«Mandela no era un santo… el hombre que conocí»

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LONDRES, diciembre 05, 2013 – Entrevisté a Nelson Mandela un mes después de convertirse en presidente de Sudáfrica, en los Edificios de la Unión en Pretoria, sede del poder blanco durante varias generaciones. En aquella oportunidad dijo muchas cosas interesantes: entre ellas, que tenía el propósitode retirarse después de un período presidencial de cinco años; explicando que, a pesar de lo diabólico que había sido el apartheid, deseaba ser comprensivo con la población blanca, y que no pretendía ofenderlos aboliendo símbolos nacionales con los que estaban profundamente identificados.

Sin embargo, lo que más me impresionó de aquella entrevista fue un breve encuentro que sostuvimos con una mujer blanca, que me reveló, con mayor elocuencia que sus palabras, y de una manera más rotunda, cuán respetuoso intentaba ser con la población blanca que había apoyado el estado de opresión que padeció junto a sus compatriotas negros por tanto tiempo.

Llevábamos diez minutos de entrevista, cuando tocaron a la puerta y entró en la oficina una señora blanca de mediana edad llevando una bandeja con té y agua mineral. Desde el instante en que la vio, Mandela interrumpió su respuesta y se puso de pie. Con una amplia sonrisa, le preguntó como estaba y me presentó, con lo cual también me levanté y estreché su mano. Mandela le agradeció efusivamenteel té y el agua, y no volvió a sentarse hasta que ella abandonó la habitación.

Este pequeño incidente fue una pieza absolutamente clave que refleja al Mandela que pude conocer durante los seis años que trabajé como corresponsal extranjero en Sudáfrica, desde 1989 hasta 1995, años épicos que incluyeron su liberación de la cárcel y la transición de la tiranía a la democracia. Estuve cerca de él en incontables eventos públicos, conversamos muchas veces, me concedió media docena de entrevistas, y para escribir un libro y realizar varios documentales, hablé con la mayoría de las personas que mejor lo conocían. Siempre observé lo mismo que aquella señora en la mañana de nuestra primera entrevista: a un hombre que combinaba la actitud majestuosa y el respeto por los demás con la grandeza y el encanto campechano.

Lo más fascinante de esta anécdota es que esta respetuosa cortesía iba dirigida a alguien que, como más tarde descubrí, había sido empleada de los anteriores presidentes blancos del apartheid. Algunos años después, en una investigación más profunda mientras escribía mi libro, supe que Mandela, cuando tomó posesión, le había pedido a todo el equipo de empleados de la presidencia que continuaran en sus respectivos puestos. Y lo que es aún más impresionante, todos aceptaron quedarse, seducidos por su encanto, y llegaron a admirarlo más que a sus predecesores blancos. Un hombre corpulento, jefe de protocolo, que llevaba en ese cargo 13 años antes de la llegada de Mandela, lloró al recordar los actos de bondad que había tenido con él. Casi podría escribir otro libro contando las anécdotas de su generosidad y consideración hacia sus antiguos enemigos.

Hacia todos, menos uno.

Es la historia de su relación con esa persona lo único que pone en tela de juicio los comentarios sobre su increíble capacidad para superar el resentimiento, después de pasar 27 años en la cárcel, que seguro escucharemos una y otra vez durante estos días después de su muerte. Este es uno de los más viejos clichés que rodean su historia. Lo que no quiere decir que no sea cierto. Lo es, en gran medida. Pero no totalmente.

Mandela, como el mismo se esforzaba en señalarle a los que lo idolatraban, no fue un santo. Era un hombre, y como tal, víctima de la debilidad humana, nada era más natural que albergara cierto resentimiento hacia quienes lo encarcelaron y mantuvieron a sus compatriotas segregados durante casi medio siglo en la vasta prisión del apartheid.

