Los 30 días que le cambiaron la vida a Tibú

Cuatro de las cinco neveras que funcionaban en el supermercado de Idaldo Ospino están apagadas, desconectadas y siendo usadas como estantes para poner hojas de cuaderno, cajas de chicles y canastos, desde hace unos 20 días.

La única que está prendida enfría pocas botellas de agua, gaseosa y refrescos venezolanos, pero no son de gran demanda.

Por eso ahora Idaldo pasa el tiempo con los amigos y vecinos de otros locales afectados por el mes del paro campesino en el Catatumbo.

De los siete años que lleva al frente del negocio, uno de los más visitados junto a la plaza de mercado de Tibú, asegura que en las cuatro neveras que le tocó apagar guardaba pollo, queso, jamón, embutidos, arepas, pescado, carne, cuajada y salchichón.

“Me tocó apagarlas, limpiarlas y desconectarlas, porque acá ya no hay más que vender, no hay dónde conseguir y es muy complicado traer por las trochas, porque por allá también hay campesinos que las cierran por ratos. Estamos bloqueados”, comentó el tendero, tratando de hacer una radiografía rápida del bajonazo de las ventas, a raíz de la protesta.

A tres locales se encuentra Eduardo Gutiérrez, quien maneja un negocio reconocido por la venta de pollo criollo, alas, recortes de menudencias y otros relacionados con la producción avícola.

“Me acuerdo que tres días después de que empezó el paro me acabaron todo lo que está en las neveras. La gente se llevó todo el pollo que pudo y por eso las apagué. He perdido mucha plata pero no puedo hacer nada, porque el bloqueo es grande”, comentó.

Antes de la protesta vendía 300 kilos de pollo diariamente, que le representaban $600.000. En sus cuentas no estaba que por el desespero de la comunidad rural perdiera un promedio de $18 millones ante la falta de este alimento durante el mes que ha estado paralizada esta región.

“Lo único que guardo ahí son unas conservas de durazno que no se dañan, pero eso nadie lo compra. Por eso me tocó empezarle a hacer unas remodelaciones al local a ver si cuando se levante este paro me recupero un poco”, expresó Gutiérrez.

Cruzando la calle está el negocio de Alfredo Ortiz, quien relató que hace unas semanas uno de sus clientes más fieles lo tildó de aprovechado, al cobrarle por un cartón de huevos entre $15.000 y $17.000. El vendedor explicó que su local –otrora- ha tenido éxito por ser justo en los precios.

“Lo que pasa es a que a eso me están llevando, yo no estoy cobrando de más. Antes del paro una cubeta de huevos costaba entre $6.000 y $7.000, pero lo que alcanzan a traer por las trochas lo venden demasiado caro y así se le ofrece a los clientes, pero acá nadie se aprovecha de eso…los que se aprovechan están detrás de los escritorios, sentados y echándose aire”, dijo el comerciante.

Y es que el incremento de precios en los alimentos no ha sido exclusivo para huevos, pollo y carne.

El bulto de cebolla pasó de $25.000 a $70.000. La libra de papa pasó de $1.000 a $2.500. El tomate subió de $1.500 a $5.000 la libra.

Por esto, según el alcalde de Tibú, Gustavo León Becerra, casi el 70% de la población del casco urbano ha cambiado su menú.

La carestía no les permite poner en los platos, en el mejor de los casos, huevo y yuca, uno de los pocos productos que conservó su precio, en $1.000 la libra.

Rosalía González se ubica estratégicamente en medio de los dos locales de los que es propietaria. Uno es de venta de calzado y el otro de ollas y artículos de plástico. Como son pegados, ella se hace en toda la mitad para atender a quienes van solo a preguntar.

Esa labor la hacía su empleada, pero hace tres semanas tuvo que despedirla. Lo hizo porque los ingresos de ambos negocios no alcanzaron ni para pagarle el salario, por lo que la mandó para la casa con el compromiso de que cuando se levante el bloqueo, podrá regresar.

Estos son los visos de una radiografía que empezó a dibujarse desde hace un mes, cuando los campesinos se tomaron la vía que comunica a Tibú con Cúcuta, en búsqueda de la atención del Gobierno Nacional, que no ha encontrado la salida a este laberinto.

Estas comunidades recordaron que hace 30 días, con sus largas noches, el municipio petrolero de Norte de Santander amaneció sitiado, incinerado, golpeado y con unos campesinos volcados a cualquier riesgo, con tal de defender su tierra, planteamiento que le han mostrado desde esa época al Estado.

Así se vivió la tarde negra en la Fiscalía de Tibú

A las 11:50 de la mañana del pasado 12 de junio, medio centenar de manifestantes se enfrentaron a la Policía en la carrera cuarta con calle 16, del barrio El Carmen de Tibú, en lo que para los testigos fue la mayor lluvia de piedras y gases jamás vista.

