Mientras faltan apenas cinco días para las elecciones presidenciales en Colombia, una pregunta empezó a recorrer chats, cafés, oficinas, grupos familiares y transmisiones en vivo: ¿vale la pena alargar tres semanas más esta pelea política o el país debería resolver de una vez quién será su próximo presidente?
Esa fue la pregunta central del episodio de hoy de Libreta de Apuntes.
No fue una discusión jurídica ni matemática. Fue una reflexión emocional, política y social sobre el cansancio que está dejando esta campaña presidencial. Una campaña marcada por denuncias de participación en política desde el Gobierno, acusaciones de uso de recursos públicos, miedo a disturbios, amenazas de polarización y un ambiente de tensión permanente.
Y, sobre todo, una campaña donde muchos ciudadanos sienten que ya no están votando con esperanza, sino con agotamiento.
La campaña que nunca terminó
El programa arrancó con denuncias llegadas desde consulados colombianos en ciudades como Madrid, Berlín, Atlanta, Nueva York y Londres. Según los reportes mencionados durante la transmisión, ciudadanos colombianos en el exterior aseguran estar enfrentando demoras excesivas, pocas mesas, problemas logísticos y obstáculos para votar.
Más allá de si esas denuncias terminan comprobándose o no, el mensaje de fondo es delicado: la confianza en el proceso electoral empieza a erosionarse antes de que llegue el domingo.
Y eso, en cualquier democracia, es peligroso.
A esa tensión se suma otro fenómeno: el Gobierno y sectores del petrismo continúan actuando como si fueran oposición. En el episodio se cuestiona que varios funcionarios sigan prometiendo soluciones a problemas que llevan casi cuatro años administrando desde el poder.
La gran ironía política de esta campaña es esa: quienes gobiernan hacen campaña hablando como si acabaran de llegar.
¿Estamos normalizando los abusos?
Uno de los puntos más críticos del episodio fue el análisis sobre la participación política del presidente Gustavo Petro y de varios ministros.
La Comisión de Acusaciones anunció una investigación contra el presidente por presunta participación en política, aunque el comentario en el programa fue contundente: llega tarde y probablemente no tendrá consecuencias reales.
También se mencionó el caso del ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, grabado en un evento político haciendo referencias electorales directas. Y el evento masivo del candidato Iván Cepeda en Sincelejo, realizado pese a las restricciones propias del cierre de campaña.
El problema no es solamente jurídico.
El problema es cultural e institucional.
Porque cuando las reglas electorales empiezan a verse como simples obstáculos interpretables, la democracia entra en una zona gris donde todo se vuelve negociable.
La pregunta incómoda: ¿y si se define el domingo?
En medio de ese ambiente, surgió la tesis principal del episodio:
¿Y si Colombia evita la segunda vuelta?
No necesariamente porque exista unanimidad política. No porque desaparezcan las diferencias. Sino porque muchos ciudadanos parecen empezar a pensar que prolongar la campaña puede significar tres semanas más de tensión, miedo, polarización y confrontación social.
La reflexión es sencilla:
- Más semanas de campaña significan más desgaste emocional.
- Más ataques.
- Más cadenas de WhatsApp.
- Más insultos familiares.
- Más miedo en las calles.
- Más amenazas de violencia.
- Más incertidumbre económica.
Y también más gasto público.
La pregunta entonces dejó de ser exclusivamente electoral para convertirse en una conversación sobre salud democrática y convivencia.
El silencio de los candidatos
Otro elemento llamativo de esta recta final es que varios candidatos parecen haber optado por esconderse más que por debatir.
Durante el episodio se comentó que tanto Iván Cepeda como Abelardo de la Espriella han reducido entrevistas y debates. Y que incluso Paloma Valencia habría decidido entrar en una especie de “retiro estratégico” evitando apariciones públicas importantes en los últimos días.
Eso produce una paradoja extraña:
Mientras el país vive una de las elecciones más tensas de los últimos años, los ciudadanos tienen menos espacios para escuchar propuestas, confrontar ideas o comparar visiones de país.
Y cuando desaparece el debate, crecen los rumores, las emociones y las redes sociales como fuente principal de decisión política.
Bogotá y el metro: una discusión distinta
El episodio también hizo una pausa importante para hablar del Metro de Bogotá.
Esta semana comenzaron las primeras pruebas de energización y funcionamiento autónomo del sistema. El tren ya empezó a moverse por algunos tramos del viaducto utilizando energía propia.
Pero en lugar de convertirse en motivo de orgullo colectivo, el metro también empieza a entrar en la trituradora de la polarización política.
Y ahí apareció una reflexión poderosa:
No todo en Colombia puede convertirse en una pelea ideológica.
El metro no debería ser “de la izquierda” o “de la derecha”. No debería ser un símbolo de revancha política. Debería ser simplemente una obra pública que mejore la vida de millones de ciudadanos.
La comparación con Medellín fue inevitable. Allí el metro terminó convirtiéndose en patrimonio emocional de la ciudad, no solamente en infraestructura de transporte.
Tal vez Bogotá todavía está a tiempo de hacer lo mismo.
¿Los medios deben tomar posición política?
La parte final del episodio abrió un debate incómodo pero necesario.
A raíz de las críticas contra el periódico El Heraldo por anunciar editorialmente su respaldo a un candidato presidencial, surgió la pregunta sobre si los medios deben ser neutrales o tienen derecho a fijar posiciones políticas.
La respuesta planteada fue directa:
Los medios siempre han tenido líneas editoriales.
Desde El Tiempo hasta El Espectador, desde los antiguos noticieros de televisión hasta las emisoras radiales, la historia del periodismo colombiano está profundamente ligada a corrientes políticas e ideológicas.
La verdadera discusión no es si un medio tiene postura.
La verdadera discusión es si informa honestamente aun cuando tenga postura.
Y en tiempos donde las redes sociales convirtieron a millones de personas en productores de opinión, el periodismo enfrenta un desafío enorme: defender la independencia sin fingir neutralidades imposibles.
El fondo de todo
Quizá el episodio de hoy no trató realmente sobre la segunda vuelta.
Trataba sobre otra cosa.
Sobre el agotamiento de un país que lleva años viviendo en campaña permanente.
Sobre una ciudadanía cansada de sentir que todo termina convertido en pelea: la política, el metro, el fútbol, los medios, las elecciones y hasta las conversaciones familiares.
Y sobre una pregunta que muchos colombianos empiezan a hacerse en voz baja:
¿En qué momento dejamos de discutir para empezar simplemente a destruirnos entre nosotros?
Oído al tambor. El domingo no solo se elige un presidente. También se pone a prueba qué tipo de país queremos ser después de votar.



