Al Maliki aspira a ser el «hombre fuerte» de Irak

La seguridad fue el mayor desafío de las elecciones legislativas celebradas ayer en Irak. Cerca de una veintena de personas murieron por el estallido de varios artefactos cerca de colegios electorales en distintos puntos del país a pesar de los grandes preparativos de la Policía y del Ejército, que lanzaron planes especiales e instalaron puestos de control, sobre todo en Bagdad, para abortar cualquier amenaza terrorista.

Literalmente, las calles de la capital –casi vacías de peatones y vehículos– estaban tomadas por el Ejército y diferentes cuerpos de seguridad. La mayoría de comercios, restaurantes y cafés optaron también por cerrar sus puertas, incluso en el acomodado barrio de al-Yaderiya, conocido por su vitalidad comercial y frecuentado por los bagdadíes.

Las estrictas medidas de seguridad animaron a millones de iraquíes a votar en las primeras elecciones tras la salida de las tropas norteamericanas en 2011, con las expectativas de perseguir un futuro mejor y el fin de la violencia sectaria.

Los colegios electorales abrieron hasta las 18:00 horas, menos en 39 centros –que por motivos de seguridad cerraron antes–. La participación alcanzó a mediodía el 34% de los veinte millones y medio de electores convocados a las urnas.

Los iraquíes están cansados del elevado desempleo, la pobreza endémica, la corrupción y la carencia absoluta de servicios públicos. Si bien la producción de petróleo ha aumentado, son pocos los iraquíes que ven este dato como una noticia positiva.

La realidad es que los beneficios del crudo recaen directamente en los bolsillos de las autoridades y no en las arcas del Estado. Los iraquíes se quejan de que el aumento de las exportaciones de crudo no se traduzca en mayores tasas de empleo dentro del mercado laboral, y que los ingresos por la venta de petróleo sean desviados a los beneficios propios a causa de la corrupción masiva que impera en el país.

Desde la retirada de las tropas de Estados Unidos a finales de 2011, se ha recrudecido la violencia sectaria en el país. Los analistas, sin embargo, consideran que estos comicios revalidarán un tercer mandato del actual primer ministro, el chií Nuri al Maliki, ya que continúa siendo el favorito frente a una oposición dividida, y también por la ausencia de un potencial sucesor.

El «premier» iraquí pretende conseguir una mayoría parlamentaria para formar el Ejecutivo sin necesitar el apoyo de otros grupos políticos. No obstante, para el nombramiento y la formación del nuevo jefe del Ejecutivo se prevé un largo proceso, similar al de 2010, cuando tuvieron que transcurrir ocho meses de las elecciones para refrendar a Maliki debido a unas largas y difíciles negociaciones entre los diferentes grupos políticos.

Esta situación podría repetirse por la aparición y multiplicación de pequeños partidos de inspiración religiosa o tribal que aumentan el factor de división. La política iraquí no se puede entender sin tener en cuenta las coaliciones y los frentes confesionales que conforman el sistema multipartidista.

Irak es un mosaico de religiones y etnias. Los desafíos para el futuro Gobierno son numerosos, desde la seguridad y el petróleo hasta las relaciones entre suníes, chiíes y kurdos. Ayer, Al Maliki, tras depositar su voto, apostó por «superar el principio de las cuotas (confesionales) y establecer el Gobierno en base a la mayoría parlamentaria».

Esa postura anticipa el fin de la idea del gobierno de unidad nacional, que se basó en el denominado Acuerdo de Erbil, firmado en 2012 por las coaliciones iraquíes, y que estipula, entre otras medidas, la división sectaria de las instituciones del Estado, incluido el Ejecutivo.

Existen más de 250 entes políticos con distintas ideologías y pertenencias étnicas que se engloban en cinco coaliciones afines. De no conseguir la mayoría deseada, Al Maliki insta al resto de formaciones a «no trazar líneas rojas» para futuros acuerdos con otros grupos políticos.

«Podemos unirnos con todos los que creen en un Irak unido», señaló el primer ministro. La fragmentación social y la competencia entre las facciones políticas se han intensificado desde que el grupo terrorista Al Qaeda quiere instaurar un estado islámico en Irak, centrando su campaña de terror en contra de la comunidad chií.

Compartir: