Los militares egipcios comunican a EE UU que dejarán el poder pronto

Los militares egipcios han ofrecido garantías a los mandos del Pentágono de que no están interesados en gobernar su país por un largo tiempo y que se mantendrán al frente únicamente lo necesario para organizar una transición hacia un nuevo presidente elegido democráticamente, según informa la agencia AP citando funcionarios norteamericanos.

El secretario de Defensa, Chuck Hagel, y el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, general Martin Dempsey, han estado en contacto en las últimas horas con los mandos militares egipcios, que les han mantenido al corriente de sus movimientos y sus intenciones
Los militares egipcios les han comunicado que su principal propósito en las actuales circunstancias es restablecer el orden en el país y evitar un mayor derramamiento de sangre.

Oficialmente, Estados Unidos intenta no pronunciarse abiertamente a favor de ninguno de los bandos que se disputan el poder en Egipto, uno de sus principales aliados en Oriente Próximo, y trata de manejar la situación de forma que le quede margen de presión sobre cualquiera de los actores en juego, cosa que por ahora consigue malamente.

Con esas reservas, la Administración norteamericana recordó poco antes de que se conociese el golpe de Estado que ya se le había advertido al presidente Mohamed Morsi que su respuesta a la presión de las protestas no había sido la adecuada.

“No vamos a tomar partido por ninguna de las partes, pero el presidente Barack Obama y el secretario de Estado han sido claros en que el Gobierno de Morsi tiene que escuchar al pueblo y hacer más por atender sus demandas, y creemos que hasta ahora no ha dado los pasos suficientes”, declaró un portavoz del Departamento de Estado.

Abriendo, sin embargo, un interrogante sobre el futuro, el mismo portavoz añadió que “Morsi podría tener una segunda oportunidad si demuestra que se preocupa por las demandas de su pueblo”.

Esta semana, poco después de las gigantescas protestas contra Morsi, Obama llamó por teléfono al presidente egipcio, a quien recordó, según un comunicado de la Casa Blanca, que “la democracia es algo más que celebrar elecciones” y le conminó a establecer un diálogo con la oposición. Poco después, el secretario de Estado, John Kerry, hizo un llamamiento urgente en el mismo sentido.

La agudización de la crisis egipcia ha cogido a la Administración norteamericana por sorpresa, como ocurrió hace dos años con la insurrección popular que acabó con Hosni Mubarak, lo que ratifica su pérdida de influencia en un país que antes controlaba con comodidad. Todo lo que puede hacer ahora Washington es tratar de que la situación no se desborde aún más, que se evite un baño de sangre y se consiga una cierta estabilización, por precaria que sea.

El regreso de las fuerzas armadas al primer plano de la política egipcia no es, necesariamente, una mala noticia para EE UU. Los militares egipcios están estrechamente vinculados a sus colegas norteamericanos, de los que reciben dinero, formación y constante intercambio de información. Tanta es la proximidad entre ambas instituciones que cuesta creer que el Ejército egipcio haya actuado sin haber antes, al menos, comentado sus propósitos con el Pentágono.

La destitución de Mohamed Morsi supone, al mismo tiempo, un cierto alivio para el Gobierno estadounidense, que nunca había llegado a entender ni a entenderse con un dirigente de formación y militancia islámica cuyos propósitos y programa, sobre todo en política exterior, no eran exactamente del gusto de Washington.

Pero, al mismo tiempo, la interrupción del proceso democrático en El Cairo es un cierto revés para Obama, en la medida en que no ha sido capaz de sostenerlo ni de encontrar en su trayecto al aliado ideal para EE UU. Sin haber llegado nunca a establecer una relación de confianza con Morsi, la Casa Blanca tampoco tiene ahora una alternativa clara entre la oposición.

Ante esa realidad, la único que puede hacer Obama es tratar de navegar sobre la ola y ganarse una posición de influencia de cara al futuro inmediato. Una de las vías para conseguirlo sería de la tratar de actuar de árbitro en una crisis en la que, realmente, no se atisban otros que puedan cumplir ese papel. Conservando sus lazos con los militares, EE UU quizá tiene aún algún margen para intentar un compromiso que en estos momentos se antoja difícil.

La estabilización de Egipto, el país con el mayor Ejército del mundo árabe y el de mayor población, no solo es importante para EE UU por sí misma, sino por la enorme influencia de esa nación en Oriente Próximo y, por tanto, de cara a la solución de otras crisis de la región, como la guerra civil en Siria o los atisbos de la reanudación del diálogo entre palestinos e israelíes.

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