Nuestra clase dirigente

La siguiente frase, demoledora y contundente como un mazazo en el hígado, se la escuché a un ministro de Andrés Pastrana, cuando yo, indignado por la que consideraba falta de atención del Ejecutivo con la Región Caribe, le reclamaba por los arrumacos y consentimientos que el Gobierno les prodigaba a las demás zonas del país: “La culpa es de sus paisanos costeños, porque mientras los congresistas de otros departamentos me piden citas para presentarme proyectos de desarrollo y obras de infraestructura, los costeños solo me traen hojas de vida de recomendados políticos”.

Y aunque hay contadas excepciones, debo reconocer que el anterior episodio, que en otras circunstancias podría considerarse como un hecho aislado, terminó haciendo carrera en los círculos de poder en Bogotá, desde la propia Casa de Nariño hasta las sedes de los ministerios, y terminó marcando la suerte de toda la Región. Es claro que mientras nuestros políticos solo pidan puestos, nadie nos va a tomar en serio.

Ocurre que en sociedades tan desiguales como la nuestra, la clase dirigente –léase la clase política– es la que termina marcando el rumbo, pues es la única que tiene el privilegio de acceder a las bondades y beneficios que les son negados a la inmensa mayoría de la población.

Es el caso de la educación, que en la Región Caribe terminó siendo un privilegio de unos pocos. Por algo nuestros niveles de analfabetismo son de los más altos del país. Para no hablar del bilingüismo y el acceso a la sistematización y tecnología de punta, que terminarán definiendo la suerte de los analfabetas del Siglo XXI.

Nuestra clase dirigente disfruta, digo, de todo aquello que el Estado le niega a más del 90 por ciento de la población. Y por ello su responsabilidad con la suerte de esa inmensa cantidad de hombres, mujeres y niños de la Región Caribe es también mucho mayor.

La nuestra es una casta política privilegiada que ha sido inferior al reto que la sociedad puso sobre sus hombros. La nuestra es una clase dirigente mediocre que sucumbió ante la tentación del dinero fácil y la corrupción. Ahí están las decenas de investigaciones que adelantan los organismos de control por enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias y parapolítica, fenómeno que, como la hierba mala, se resiste a desaparecer en la Región Caribe, pese al costo político que han tenido que pagar nuestros dirigentes por su cercanía con organizaciones armadas ilegales de extrema derecha.

Está demostrado hasta la saciedad que nuestra clase dirigente solo piensa en sus propios beneficios y en sus bolsillos. Nada más le importa. Por eso Antioquia, por ejemplo, logra que el Gobierno les condone deudas y les ofrezca una chequera multimillonaria para que pueda hacer obras monumentales que solo benefician a sus propios intereses, como las llamadas ‘Carreteras de la Prosperidad’, que comienzan y terminan en ese departamento.

Ya es hora de que nuestra clase dirigente asuma sus responsabilidades y tenga plena conciencia de la importancia de su rol en el desarrollo o atraso de la Región. En una época por lo menos nuestros políticos levantaban su voz de protesta y se hacían sentir en el Congreso de la República. Eran los tiempos del Bloque Costeño. Hoy ni siquiera tienen voz para quejarse. Todos van felices chupando del gobierno de turno con la barriga llena y el corazón contento, que al fin y al cabo es lo único que les importa.

Por Óscar Montes
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