Si mantuvo esos sentimientos bajo control la mayor parte del tiempo, o en todo caso, muy bien ocultos, esa actitud respondió a un cálculo enteramente políticode su parte. No hubiera sido prudente salir de la cárcel erizado de mala voluntad hacia la minoría blanca que había mantenido un férreo poder —no solo desde el establecimiento en 1948 del sistema de discriminación racial legal del apartheid, sino desde la llegada de los primeros colonos blanco al extremo sur de África en 1652—. Dar rienda suelta a sus emociones habría significado poner en peligro su estrategia para acabar con el apartheid y establecer la democracia en Sudáfrica de la única manera que creía posible: a través del diálogo y la reconciliación racial.

Lo curioso —esa imperfección natural del ser humano— es que el objeto visible de cualquiera pequeña porción de resentimiento que Mandela no hubiera podido eliminar era el hombre que lo había puesto en libertad, el hombre con el que negoció el fin del apartheid, el último presidente blanco de Sudáfrica: F.W. de Klerk. Mandela tenía, cuando menos, sentimientos encontrados hacia De Klerk. La parte racional de su mente reconocía la importancia del papel de De Klerk, pero sus instintos se rebelaban hacia su interlocutor, o en cualquier caso, su cómplice más necesario, en el complicado proceso político que condujo a Sudáfrica de la tiranía a la democracia. En general no sentía afecto por De Klerk. Para él era un abogado relativamente inteligente, pero escurridizo y de mente estrecha, que carecía de la grandeza de alma para comprender en profundidad el daño que, como funcionario clave del sistema del apartheid, había causado a la mayoría negra de Sudáfrica.

Por esa razón, cuando supo que él y De Klerk habían recibido el Premio Nobel de la Paz compartido en 1993, se sintió en silencio indignado, confesando su angustia solo a sus amigos más cercanos. Uno de ellos fue George Bizos, un hombre blanco que había sido uno de sus abogados durante el juicio en 1964, en el que fue condenado a cadena perpetua. Entrevisté a Bizos para un libro que escribí sobre Mandela, y me confesó que no solo Mandela sentía que era injusto que un político que había dedicado la mayor parte de su vida a defender el apartheid recibiera el premio Nobel, sino también que debería haber sido concedido no solo a él, sino al movimiento de liberación que representaba: el Congreso Nacional Africano.

Pero la anécdota más interesante, y sobre todo sorprendente, que me reveló Bizos, fue cómo la máscara que Mandela llevaba siempre tan ajustada realmente se le cayó una vez, y en público. Fue durante aquel viaje en que él y De Klerk fueron a Oslo a recibir el premio Nobel. El evento no fue televisado, y al parecer no habían periodistas presentes, pero sí estaba ante una audiencia considerable. Según Bizos, que acompañó a Mandela a Oslo, cuando le llegó a De Klerk el turno de pronunciar su discurso de aceptación del Nobel, Mandela esperaba que reconociera las crueldades e injusticias del apartheid, y diera algún tipo de disculpa por los pecados de la Sudáfrica blanca. Pero De Klerk no hizo nada de esto. En cambio se limitó a decir que se habían cometido “errores” en ambos bandos. Bizos recordaba haber mirado a Mandela y observar como este sacudía contrariado la cabeza.

Aquella misma noche, Mandela y De Klerk, asistieron a un evento en la catedral de Oslo. La ceremonia comenzó con una versión de «Nkosi Sikelele Afrika», el viejo, poderoso, solemne y conmovedor himno de la rebeldía y la liberación negra. Mientras cantaban la canción, Mandela observó a De Klerk conversando distraídamente con su esposa. Un poco más tarde, en una cena ofrecida por el primer ministro de Noruega para 150 invitados, la paciencia de Mandela llegó finalmente a su límite. Visiblemente alterado, y totalmente fuera de sintonía con el estado de ánimo de celebración de la jornada, la emprendió contra el apartheid, un sistema —algo que a nadie le pasó desapercibido en el salón— que su colega premiado con el Nobel había apoyado y ayudado a establecer la mayor parte de su vida.

