Gramma destaca aniversario de negociaciones entre gobierno colombiano y las Farc

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El principal diario estatal de Cuba, “Gramma”, destaca hoy en primera página las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Farc, al completar un año teniendo como sede el Palacio de Convenciones de La Habana y advierte que no sólo las partes, sino la mayoría de los analistas coinciden en que “se ha llegado más lejos que nunca antes” y que cada paso que se ha dado, ha hecho historia.

“A la capital cubana se llega sin que ninguno de los dos bandos haya podido ganar la guerra, pues tampoco las FARC-EP, y ellos mismos lo han reconocido, están en la posición de tomar el poder por las armas”, subraya el artículo, que finalmente precisa:

“Pero la mayor esperanza es, quizás, la voluntad de llegar a un acuerdo final que han mostrado ambas partes, sincronizadas hasta ahora con los relojes de toda Colombia que llevan años marcando la hora de la paz”.

El escrito, publicado por Gramma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se titula “La hora de la paz”, y su texto es el siguiente:

Hoy se cumple un año de la apertura en La Habana de la mesa de conversaciones que busca poner fin al conflicto armado en Colombia

(Por) Sergio Alejandro Gómez

Si algo ha quedado claro durante más de medio siglo de guerra en Colombia es que la paz no está sujeta a un calendario, no es cuestión de sentarse a esperar el inevitable silencio de los fusiles. Pero las fechas, resulta difícil evitarlo, son una buena excusa para sacar balance de los eventos que se prolongan en el tiempo.

Desde hace más de medio siglo los colombianos no han vivido un solo día en paz.

Hace exactamente un año se sentaron por primera vez a la mesa de conversaciones en La Habana los representantes del Gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

¿Cuál es el saldo de estos 365 días? No es fácil responder esa pregunta. En primer lugar porque nadie conoce los pasos exactos para llegar a la paz. Precisamente lo que se debate durante maratónicas sesiones en el Palacio de Convenciones de la capital cubana es el camino para alcanzar el fin del conflicto. Cada nuevo paso que dan hace historia.

Lo que está más claro es cómo no se hace la paz. Los colombianos han asistido a varios procesos infructuosos desde el primero, durante los gobiernos de Belisario Betancur (1982-1986) y Virgilio Barco (1986-1990), hasta los de César Gaviria (1990-1994) y Andrés Pastrana (1998-2002).

Los diálogos de La Habana están construidos a la sombra de esos fracasos.

La actual experiencia de búsqueda de la paz solo se hizo pública cuando ya se había debatido previamente una agenda de seis temas para guiar las conversaciones. En el Caguán, con Pastrana, se perdieron valiosos meses en alcanzar ese punto, mientras la ofensiva mediática hacía trizas a ambos bandos.

Esta vez la sede es un tercer país neutral, Cuba, relativamente aislado de los vaivenes de la política local y con un grupo reducido de representantes por cada parte. Por el contrario, el Caguán fue un ejercicio masivo con miles de guerrilleros por un lado y otros miles de representantes del gobierno y la sociedad civil por otro en una amplia zona desmilitarizada, porosa al conflicto nacional.

En Tlaxcala, México, Gaviria intentó a comienzos de los 90 construir algo fuera de las fronteras nacionales, pero en aquella ocasión ni siquiera pasaron del establecimiento de una agenda.

Al fracaso del Caguán en el 2002 le siguió el ascenso al poder de Álvaro Uribe con una agenda reacia al diálogo y centrada en una solución de índole militar. Pero una década, miles de muertos y miles de millones de dólares después, no se logró la aniquilación del grupo guerrillero, a pesar de que se han utilizado contra ellos las técnicas de guerra más avanzadas del mundo, desde drones hasta espionaje satelital.

A la capital cubana se llega sin que ninguno de los dos bandos haya podido ganar la guerra, pues tampoco las FARC-EP, y ellos mismos lo han reconocido, están en la posición de tomar el poder por las armas.

Es así como, una vez más, se impone a la inevitable vía del diálogo.

Pero esto es mucho más complejo que una negociación a dos bandas: resulta muy distinto hacer la paz, que construir la paz. Lo primero se logra entre contendientes, lo segundo es tarea de toda una nación.

El documento rector de las actuales conversaciones constituye un gran avance en el sentido de ubicar la solución en los elementos del sistema que en primer lugar dieron origen a la confrontación.

Los seis puntos de la Agenda abordan problemas históricos de la sociedad colombiana como la desigualdad en la tenencia de la tierra, las garantías para la participación política, los cultivos ilícitos y los derechos de las víctimas.

No menos importantes son los mecanismos necesarios para la verificación y refrendación del fin del conflicto. Aunque no se ha llegado a ese punto ni existe un acuerdo en el cómo, ambas partes coinciden en que es el pueblo colombiano el que debe dar la última palabra.

La experiencia de un acuerdo entre gobierno y guerrilla sin tener las condiciones creadas en la sociedad en su conjunto han sido mortales. El recuerdo de los miles de militantes de la Unión Patriótica —un partido nutrido de guerrilleros desmovilizados en los 80— está fresco en la memoria colectiva.

El balance de fuerzas actual en Colombia es distinto, pero no menos complejo, más aún cuando se dialoga sin dejar de utilizar las armas. Uribe está dedicado a tiempo completo a criticar el proceso de paz que defiende el Ejecutivo. Pocos dudan que Oscar Iván Zuluaga —el candidato por el Centro Democrático para las elecciones del 2014, que encarna la visión del exmandatario— pondría fin a las conversaciones de La Habana de llegar a la Casa de Nariño.

En el otro extremo, son muy positivas las declaraciones del recién nombrado comandante del Ejército, Juan Pablo Rodríguez, respecto a que las Fuerzas Armadas protegerían a las FARC-EP en caso de que se reincorporaran a la vida civil.

De cualquier modo, todas las conversaciones se construyen a partir de lo que está dispuesto a dar cada bando, y esa es una de las interrogantes claves que circundan al actual proceso.

Aún así, el Gobierno colombiano, las FARC-EP y la mayoría de los analistas coinciden en que en La Habana se ha llegado más lejos que nunca antes. Los dos principios de entendimiento en la problemática agraria y la participación política son avances históricos que no tienen precedentes.

Pero la mayor esperanza es, quizás, la voluntad de llegar a un acuerdo final que han mostrado ambas partes, sincronizadas hasta ahora con los relojes de toda Colombia que llevan años marcando la hora de la paz.

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