrupción puede restringir el flujo de energía o paralizar la economía global.

Entonces, es tentador pensar qué pasaría si se cierra alguno o todos los estrechos. Sobre todo ¿qué estrategias se han aplicado o se están ejecutando para evitar esa posibilidad? Al fin y al cabo, no es la primera vez que se compromete el paso fluido por esas vitales vías.

Es difícil pensar que los estrategas de Donald Trump no le hayan advertido que las consecuencias de sus ataques militares a Irán iban a desembocar en el cierre del estrecho de Ormuz.

El mandatario pasó por alto las advertencias, apostando por un logro rápido de sus objetivos.

Ormuz es el único canal marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el Mar Arábigo. En su punto más angosto tiene unos 39 kilómetros, pero, por la profundidad requerida por los gigantescos y modernos buques mercantes de gran calado, sus vías de navegación reales se reducen a un ancho de 3,7 kilómetros en sus dos canales habilitados, uno para entrar y otro para salir, separados por una zona de amortiguamiento de la misma distancia.

Es precisamente esta extrema fragilidad geográfica la que no permite margen de error. Cuando la arteria energética del mundo depende de un hilo de agua, la diplomacia por sí sola es insuficiente.

La enseñanza es clara: las potencias deben estar preparadas para enfrentar la posibilidad de que estos cuellos de botella se cierren abruptamente.

El repaso a la evidencia es rico en acciones legales e ilegales, abiertas y soterradas, violentas y “pacíficas”.

En primer lugar, se ha acudido a bloqueos “suaves”, que sustituyen el naval tradicional, y que ha sido aplicado en el Mar de China Meridional y el sudeste asiático, de acuerdo con el comandante de escuadrón de la Fuerza Aérea India, Mohit Chouhadry, en su análisis “El acantilado de Malaca en China”.

Allí, Chouhadry analiza la estrategia de la superpotencia asiática para el Océano Índico y la arquitectura de seguridad futura en la región. El comandante expone el plan de Pekín de usar la narrativa de su vulnerabilidad en los estrechos que más usa para su comercio, como el de Malaca, para justificar la proyección que hace su armada y el desarrollo de puertos de uso civil y militar en todo en Índico.

Cheng Shaofeng, de la Universidad de Pekín, realizó una investigación sobre lo que el dirigente chino Hu Jintao expuso como “el Dilema de Malaca”. En su análisis “la auto salida de China del Dilema de Malaca y sus implicaciones”, documenta las inversiones de Pekín en infraestructura, terrestre, oleoductos y puertos alternativos para sortear el embudo de Malaca, y asegurar su suministro energético.

Otra estrategia es la disuasión en “zona gris”, usada especialmente por Rusia en el Báltico y sus estrechos. Recordemos que el Mar Báltico es una zona vital para las exportaciones de crudo de Rusia.

Mariia Vladymyorova, de la Universidad de Copenhague y quien se ha enfocado en investigar la disuasión marítima rusa entre 1991 y 2022, detalla en un análisis académico que las potencias usan embarcaciones civiles y tácticas en zonas que no son vigiladas apropiadamente o sobre las que hay disputas a la luz del derecho del mar, para hacer control marítimo y garantizar el tránsito de sus buques.

Esa táctica proyecta poder sin desencadenar respuestas militares convencionales.

Hay que mencionar la respuesta armada que ha aplicado Estados Unidos para hacer fluir el tránsito marítimo en el estrecho de Bab-el Mandeb, ubicado en África y la península arábiga. Apoyado en su poderío naval y aéreo, Estados Unidos ha atacado a los hutíes que desde el occidente de Yemen aprovechan su cercanía al mar para atacar embarcaciones que usan el Mar Rojo

Desde la antigüedad, Bab el-Mandeb ha conectado a África Oriental, Arabia e India. Su importancia alcanzó el máximo nivel cuando fue inaugurado en 1869 el Canal de Suez, ya que permitió que el tráfico entre Europa y Asia evitara por completo darle la vuelta a África por el cabo de Buena Esperanza.

Por último, se aplican las acciones legales, que, al no contar con dientes para ser aplicadas eficazmente, pasan a un segundo plano.

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar consagra la figura de “paso en tránsito”, sirviendo de base para que Estados Unidos y otras potencias justifiquen el cruce de sus flotas sin pedir permiso a los estados ribereños.

Sin embargo, el derecho internacional sin el respaldo de la disuasión naval es solo tinta sobre papel.

En síntesis, la crisis en Ormuz no es una simple anécdota en el pulso militar de Medio Oriente, sino la confirmación de que la era de los océanos libres y sin fricciones ha terminado.

Mientras las superpotencias ajustan sus piezas entre flotas en la sombra, bloqueos suaves y oleoductos de escape, la lección es ineludible: la geografía, con sus angostos cuellos de botella, ha vuelto para cobrarse su venganza. Y el mundo entero, atrapado en el embudo, ya está pagando el peaje.

@javimozzo

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