Dolor y rabia por los 33 niños consumidos por las llamas

Ricardo Rondón Ch.
La Pluma & La herida

Bogotá, 19 de Mayo ¬_RAM_ En la luctuosa tragedia ocurrida en el municipio de Fundación, departamento del Magdalena (costa norte de Colombia), que dejó como saldo la muerte de 33 menores y un adulto, y 17 heridos, la mayoría con graves quemaduras de segundo y tercer grado, y pronóstico reservado, se refleja el estado lamentable de ignorancia e irresponsabilidad que aqueja al país.

No es uno sólo el culpable, en el caso del conductor del carromato en desuso, consumido por el fuego, el señor Jaime Gutiérrez, de 54 años, quien iba al votante y hoy está detenido. Él es apenas una pieza del rompecabezas de la descomposición social, por lo menos en materia de tránsito, que cada día arroja víctimas fatales en carreteras de Colombia, y en calles y avenidas de las grandes ciudades: el desgreño administrativo, la guerra del centavo, la imprudencia, la brutalidad en cadena.

Según lo que han registrado los medios de comunicación alrededor de este pavoroso siniestro, el vehículo iba con sobrecupo: 50 ocupantes llevaba; tenía sellada la puerta trasera, sus ventanas de fibra estaban deterioradas, no presentaba reportes de revisión tecnomecánica, tampoco tenía seguro obligatorio; ni hablar del empleado al servicio del bus, el conductor Gutiérrez, que no portaba licencia de conducción, y que debía una cifra de más de $400.000 en multas, nada extraño en la mayoría de ‘profesionales del volante’, a quienes se les encarga la vida de seres humanos, en el capítulo que nos atañe, de una parvada de inocentes que regresaban alborozados de un culto evangélico en el medio día de un domingo tropical.

Peor aún la inaudita irresponsabilidad de Gutiérrez, si se concretan las hipótesis que se cuecen de este desastre –ese parte lo darán las autoridades-, quien sin mediar precauciones irrebatibles, depositó gasolina en el carburador, dizque para superar la falla, así, a la topa tolondra, con los 50 niños dentro del bus. Igual inaceptable, como se conoció recién se produjo la explosión, que el conductor le había dicho a los menores que le echaran combustible al vehículo mientras él se tomaba un refresco: ¡¿Será cierto semejante disparate?!

Cómo será el despropósito de esta flota de la muerte, que para agregar en descalabros no tenía puertas de emergencia (qué las iba a tener si era un modelo anticuado), que aún no se ha esclarecido a qué empresa estaba afiliada. Lo único que se conoce es que era de Barranquilla.

Seguramente, como es habitual en estos casos, nadie dará razón al respecto, nadie conocerá al señor Gutiérrez, nadie asumirá el error, de la misma forma en que nadie en Colombia da cuenta de sus actos, empezando por quienes ejercen el poder o aspiran a él: todo se evade con la negación radical, la euforia tajante o los servicios expeditos de algún abogado del diablo.

Como siempre, los paños de agua ante estos acontecimientos de la irracionalidad, no se hacen esperar. La amañada retórica institucional de “vamos a tomar medidas al respecto”, “nos vamos a apersonar de este caso para que situaciones similares no vuelvan a suceder”, “estamos con las familias de las víctimas y les expresamos nuestro solidaridad y respaldo”, bla, bla, bla.

Si no existen soluciones tangibles, inmediatas, es por la burocracia y la corrupción reinantes, por la ausencia de medidas estrictas, inaplazables; por el deterioro administrativo donde pujan más intereses personales, prevaricatos y fraudes; sin descontar la ignorancia y la imprudencia.

Bien saben quienes transitan por carreteras de la costa norte, que es lo más próximo al suicidio aventurarse a viajar por esas vías, siempre en mal estado, donde conductores de todas las estirpes sobrepasan los límites de velocidad, no se cumple el reglamento de viabilidad, menos los requerimientos esenciales del estado del vehículo, su mantenimiento y las precauciones que se deben tener en cuenta para asumir una empresa de tamaña responsabilidad, como cuando se llevan por pasajeros niños, mujeres o ancianos.

Las criaturas que murieron en esta chatarra andante provenían de familias humildes. Después de lo sucedido, quién o qué va a resarcir el dolor y llenar el gran vacío que las inocentes víctimas han dejado. El reconocimiento y la identidad de los cuerpos ha sido compleja y dolorosa tanto para forenses como familiares, en la morgue de Barranquilla.

Se habla de brigadas de psicólogos para prestar ayuda a los dolientes, que son muchos, que encienden sus motocicletas sin rumbo, en una desesperación colectiva, para dar con el paradero de sus seres queridos. Magola de la Cruz, una habitante de Fundación que con heroísmo logró rescatar a una pequeña de 7 años por una de las ventanas, entre las llamas, dice que el fogonazo se alzó con un estrépito ensordecedor, que ella oía las súplicas y los gritos de los niños pidiendo ser auxiliados, pero que el incendio, voraz y vertiginoso, no permitió brindar ayuda oportuna. Además, asegura Magola, el cuerpo de bomberos tardó en llegar.

Hacia el mediodía de ayer, familiares con los tabloides del día, como ‘Ajá y qué’, uno de los de mayor circulación en la Costa, que publicaron las fotografías de las pequeñas víctimas, iban de clínica en clínica, en Fundación, en Santa Marta, en Barranquilla, en pos de un reporte, una noticia alentadora, un dato del estado de salud de sus protegidos.

Dayana León Carranza, de 8 años, una de las sobrevivientes, aún no sale del impacto de la conflagración. En medio de la desesperación se lanzó por una ventana. Al caer se lesionó en las rodillas y en una muñeca, pero aun así logró correr a un establecimiento donde encontró refugio. Sus padres dicen que fue un milagro por la dimensión del fogonazo. “Todos corrían alborotados”, narra un testigo. Incluso se presentaron trifulcas, producto del caos, del pánico, de la impotencia de no poder salvar a los infantes. A la par del incendio se desplomó un aguacero.

El clamor de los padres de Yiret Carolina Molano (6 años), de Michael Quintero (8 años) y su hermanita Andrea Carolina (de 6 años), de Yerison Terraza (5 años) y de Cherlis Dayana, su hermana melliza; de los hermanitos Torregroza, y en general de las 33 víctimas fatales, y de los pequeños que yacen con pronóstico reservado en centros hospitalarios de Santa Marta y Barranquilla, hace eco en los corazones de los colombianos.

Una tragedia, que como la de hace 20 años en el colegio Agustiniano de Bogotá, que arrojó 22 niños y un adulto muerto, pone de presente la incorregible abulia de quienes se les ha encomendado velar por la protección y seguridad de los ciudadanos, y de la ausencia de control y de medidas de precaución cuando de conducir se trata; esto agregado a la precariedad de algunos automotores, lo mismo que del estado de las vías.

A escasas horas de la tragedia de Fundación, una buseta que transitaba en la carretera que de Barranquilla conduce a Cartagena, también se consumía en llamas. Esta vez, se salvaron 23 pasajeros que la ocupaban. Corrieron con suerte, la misma que les faltó a los parvulitos que viajaban contentos de regreso a su hogar, después de cumplir al culto dominical en una iglesia modesta de provincia.

Más que tristeza, da rabia. Las dos al tiempo. “Que se mueran los viejos, pero no lo niños”, pregonaba el filósofo de Otraparte. Sí, da grima cuando la vida empieza a florecer y la pisotea sin piedad la parca. No hay derecho.

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