La torre de naipes tributaria

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Por: Carlos Noriega

Hablar de la arquitectura tributaria colombiana es enfrentarse a un edificio que nunca tuvo planos definitivos. Cada gobierno —sin excepción ideológica— ha añadido pisos, removido columnas, parchado filtraciones y levantado muros improvisados para resolver urgencias fiscales de corto plazo.

El resultado es un sistema tributario que no es realmente un sistema, sino una acumulación de reformas reactivas que han creado distorsiones profundas en la economía, debilitado la autonomía territorial y acercado al país a un punto peligroso: el umbral donde más impuestos significan menos recaudo, tal como advierte la curva de Laffer.

Colombia ha aprobado más de quince reformas tributarias en tres décadas. Ninguna ha sido estructural. Todas han sido correctivos temporales. La evidencia del Banco de la República muestra que el país ha intentado elevar el recaudo ampliando tasas, creando tributos nuevos y ajustando beneficios, pero sin rediseñar la base misma del sistema.

Esta lógica incremental ha generado un mosaico normativo que castiga la formalidad, incentiva la elusión y mantiene una dependencia excesiva del impuesto de renta empresarial y del IVA. La arquitectura tributaria colombiana, en vez de ser un diseño coherente, es un rompecabezas armado con piezas de diferentes épocas.

Uno de los problemas más graves es que el sistema ignora la realidad territorial. Colombia recauda como un país centralista, pero gasta como uno descentralizado. Los municipios y departamentos dependen de transferencias nacionales porque sus ingresos propios son insuficientes.

El impuesto predial —la joya de la tributación territorial en cualquier país desarrollado— está subexplotado por rezagos catastrales y por la resistencia política a actualizar avalúos. El ICA, por su parte, es un tributo que penaliza la actividad empresarial y genera incentivos perversos para la localización de negocios.

Y las regalías, lejos de ser una fuente estable, son volátiles y dependen de ciclos internacionales que ninguna entidad territorial controla.

Esta desconexión entre recaudo centralizado y necesidades locales produce un sistema fiscal territorialmente injusto. No es lo mismo financiar servicios públicos en Medellín que en Riohacha, ni recaudar en Bogotá que en Sincelejo.

Sin embargo, la arquitectura tributaria colombiana trata a todos los territorios como si fueran iguales. La ausencia de un enfoque territorial no solo limita la autonomía local, sino que perpetúa desigualdades históricas.

A este panorama se suma un riesgo técnico que la literatura económica ha documentado con claridad: la posibilidad de que Colombia esté acercándose al punto descendente de la curva de Laffer. Estudios recientes estiman que la tasa impositiva óptima para maximizar el recaudo en Colombia ronda el 32%, con un margen de maniobra de apenas 12 puntos porcentuales antes de que aumentos adicionales empiecen a reducir la tributación efectiva. 

El Banco de la República, en su análisis de las curvas Laffer para las rentas del trabajo, el capital y el consumo, advierte que el país ya enfrenta señales de saturación tributaria: informalidad persistente, desincentivos a la inversión y una carga efectiva que supera la de economías comparables. 

Esto no es un problema de un gobierno específico. Es un patrón que atraviesa administraciones de izquierda, centro y derecha. Todos han recurrido al aumento de impuestos como mecanismo de ajuste fiscal, sin considerar que la presión tributaria excesiva puede erosionar la base gravable.

La informalidad laboral, que supera el 55%, no es solo un fenómeno social: es una señal de que el sistema expulsa más de lo que atrae. La inversión privada, que debería ser el motor del crecimiento, enfrenta una carga tributaria efectiva que supera el 60% cuando se suman impuestos, contribuciones y cargas parafiscales.

Y la evasión, estimada en más del 20% del potencial recaudatorio, es el síntoma más claro de un sistema que perdió legitimidad.

La arquitectura tributaria colombiana necesita una reconstrucción profunda, no un nuevo parche. Esa reconstrucción debe partir de tres principios: simplicidad, territorialidad y sostenibilidad. Simplicidad para reducir distorsiones y mejorar el cumplimiento.

Territorialidad para reconocer que el país es diverso y que la tributación debe reflejar esa diversidad. Y sostenibilidad para evitar caer en el error de creer que el recaudo crece indefinidamente con las tasas, ignorando la evidencia empírica que demuestra lo contrario.

Colombia no puede seguir construyendo pisos sobre columnas debilitadas. La tributación no es solo un instrumento fiscal: es un mecanismo de desarrollo. Y mientras el país no adopte una arquitectura tributaria diseñada con visión de largo plazo, seguirá atrapado en el ciclo de reformas improvisadas, recaudos insuficientes y territorios asfixiados.

La pregunta no es si necesitamos una reforma tributaria estructural. La pregunta es cuánto más puede soportar este edificio antes de que la falta de diseño termine por hacerlo colapsar.

Referencias utilizadas

  • Herrera Saavedra, J. P., Villar Otálora, J. C., & Campo Robledo, J. A. (2022). Tributación en Colombia: Aproximación teórica y empírica de la curva de Laffer. Revista de Economía Institucional. 
  • Lozano-Espitia, I., & Arias-Rodríguez, F. (Banco de la República). Curvas Laffer de la Tributación en Colombia. Borrador de Economía 1045. 
  • Villar Otálora, J. C., Herrera Saavedra, J. P., & Campo Robledo, J. A. (2021). Tributación en Colombia: Una aproximación teórica y empírica de la Curva de Laffer. Documento de Trabajo SIC. 
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