El Liberalismo: ¿Opción de Poder o Vagón de Cola?

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Por: Fernando Salgado MD MSc.

La política colombiana atraviesa un desierto de identidades. Lo que hoy observamos en las huestes de los partidos tradicionales particularmente el Liberal, el Conservador y la U, no es prudencia, sino una alarmante anemia de convicciones.

Resulta penoso constatar cómo estructuras que definieron el siglo XX han renunciado a la vocación de mando para convertirse en simples agencias de avales, esperando pacientemente el desenlace de las encuestas para, en un ejercicio de oportunismo transaccional, como coloquialmente se dice, «montarse en el bus» del ganador.

Esta renuncia a la autonomía es particularmente dolorosa en el Partido Liberal. Una colectividad que nació para transformar la realidad nacional no puede resignarse a ser un espectador de la polarización ajena.

El liberalismo es una doctrina filosófica, política y económica originada en los siglos XVII y XVIII que surgió en Europa como crítica al absolutismo y al Antiguo Régimen, con figuras como John Locke, Adam Smith y John Stuart Mill y cuyo fundamento está basado en los derechos individuales, el consentimiento de los gobernados y la separación de poderes, que busca limitar el poder público, defendiendo la democracia, el estado de derecho, la libertad de prensa y de Promover el “laissez-faire” (del francés «dejar hacer»), esa filosofía económica y política que aboga por la mínima intervención gubernamental en los asuntos económicos, defendiendo la libre competencia y el libre mercado, argumentando que la iniciativa privada genera prosperidad y que además defiende la libertad individual, la igualdad ante la ley, la propiedad privada y la limitación del poder del Estado, siendo fundamental para las democracias modernas.

Ser liberal no es un ejercicio de nostalgia ni una herencia burocrática, es, como decía Jorge Eliécer Gaitán, una fuerza ética: “El pueblo es superior a sus dirigentes”.

Sin embargo, la actual dirigencia parece haber invertido la premisa, priorizando un patrimonialismo dinástico donde las listas al Senado se heredan por consanguinidad, asfixiando cualquier asomo de renovación democrática.

En este escenario de claudicación ideológica, la figura de Juan Manuel Galán no representa solo un nombre, sino un imperativo de coherencia. Su proyecto busca rescatar el hilo conductor de un liberalismo que se atrevía a proponer.

Es el retorno a la “Revolución en Marcha” de López Pumarejo y a la seriedad técnica de Carlos Lleras Restrepo, quien advertía con firmeza:

“El partido no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio del interés general”.¿Cómo puede el liberalismo pretender ser protagonista si sus líderes actuales prefieren la comodidad del silencio o el cálculo de la cuota burocrática? La crisis de hoy no es de votos, es de dignidad política. La responsabilidad histórica de las bases liberales es romper con la inercia del «gamonalismo» y converger hacia una opción de poder auténtica que defienda las libertades, pero con justicia social.

Apoyar a Galán es honrar la advertencia que su padre, Luis Carlos Galán, lanzó al país antes de que las balas intentaran callar su idea: “A los hombres se les puede eliminar, pero a las ideas no”. Hoy, esas ideas de transparencia y decencia estatal son más urgentes que nunca.

El liberalismo no puede seguir siendo un vagón de cola en el tren de los extremos, debe volver a ser la locomotora que conduzca a Colombia hacia una modernidad sin exclusiones.

Es hora de decidir, o el partido recupera su vocación de poder con una alternativa sólida y programática, o termina de desvanecerse en la irrelevancia de quienes solo saben vivir a la sombra del presupuesto de turno

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