¿Se venezolanizó Colombia?

El proceso electoral de Venezuela, que concluye mañana con la escogencia del sucesor de Hugo Chávez Frías, se ha caracterizado por una carencia absoluta de argumentos, propuestas y programas por parte de los dos principales candidatos, el vicepresidente y presidente encargado Nicolás Maduro y el candidato de la oposición Henrique Capriles, quienes no han ahorrado epítetos contra su rival.

Se trata, sin duda, de una campaña presidencial rastrera y pasional en la que los únicos que van a perder son los venezolanos y las venezolanas, quienes terminarán eligiendo a un Presidente sin saber siquiera cómo pondrá fin a los temas delicados que agobian al vecino país, como la crisis económica y la inseguridad interna, para solo hablar de los más apremiantes.

En estos últimos 11 días –que fue lo que duró la campaña- en Venezuela ha habido de todo menos debate electoral. Los votantes no han podido escuchar ni propuestas ni ideas de Maduro y Capriles. Solo han sido bombardeados con insultos y ‘propaganda negra’ por parte de los candidatos. Obviamente así no se adquiere madurez política ni se consolidan los sistemas democráticos.

Ocurre que cuando no se tienen argumentos los candidatos se valen del insulto, que polariza la campaña y reduce a su mínima expresión lo que estaba llamado a ser un debate electoral. Los medios de comunicación, por ejemplo, optaron por hacerles el juego a los aspirantes a llegar a Miraflores, quizá pensando que la galería lo que quiere ver es la agresión física de los ‘gallos de pelea’ que una controversia de altura que permita, al final, dirimir la contienda a favor de quien ofrezca las soluciones a la crisis del vecino país.

Una vez más terminó por imponerse el modelo caricaturesco de la política, propio del género de las telenovelas, en las que los dos protagonistas (uno bueno y otro malo) hacen hasta lo imposible por conquistar el corazón de la amada (los electores), con el agravante en el caso venezolano que los buenos y los malos dependen de la orilla desde la cual se observa el desarrollo de la novela. Si es desde el oficialismo, el villano será Capriles y si es desde la oposición, ese rol recaerá en Maduro.

Pues bien, Colombia empieza a transitar el mismo camino. El debate político en lugar de subir, tiende a igualarse por lo bajo. Las agresiones que se escuchan hoy tienen mayores decibeles que las que fueron pronunciadas ayer.
Todo el que habla es para descalificar a su contradictor no con argumentos, sino con agravios de todo tipo. Y eso es así desde los altos dignatarios del Estado, quienes ya no se preocupan ni siquiera por pisar los terrenos de la injuria y la calumnia con cada frase destemplada, hasta los funcionarios de menor nivel y responsabilidad. Si el Presidente y los expresidentes se tratan como se tratan, qué puede esperarse de los alcaldes y concejales. El mal ejemplo viene de arriba.

Colombia se venezolanizó, que podría ser el terminó que nos permitirá ilustrar la situación que empieza a vislumbrarse de cara a las elecciones del próximo año. Y eso es grave. De ahí que el esfuerzo de todos debe apuntar a elevar el nivel y la calidad del debate electoral.

En el caso de los medios de comunicación la consigna tendría que ser: si no hay argumentos y lo único que prima son los insultos, pues sencillamente no se registra. Pero lo que no puede pasar es lo que está pasando: que los medios estamos siendo utilizados como simples correas de transmisión para hacerles eco a los insultos de quienes pretenden imponer sus ideas con argumentos de fuerza. Es decir, los medios cumpliendo el papel de idiotas útiles de los políticos. Y por supuesto ese no es el papel de los medios de comunicación. Ni lo será.

Por Óscar Montes
[email protected]

Compartir: