El escenario para el Ejército de Liberación Nacional (ELN) cambió de tono. Lo que comenzó como la bandera de la «Paz Total» ha derivado en un lenguaje de «operaciones conjuntas» e intercambio de inteligencia militar.
Tras el reciente encuentro en la Casa Blanca entre Gustavo Petro y Donald Trump, la narrativa oficial ha dado un giro que busca alinearse con Washington, pero que choca de frente con la compleja realidad de una frontera porosa y un Estado venezolano en transición.
La «Pinza» Bogotá-Caracas-Washington
La propuesta es llamativa pero incierta: Petro ha puesto sobre la mesa la posibilidad de que los ejércitos de Colombia y Venezuela trabajen de la mano para perseguir a los que llamó «arrodillados al narcotráfico», en clara alusión a los cabecillas del ELN que utilizan al vecino país como retaguardia estratégica.
Sin embargo, el análisis de la Fundación Ideas Para la Paz, FIP es aterrizado:
- Capacidades en duda: Las Fuerzas Armadas venezolanas están altamente permeadas por las economías ilícitas y carecen de la capacidad operativa para sostener una ofensiva real contra estos grupos.
- Antecedentes de fracaso: Ya en 2021, un intento del chavismo por enfrentar a las disidencias en Apure terminó con ocho militares venezolanos retenidos y la intervención del propio ELN para «poner orden».
- Arraigo territorial: El ELN no es un invitado en Venezuela; es un actor con control territorial, manejo de minería ilegal y narcotráfico, y cuenta con mandos locales que incluso tienen nacionalidad venezolana.
Entre el bombardeo y la mesa de diálogo
El endurecimiento de Petro no es solo retórico. El bombardeo del pasado 4 de febrero en el Catatumbo, ejecutado apenas horas después de la cita con Trump, marca un mensaje de fuerza. Para el gobierno, mostrar resultados contundentes contra el narcotráfico es la prioridad para suavizar la relación con los Estados Unidos en un año que ya huele a elecciones.
Por su parte, el ELN parece estar en su juego de siempre: usar la negociación para ganar oxígeno. Mantener la mesa andando —aunque esté congelada— les permite ganar tiempo mientras observan cómo se acomodan las cargas en Caracas y quién será el próximo inquilino de la Casa de Nariño.
El mapa de la incertidumbre
A pesar de los anuncios de «un nuevo camino» en la relación bilateral, la realidad en el terreno es tozuda. La influencia de grupos como el Clan del Golfo, la Segunda Marquetalia y el Estado Mayor de los Bloques (EMBF) sigue extendiéndose a lo largo de la frontera.
Oído al tambor: Sin una depuración profunda de las fuerzas militares venezolanas y una presencia estatal permanente que vaya más allá del fusil, cualquier operación binacional corre el riesgo de ser un titular de prensa sin impacto real en la seguridad de los colombianos.



