Desde 1997, han asesinados 1.785 policías y cerca de 3.200 lesionados en lucha contra narcotráfico

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Bogotá, 02 de Diciembre ¬_RAM_. El 2 de diciembre de 1993 no solo cayó el narcotraficante más buscado del mundo, protagonista de una de las páginas más negras de la historia de Colombia, que cobró la vida de más de 5.000 compatriotas. Ese jueves, con el abatimiento de Pablo Emilio Escobar Gaviria, la Policía Nacional cambió la ecuación a favor del Estado al alcanzar un punto de inflexión en la lucha contra el narcotráfico.
La caída del capo representó para el país un nuevo amanecer para desvertebrar, uno a uno, los carteles de la droga y sus aparatos criminales que por más de 30 años pusieron en jaque incluso la estabilidad y legitimidad del Estado y la supervivencia de la sociedad colombiana.
Estos “mágicos” creyeron que con los chorros de dinero, producto de sus actividades criminales, podían comprar conciencias, amenazar y eliminar a adversarios y hasta obtener el poder político, económico y judicial en sus máximas manifestaciones.
Con la muerte de Escobar también se derrumbó el mito del hombre indestructible y el otrora poderoso cartel de Medellín, y la Policía de Colombia, que se sacudió de las infiltraciones y se autodepuró a niveles históricos, lanzó una ofensiva sin precedentes contra las mafias.
Toda la experiencia del efectivo Bloque de Búsqueda en la persecución de Escobar y de sus terratenientes, combinada con la alta inteligencia estratégica y una microgerencia diaria, llevó al desvertebramiento del cartel de Cali, con el encarcelamiento de sus siete principales capos y docenas de testaferros. Los hermanos Rodríguez Orejuela y su poder corruptor terminaron en prisiones federales de Estados Unidos, mientras que su emporio económico fue objeto de extinción de dominio.
Con la alborada del nuevo siglo, derrumbados los dos más poderosos carteles, la Policía enfiló baterías contra las organizaciones mafiosas de los Llanos, la costa, el Pacífico, Bogotá y Caquetá. Capos como “El Caracol”, “Martelo”, Nelson Urrego, Pastor Perafán, “El Socio” y otros tantos también fueron a parar a las cárceles colombianas y estadounidenses.
Solo quedaba un cartel altamente peligroso, el del Norte del Valle, alias “Don Diego”, “Rasguño”, “Jabón” Los Urdinolas Grajales y sus aparatos sicariales de “Los Machos” y ”Los Rastrojos” también corrieron con la misma suerte de “El Mexicano”, Carlos Ledher, Escobar y los Rodríguez.
Desaparecidos los carteles y desmovilizadas las autodefensas, sus reductos mafiosos vieron una oportunidad para apoderarse del negocio de la droga y ahí comenzó una nueva batalla contra las llamadas Bandas Criminales, que alcanzaron a tener 33 estructuras, de las cuales tan solo sobreviven tres.
Incluso, más allá de las fronteras, la Policía Nacional, con la colaboración de autoridades extranjeras, ha dado con el paradero de 44 poderosos mafiosos.
Hoy, aunque el fenómeno del narcotráfico sigue siendo una realidad mundial que, por supuesto, afecta al país, los hechos demuestran que, en el caso colombiano, desapareció la amenaza de este flagelo contra la seguridad, viabilidad y legitimidad del Estado y de sus instituciones.
A manera de ejemplo, la famosa narcohacienda Nápoles y su icónica avioneta “homenaje” al primer gran cargamento de cocaína que “coronó” Pablo Escobar, hoy es un parque temático legal, liderado por el Estado y al servicio de la sociedad.
En el pasado, la vida delictiva de un capo llegó a superar varias décadas, hoy es de tan solo unos pocos meses gracias a conocimiento que se tiene del fenómeno y al monitoreo constante de su capacidad camaleónica para hacerse casi invisible, con un doble fin: no enfrentar al Estado y evitar el accionar policial.
Esta realidad señala que no es hora de triunfalismos y que hay que estar atentos a las distintas transformaciones y manifestaciones de este delito para no repetir lecciones aprendidas.
En resumen, estos 20 años de lucha contra el narcotráfico, la Policía de Colombia ha contribuido, con una cuota de sacrificio en vidas humanas sin precedentes en la historia de sus pares del mundo, desde 1997, 1.785 policías asesinados y cerca de 3.200 lesionados, con una huella de dolor de estas familias colombianas que entregaron a sus seres queridos en cumplimiento de la responsabilidad constitucional de combatir el narcotráfico en todas sus expresiones.
La cuota más alta de víctimas en la lucha contra el cartel de Medellín la puso la Policía Nacional, con más de 500 efectivos asesinados por órdenes de Escobar. Este es uno de los testimonios que ha permitido reducir a su más mínima expresión a unas organizaciones que un día quisieron convertir a Colombia en una narcodemocracia.
Hoy, Colombia es diferente. Producto de estos éxitos del Estado colombiano contra estas mafias, existe un proceso de transformación del crimen. El narcotráfico mantiene niveles de involución y está dejando de ser la pesadilla que atormenta nuestra sociedad.

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