Siete tiendas pequeñas y una iglesia cerraron sus puertas, esperando que la tormenta pasara, que los manifestantes cesaran o que las autoridades la controlaran, pero nada de eso pasó.

Reservando su nombre, los testigos afirmaron que todo empezó porque en las cámaras de seguridad de la Fiscalía de Tibú quedó registrada la refriega, lo que alteró a quienes lanzaban piedras, quienes la emprendieron contra esos equipos de vigilancia.

Luego rompieron las puertas del ente acusado e ingresaron con palos y destruyeron lo que encontraron.

Cuentan que el vigilante, tres fiscales y otra persona que se encontraba en el lugar, se encerraron en un cuarto trasero, a escuchar cómo rompían vidrios, tumbaban estantes y rociaban gasolina.

Una de las fiscales, de nombre Sandra, fue la única lesionada. Ella, en el afán de escapar del lugar, al que le empezaron a prender fuego, se cortó un pie y parte de una pierna.

Las manchas de sangre quedaron en el lugar, pero las llamas y la cantidad de expedientes calcinados borraron la evidencia y la lluvia fue la única que apareció para aplacar el fuego.

Un mes después, en la sede de la Fiscalía tibuyana hay nueve bolsas llenas de piedras y escombros de la tarde negra, adentro solo está el celador, con lo que parece un radio de pilas, porque las instalaciones quedaron inservibles. Aunque no se puede ingresar, por las ventanas rotas se observan paredes del mismo color, a la espera de que pronto retorne la normalidad.

El hospital se protege con puertas de madera

La población coincide en que los desmanes fueron la característica de los primeros días del paro campesino. Aunque nadie asegura que ellos hayan tenido que ver en la destrucción de varios inmuebles, sí han querido protegerse de nuevos ataques, como en el Hospital San José, donde se trataron de blindar con una puerta de madera.

Algunos funcionarios del centro asistencial señalaron que a raíz de lo sucedido en una farmacia cercana, donde por esos días rompieron las vidrieras, decidieron cubrir la puerta de vidrio, por donde entraban los pacientes, con un portón de madera.

Pero también dijeron que hace parte de un plan para cubrir las obras de remodelación. El subdirector del hospital, Alberto Escalante, afirmó que en el lugar no se ha dejado de prestar la atención médica y que no hay desabastecimiento de insumos.

Aunque no reveló los modos, se conoció que los medicamentos han logrado pasar los bloqueos con la autorización de los campesinos, para evitar la interrupción del servicio de salud a los pacientes.

De los primeros días de los enfrentamientos con la Policía, recordó que allí fueron atendidas 16 afectados por gases y golpes leves, solo uno de los pacientes presentó gravedad, pero fue dado de alta días después.

Sin colegios y con toque de queda

Por decreto, hace 15 días la Alcaldía ordenó en Tibú la ley seca y el toque de queda, medidas que nunca antes se prolongaron como ahora. A partir de las 8 de la noche y hasta las 6 la mañana del día siguiente, se prohíbe permanecer en las calles.

Las dos determinaciones mezcladas han afectado a un promedio de 10 negocios en los que se vendía licor en las noches, donde también la comunidad bebía cerveza y se consideraba una fuente de soda.

Aunque las autoridades no lo confirman, hay lugares clandestinos en los que se vende trago a domicilio para ser consumido en las casas.

El toque de queda también impactó en los niños y jóvenes, quienes acostumbraban a salir a hacer deporte después de las 7:00 de la noche, pues en el día el calor es atosigador.

Ahora muchos de ellos no salen de sus casas, hablan de puerta a puerta con los vecinos y viven a la expectativa de saber hasta cuando se prolongarán sus vacaciones, las cuales terminaron el pasado viernes y debían reanudar clases el lunes pasado.

Millonarias pérdidas y parálisis de proyectos

El alcalde de Tibú, Gustavo León Becerra, reveló un desalen-tador panorama económico de su municipio, al contar uno a uno los días que lleva el paro campesino.

Según dijo, Ecopetrol le reportó que por cada día que han estado apagadas sus plantas, están perdiendo $570 millones.

La empresa petrolera les canceló el contrato a 500 per-sonas que no hacen parte de la nómina.

“Hablando de los gremios, se sabe que un promedio de 1.500 familias que se benefician de la palma de aceite, están afectadas, sin contar que ya van más de 20.000 toneladas de fruta que se han ido perdiendo a causa de que no pueden ser trasladadas por los bloqueos. Esa fruta tiene que enterrarse, lo que genera un impacto sanitario en las plantaciones”, precisó.

Lo que también preocupa al alcalde es que en este mes que se cumple de la protesta se han paralizado los trabajos en los proyectos de acueducto, de vivienda de interés social y pavimentación que suman $24.940 millones, recursos que venían siendo apoyados por el Gobierno Nacional, departamental, municipal y Ecopetrol.

Fuente: COLPRENSA

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