Por: Fernando Salgado MD msc.
En el ejercicio de la política, la historia no juzga a los hombres por su habilidad para transitar entre ideologías, sino por la lealtad inquebrantable a sus principios.
Hoy, ante las desafortunadas declaraciones de Roy Barreras sobre el Nuevo Liberalismo y la candidatura de Paloma Valencia, no solo asistimos a un error de cálculo político, sino a la exposición de un modelo de gestión pública que ha dejado de ser pertinente en la Colombia del siglo XXI.
El Nuevo Liberalismo, bajo el liderazgo de Juan Manuel Galán, ha promovido un ejercicio de construcción colectiva. Cuando Luis Carlos Galán afirmaba que «la política es la capacidad de convertir los sueños en realidades compartidas», nos recordaba que el fin último del Estado no es el usufructo del poder, sino la reivindicación de la ética como esencia de la gobernanza. La articulación de diversas posturas bajo un propósito común para erradicar el clientelismo no es una «componenda», es, por el contrario, el ejercicio más puro de la democracia parlamentaria.
Es, cuando menos, irónico que se cuestionen las alianzas desde una trayectoria marcada por el salto constante entre orillas. La política camaleónica ha sido, históricamente, el principal enemigo del desarrollo nacional, pues antepone la supervivencia del individuo a la solidez de las instituciones. Como bien decía nuestro líder inmortal: «La política no debe ser un instrumento para el enriquecimiento personal, sino una herramienta para servir a la nación».
Hoy, el país no necesita el ruido de quienes ven en la democracia un botín de guerra. El país exige estadistas que entiendan que el poder es transitorio y que el legado se construye con coherencia, no con retórica. El Nuevo Liberalismo, fiel a sus doctrinas, sigue siendo un faro que ilumina la necesidad de superar la politiquería y el clientelismo que, por décadas, ha pretendido secuestrar el destino de los colombianos.
A quienes ven en el ocaso de sus carreras la necesidad de agredir para sobrevivir, les recordamos que la democracia es un ejercicio de convicciones, no de conveniencias. El Nuevo Liberalismo seguirá abriendo espacios para quienes, más allá de las diferencias, comprendan que salvar al país requiere, ante todo, la integridad que algunos parecen haber olvidado en el camino.
El camino que tenemos por delante no admite más fragmentaciones nacidas del egoísmo. Por ello, extendemos una invitación abierta a todos los colombianos para que se sumen a esta Gran Alianza por Colombia, una unión que no se cimienta en el reparto de cuotas, sino en el diálogo respetuoso y la sensatez como brújulas de nuestro actuar.
Es el momento de que el interés superior del país, abrazado con un patriotismo genuino y despojado de vanidades, sea el motor que impulse nuestra voluntad colectiva. Solo así, con la integridad como escudo y la razón como guía, lograremos la transformación que nuestra tierra reclama.
Al final del día, cuando las banderas de las facciones se pliegan y el ruido de la contienda se apaga, una sola verdad debe prevalecer en el horizonte de nuestra historia “La Patria por encima de los partidos.»



