Por Javier Mozzo Peña
Dos protagonistas emergen como grandes ganadores de la crisis desatada en el Medio Oriente por Estados Unidos e Israel: Guyana y Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Ambos prometen desplazar bastante mando geopolítico, jugar con cartas ganadoras bajo sus propias reglas y, en mayor o menor medida, redibujar el mapa del poder petrolero.
Un manejo confiable, certero y eficaz de las dos naciones permitirá que estén eternamente agradecidas con Donald Trump y su guerra contra Irán.
La historia de Guyana y EAU podría dar para escribir miles y miles de palabras. Países separados por miles de kilómetros, pero hermanados por el petróleo como su recurso vital.
Al pobre país suramericano, cuya mayor parte del territorio ha sido objeto de disputa por parte de Venezuela, le cayó desde el 2019 una bonanza con la que no contaba. EAU ya disfrutaba de esa riqueza, pero estaba metido en una jaula de oro que no le permitía desatar todo su potencial petrolero.
Veamos: La guerra en Irán puso a Guyana una ingente ganancia inesperada. Desde que Donald Trump desató el más violento conflicto armado en el Medio Oriente, no visto desde las guerras árabes contra Israel en el siglo XX, sus ingresos se han incrementado en más de 370 millones de dólares a la semana, según estimaciones de la revista The Economist.
El descubrimiento de una bolsa de 11.000 millones de barriles de petróleo adentro del Océano Atlántico en la década anterior, ha tenido un impacto monumental en sus cifras. El crudo pasó de representar un 5% de su Producto Interno Bruto (PIB) a más del 65% en el 2025.
Frente a sus países vecinos, el PIB per cápita guyanés se disparó a un estimado de casi 50.000 dólares, frente a los magros 3.000 de Venezuela, un poco más de los 10.000 en Brasil y los 9.000 de Colombia.
La destitución de Nicolás Maduro, a cargo de las fuerzas militares estadounidenses, ha favorecido totalmente la situación para el 2026 y lo que queda de esta segunda década del siglo XXI.
Ya no se habla de la amenaza del ex dictador, hoy procesado judicialmente en cortes de los Estados Unidos, de reclamar buena parte del territorio guyanés, con sus aguas territoriales incluidas donde se encuentra la inmensa bolsa de petróleo.
Hoy esa reclamación duerme un sueño eterno, cuidado por la superpotencia mundial.
Pero esa inmensa riqueza representa también una amenaza. Como se ha comprobado en otras latitudes, la maldición de la venta de recursos naturales provocará que, sin una política pública inteligente, la bendición petrolera sea la maldición para los demás sectores económicos. Así es la llamada “Enfermedad Holandesa”.
Los guyanenses ya sufren de un elevado incremento en el costo de vida desde el 2021, calculado por The Economist en más de 75%. De la misma forma, los ingresos petroleros ya representan más de la mitad del presupuesto fiscal del país, con un enorme riesgo, si los precios petroleros caen.
Las orejas de la corrupción y el despilfarro ya comienzan a notarse en la prensa internacional, con la excesiva demora en la construcción de un proyecto de extracción de gas en zonas donde el actual gobierno tuvo un enorme apoyo popular en las urnas.
No obstante, es destacable que la administración haya invertido enormes sumas en construcción de infraestructura de transporte, educativa y hospitalaria y que haya decidido fundar un fondo soberano para transferir allí las enormes ganancias petroleras.
Viajando miles de kilómetros al oriente están los Emiratos Árabes Unidos. También con una vasta riqueza descubierta hace muchas décadas, el país se veía encerrado en la jaula que significaba pertenecer a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).
La OPEP, basada en Viena (Austria) produce el 40% del petróleo mundial. Como un cartel, dicta la producción y, por ende, controla los precios internacionales del crudo.
A partir del primero de mayo esa jaula se abre para los EAU. El país revisó que, estratégicamente, era la mejor decisión librarse de cadenas que le impedían desarrollar más su industria petrolera, con picos de producción de casi 4 millones de barriles diarios.
Salir de la jaula de oro le permite ajustar más eficientemente su oferta a las condiciones del mercado global.
La OPEP pierde a un jugador poderoso. Al fin y al cabo, los EAU eran el tercer mayor productor del “sindicato petrolero”. Su oleoducto Fujairah aprovecha una ventaja geográfica con la que evade el estrecho de Ormuz y, por ende, la guerra, sin perder la protección estadounidense.
Como está construido en tierra, los mercantes petroleros no pasan por el estrecho, hoy lleno de minas y amenazado por drones iraníes, con lo que el impacto de la guerra, al menos en su oferta, no parece afectarle.
La jugada maestra de los emiratíes es que al salirse del control de la OPEP pueden desatar toda su producción, con lo que liberarían más de un millón de barriles por día frente al actual nivel.
Para el columnista de Bloomberg, Javier Blas, se trata de un golpe mortal para la OPEP, dado el éxodo continuo de países miembros. En los últimos años se han ido Indonesia (2016), Qatar (2019), Ecuador (2020) y Angola (2023). El problema es que ninguno de ellos produce en cantidades similares a los EAU.
“Los EAU están en otra liga. Es un país con la ambición de aumentar significativamente la producción de petróleo, cuenta con los recursos geológicos necesarios para respaldar su ambición y, lo que es más importante, tiene le capital para convertir su sueño en realidad”, escribió Blas.
La guerra de Trump significará que la OPEP ya no dibujará el mapa del poder energético mundial y, al tiempo, abre la puerta a un nuevo jugador sudamericano.
Mientras Guyana se abre paso como potencia petrolera —amparada por Estados Unidos y sin la amenaza chavista—, los Emiratos Árabes Unidos demuestran que en el siglo XXI la soberanía es más rentable que la lealtad a un cartel moribundo.
Guyana y Emiratos parecen ser los ganadores de una disputa territorial sudamericana y de una guerra por derrocar a una teocracia absolutista. La lección es que quien no tenga la audacia para aprovechar sus cartas ganadoras, morirá en el nuevo orden mundial. El crudo seguirá fluyendo después de la guerra, mientras el control está cambiando de manos.
@javimozzo