Bizos se sintió horrorizado al escuchar el venenoso discurso que brotaba de los labios de su viejo amigo. “Relató los más crueles detalles de lo que había sucedido con los prisioneros en la isla de Robben”, explicó Bizos, refiriéndose al Alcatraz del Atlántico sur donde Mandela pasó 18 de sus 27 años en prisión. Según recordaba Bizos, contó una historia de los guardias de la prisión “enterrando a un hombre en la arena hasta la cabeza y orinando sobre él… como una muestra de lo inhumano que había sido todo el sistema, y poco le faltó para decir: ‘Miren, aquí están las personas que representaron ese brutal sistema’”. El mensaje era tan alto y claro —y deliberadamente insultante—, que dejó atónitos a todos los presentes, sobre todo escuchándoselo al hombre considerado el principal practicante en la tierra de las virtudes del perdón y la reconciliación.

También me quedé sorprendido cuando Bizos me relató esa historia. Como he dicho, entrevisté a Mandela media docena de veces, sostuvimos infinidad de conversaciones breves, y escuché innumerables discursos y conferencias de prensa para escribir mi libro —y tantos artículos que no puedo recordar la cifra—; además, mientras realizaba tres documentales sobre su vida, conversé largamente con la mayoría de las personas que mejor lo conocieron. Ni una sola vez lo vi expresar rencor hacia nadie. Excepto hacia De Klerk.

Aparte de esta anécdota de Oslo, lo vi en 1993 lanzar una diatriba sin resentimiento, pero furiosa, contra lo que percibía una doble manipulación De Klerk en las negociaciones. También he oído historias del desprecio que Mandela sentía por él.

Con cualquier otro enemigo político o antiguo enemigo con el que Mandela se encontró era, repito, extremadamente cortés y respetuoso. Aparte de aquellos que trabajaron directamente con él en las oficinas presidenciales, he hablado con el antiguo jefe del sistema de inteligencia del apartheid, el antiguo ministro de justicia, y un general que planeó durante meses dirigir un movimiento terrorista de la extrema derecha contra los empeños democráticos de Mandela. Los tres terminaron adorándolo, describiéndolo como si estuvieran hablando de un familiar muy querido. Incluso el exjefe de inteligencia se refería todo el tiempo a él como “el viejo”, como si se tratara de su propio padre.

Quizás Mandela tenía mayores expectativas con De Klerk, su contraparte en el proceso de pacificación. Quizás vio demasiadas actitudes suyas que terminaron irritándolo por su falta de empatía con la horrible situación de los sudafricanos negros. Quizás vio que De Klerk, a pesar de todo lo inteligente y políticamente bien intencionado que hubiera sido, carecía de grandeza de corazón. O tal vez mostró cierta arbitrariedad hacia el hombre que, después de todo, le cedió el poder sin luchar. De lo contrario, ¿cómo explicarse el respeto que Mandela siempre expresó por el predecesor de De Klerk en la presidencia de Sudáfrica, el mucho más despiadado y represivo P.W. Botha? Muchos de sus aliados más cercanos nunca entendieron por qué estimaba más a Botha que al casi inofensivo De Klerk.

Detrás de este misterio, inconsistencia o franca irracionalidad, vislumbramos la humanidad de Mandela, aún con mayor claridad cuando reflexionamos sobre su extraordinaria explosión en Oslo. Todo esto nos recuerda que Mandela no era un místico tibetano ni un ser sobrenatural ni un santo, sino un individuo tan propenso a un comportamiento irracional o a dejarse arrastrar por la ira y la impaciencia como cualquiera. Reconocer que sí, en efecto, algunos átomos de amargura quedaron anclados en su corazón, no disminuye su estatura como ser humano o sus méritos. Todo lo contrario, que haya luchado para vencer sus propios demonios es una prueba más de la capacidad suprema de liderazgo que mostró, de su sacrificio y del autocontrol que ejerció en la búsqueda del premio que había perseguido toda su vida: la democracia y la justicia en un país donde los blancos y los negros pudieran vivir con los mismos derechos, en paz.

NOTA: Nelson Mandela expresó del escritor John Carlin cuando este terminó su trabajo en Sudáfrica: “La manera en que escribió y realizó su tarea en este país fue absolutamente magnífica e inspiradora. Usted ha sido muy valiente”.

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