Es hora de que Santos empiece a pisar callos

Todos los presidentes del mundo sueñan con ser populares. Pero también anhelan pasar a la historia como grandes gobernantes y grandes transformadores sociales. Lo malo es que no siempre pueden cumplir con ambos sueños. Los que son populares por lo general no pasan a la historia como grandes gobernantes y los grandes gobernantes pocas veces cuentan con amplio respaldo popular, pues deben pagar el costo político de tomar decisiones impopulares, por ejemplo aumentar los impuestos para evitar un colapso de la economía o sacar adelante una reforma tributaria.

Entre aquellos mandatarios que gozaron del privilegio de ser populares y haber pasado a la historia de sus países se encuentran, en el caso de Estados Unidos, Ronald Reagan y Bill Clinton, quienes terminaron sus mandatos con altísimos índices de aprobación, pese al hecho de haber tenido que soportar y enfrentar grandes escándalos mediáticos. Al primero le tocó la crisis Irán-contras y al segundo su sonado affaire con la pasante de la Casa Blanca Mónica Lewinsky.

El llamado efecto teflón, tanto a Reagan como a Clinton, les sirvió para amainar las críticas que les cayeron por ser protagonistas principales en esos hechos. Reagan pasó a la historia como el gran responsable de la caída del régimen socialista en el mundo, junto a Margaret Thatcher, mientras Clinton aún disfruta de su enorme prestigio y es hoy por hoy el expresidente que más cobra por conferencia, foro o cualquier presentación en público. De hecho, factura más de 300.000 dólares por cada intervención.

En el caso colombiano, el presidente más popular ha sido, sin duda, Álvaro Uribe Vélez, quien terminó su segundo mandato por encima de 77 por ciento de respaldo. Se trata de un índice astronómico, que difícilmente podrá ser igualado por otro mandatario.

Las bataholas en que se han visto involucrados varios de sus exfuncionarios y hombres y mujeres de confianza, como es el caso de Bernardo Moreno y María del Pilar Hurtado, entre muchos otros, han terminado por minar la confianza y aprobación de los colombianos acerca de la gestión de Uribe como gobernante.

Ernesto Samper y Andrés Pastrana no fueron populares. Al primero lo afectó dramáticamente el escándalo 8.000, mientras que el segundo aún paga el precio de haberle apostado a una negociación con las Farc en el Caguán.

A Juan Manuel Santos le llegó la hora de tomar la decisión de si quiere pasar a la historia como un presidente popular o como el gobernante que transformó al país. Es difícil que sea lo uno y también lo otro.

Si le apuesta a la popularidad –que no es mala a juzgar por el más reciente estudio de Gallup, que lo muestra con un respaldo de gestión de 67 por ciento– entonces deberá abstenerse de tomar decisiones con un gran costo político, como sería la reforma tributaria que piensa presentar al Congreso, o meterle el acelerador a las relaciones comerciales con Venezuela y Ecuador, con cuyos gobiernos Uribe mantuvo pésimas relaciones.

Una de las herencias perversas que nos dejó la reelección presidencial es que, después de Uribe, todos los presidentes van a querer ser populares, antes que grandes transformadores. Santos quiere ser un gobernante popular, pues también está pensando en ser reelegido, aunque haya dicho que solo hablará de ese tema el próximo año.

No obstante, está demostrado que las grandes transformaciones sociales del país atraviesan de forma transversal la propiedad, uso y posesión de la tierra, así como la reparación por parte del Estado a las víctimas del conflicto armado. En ese tema, vital para transformar a Colombia, no se puede equivocar Santos, así ello le signifique la malquerencia de algunos gremios poderosos. Tampoco puede levantar el pie del acelerador en la lucha contra la corrupción y las grandes mafias que hoy por hoy ejercen pleno control sobre sectores fundamentales, como infraestructura y salud, atenazados por verdaderos carteles de la contratación.

De manera que Juan Manuel Santos no puede seguir haciéndole el quite a su compromiso real con la historia nacional. Está visto que ya no puede ser popular y gran transformador social. La popularidad lo puede llevar a un segundo mandato, como Uribe, pero si en verdad quiere dejar una huella en los anales de Colombia, deberá empezar a pisar callos, así sean los de aquellos gremios que siempre lo han tenido entre sus afectos y que creen que lo pusieron en la Casa de Nariño para satisfacer sus intereses y ambiciones.

Por Óscar Montes
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