Colombia y la tiranía del dato

Las encuestas como arma de demolición social
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Las encuestas como arma de demolición social

Por: Fernando Salgado Quintero, MD, MSC. *

A la condición humana le subyace una fascinación intrínseca por los números, acaso porque en su aparente inmutabilidad el espíritu encuentra una tregua frente a la incertidumbre. Sin embargo, cuando la estadística desciende de su rigor científico para ser instrumentalizada como mercancía ideológica, deja de ser un faro metodológico y se convierte en un arma de manipulación masiva. Es en esa transición de la rigurosidad  al diseño de estrategias de mercadeo político, donde el daño al tejido social se torna incalculable.

Fernando Salgado Quintero 

Colombia naufraga hoy en un piélago de datos confeccionados a la medida de intereses particulares. Atravesamos una coyuntura caracterizada por una fragmentación profunda y una polarización que ha abandonado el noble terreno de la confrontación de ideas para atrincherarse en el dogma estéril.

En la cotidianidad de nuestros hogares se respira la densidad de una perplejidad que paraliza el discernimiento. El ciudadano asiste al titubeo diario de sus certezas, sumido en una inestabilidad crónica que erosiona el rumbo nacional.

Este desasosiego no es un accidente histórico, es un ecosistema psicológico fríamente cultivado por quienes han descubierto que el miedo produce dividendos políticos y económicos. La zozobra generalizada se ha convertido, lamentablemente, en el mercado predilecto para los falsos profetas de la redención y del orden.

En este Tablero de confusión, las encuestas de opinión han mutado de herramientas de diagnóstico a instrumentos de demolición social. A la célebre sentencia de Mark Twain sobre las «mentiras, malditas mentiras y estadísticas», hoy es imperativo añadir el análisis improvisado que satura los medios informativos y las plataformas digitales.

Resulta alarmante la osadía con la que comparecen en el debate público personajes carentes de la más elemental solvencia técnica, incapaces de distinguir un sesgo de selección de un margen de error, pero dotados de una irresponsabilidad infinita para decretar «empates técnicos» o «tendencias irreversibles». 

Esta ligereza no es inocua, convalida la ignorancia, desdibuja el rigor de los profesionales íntegros y dinamita los cimientos residuales de la confianza en las instituciones de información.

Bien anotaba Maquiavelo que el primer método para evaluar la inteligencia de un gobernante es observar a los hombres que lo rodean, la precariedad de nuestro debate público actual es el fiel reflejo de la erosión de esos entornos de liderazgo.

Detrás de este carnaval de porcentajes no siempre opera la impericia, con frecuencia subyace el dolo y un flagrante conflicto de intereses. El refugio numérico que la ciudadanía busca en tiempos de caos está siendo vulnerado por mercaderes del dato que reciben pautas publicitarias y prebendas contractuales de los mismos actores que luego resultan milagrosamente favorecidos en los muestreos.

Cuando la demoscopia se vende al mejor postor, coquetea peligrosamente con conductas que la arquitectura legal de la República debería tipificar y perseguir bajo la gravedad del fraude electoral o la inducción al pánico económico. Es una urgencia de Estado revisar, legislar y reglamentar con puño de hierro la transparencia de estas mediciones. 

Mientras los medios tradicionales se desgastan en su propia crisis de credibilidad y las redes sociales multiplican la histeria colectiva mediante algoritmos diseñados para la confrontación, se hace indispensable rescatar la ecuanimidad y la voz del experto ético.

La estadística es una ciencia noble orientada a la búsqueda de la verdad, no un comodín publicitario para mantener a una nación de rodillas. Recuperar el rigor metodológico y la independencia ética es una condición sine qua non para devolverle la estabilidad a nuestras instituciones y la paz mental a los colombianos. No obstante, el andamiaje normativo será insuficiente si no se acompaña de una profunda pedagogía política. 

El verdadero blindaje de una democracia no reside en la regulación de sus termómetros, sino en la madurez de su cuerpo social. Urge transitar de la masa emotiva al ciudadano crítico, promoviendo una educación cívica que capacite al individuo para descifrar el dato, cuestionar la muestra y resistir el embate de la posverdad.

Solo a través de una ciudadanía alfabetizada políticamente dejaremos de ser una sociedad cautiva de la indecisión, gobernada por la zozobra de quienes confunden el mercadeo con el destino histórico de la patria.

La soberanía de una nación no se mide en las fluctuaciones de un porcentaje, sino en la inquebrantable conciencia de su pueblo.

* Médico especialista en Medicina Trópical

  • Especialista en Alta Dirección del Estado  
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