El proceso de paz con las Farc, en su momento más crítico

Por Óscar Montes
Desde mucho antes de iniciarse los diálogos de paz en La Habana, tanto el Gobierno como las Farc sabían que negociar en medio de la guerra es una de las debilidades de las conversaciones. Y es que la dinámica de la guerra hace que todos los días haya enfrentamientos entre la Fuerza Pública y los grupos guerrilleros.

Pese a la resistencia de las Farc, que siempre han propuesto un cese bilateral del fuego, terminó por imponerse la decisión del Gobierno de dialogar en medio de la confrontación, entre otras cosas porque es imposible, tanto jurídica como estratégicamente, pretender que las Fuerzas Militares dejen de cumplir con su deber constitucional de garantizar la vida y la integridad de todos los colombianos a lo largo y ancho del territorio nacional. Al cumplimiento de su deber por parte de la Fuerza Pública, las Farc han respondido de la peor manera: mediante la utilización del secuestro como arma de guerra para presionar una serie de concesiones por parte del Gobierno. Al reservarse el “derecho” a secuestrar a miembros del Ejército y la Policía Nacional, como anunció cínicamente alias Iván Márquez en La Habana, ese grupo guerrillero demostró que desconoce las normas nacionales e internacionales que prohíben expresamente la figura de los llamados “prisioneros de guerra”.

El secuestro de uniformados, como arma de guerra

El anuncio de los voceros de las Farc en la Habana –luego de regresar de Oslo, para continuar los diálogos de paz con el Gobierno– en el sentido de que dejarían de secuestrar tuvo muy buen recibo por parte de los colombianos, tanto que el presidente Juan Manuel Santos celebró en su cuenta Twitter la buena nueva. “Valoramos el anuncio de las Farc de renunciar al secuestro como un paso importante y necesario, pero no suficiente en la dirección correcta”, escribió el mandatario. Pues bien, la dicha duró muy poco, pues la semana pasada las Farc secuestraron a los agentes de Policía Víctor Alfonso González y Cristian Camilo Yate, en el Valle del Cauca, acción que fue justificada por Iván Márquez, quien los llamó “prisioneros de guerra”. Es evidente que Márquez desconoce no solo la jurisprudencia nacional, sino las normas internacionales que prohíben la figura, pues en los únicos casos en que está contemplado por el DIH es cuando se trata de conflictos entre países. En otras palabras, las Farc consideran legítimo valerse del secuestro de uniformados para pretender sacar ventajas en la mesa de negociación, conducta que sigue siendo la misma desde la época del Caguán. Es errado, entonces, creer que el secuestro es un arma de guerra.

De la “Ley 002” a los “prisioneros de guerra”

Pese al enorme daño que el secuestro le ha causado a las Farc, como lo reconoció el propio Alfonso Cano en entrevista que le hice hace algún tiempo para ‘Semana’, ese grupo guerrillero sigue valiéndose de esa práctica criminal, así varios de sus voceros lo nieguen. De hecho, durante los diálogos del Caguán, El Mono Jojoy presentó la llamada por ellos “Ley 002”, que los “facultaba” para secuestrar a industriales y empresarios con el fin de financiar la guerra. Ahora en La Habana, Iván Márquez justificó el secuestro de soldados y policías, argumentando que se trata de “prisioneros de guerra”. “Nos reservados el derecho -dijo Márquez- de capturar como prisioneros a los miembros de la Fuerza Pública que se han rendido en combate. Ellos se llaman prisioneros de guerra y este fenómeno se da en cualquier conflicto que haya en el mundo”. Esa fue la misma justificación que llevó a ese grupo guerrillero a construir ‘jaulas’ en la selva para mantener encarcelados por años a miembros de la Fuerza Pública y a un buen número de civiles, hecho que convirtió a las Farc en una de las organizaciones criminales más repudiadas del mundo, no solo por valerse del secuestro, sino por mantener en condiciones infrahumanas a los secuestrados en su poder. A juzgar por las palabras de Márquez parece que tampoco han aprendido esa lección. Tiene razón el negociador Humberto de la Calle al afirmar que “un secuestro será siempre un secuestro”.

Oportunismo y respeto a las víctimas

La muerte de tres policías aduaneros en La Guajira a manos del frente 59 de las Farc, que opera en ese departamento, produjo el último enfrentamiento entre el expresidente Álvaro Uribe y altos funcionarios del Gobierno. Uribe, el gran crítico de los diálogos de La Habana, tuiteó una fotografía en la que aparecen los uniformados poco después del ataque guerrillero. La crudeza de las imágenes, que ningún medio de comunicación publicó, no por temor a represalias, sino por respeto a las víctimas y a sus familiares, generó duros cuestionamientos al comportamiento del ex Presidente, quien se defendió diciendo que el país debía conocer la verdad de lo que está sucediendo con los ataques de las Farc. El ministro del Interior, Fernando Carrillo, sostuvo que no se puede hacer política con el dolor de los policías del país y criticó duramente el comportamiento del exmandatario, al que calificó de “oportunista”. Llama la atención que Uribe, quien fue particularmente crítico de los medios que definía como “cajas de resonancia de los terroristas” se convierta precisamente en un amplificador de los actos terroristas de las Farc, lo que no deja de ser un contrasentido.

Un país dividido entre amigos y enemigos de la paz

A lo largo de la historia, Colombia ha sido un país dividido en múltiples sectores, no solo políticos. En materia deportiva, por ejemplo, hemos sido ‘maturanistas’ o ‘antimaturanistas’, ‘juanpablomontoyistas’ o ‘antijuanpablomontoyistas’. En esta materia, solo los dos personajes han logrado poner a los colombianos en un mismo bando: Pambelé y Lucho Herrera. El primero con su título mundial en 1972 y el segundo con sus triunfos en ciclismo en la década de los 80. Si Colombia no se une alrededor de sus deportistas mucho menos lo hace en torno a sus políticos. La pelea entre Santos y Uribe es tan solo el último capítulo de una historia de desencuentros y batallas campales entre dirigentes políticos. De modo que tampoco será la última ‘garrotera’ entre un mandatario en ejercicio y su antecesor. Pero así como tradicionalmente hemos sido un país dividido, hay dos temas en los que los colombianos cierran filas en torno al Gobierno: una guerra externa contra otro país y la guerra interna contra las guerrillas. Este escenario cambió en lo que tiene que ver con la guerra interna, pues desde la época del Caguán, Colombia se ha dividido entre los amigos y los enemigos de la paz. Curiosamente, son los gobiernos de turno los que se encargan de fomentar la división, pues madrugan a matricular entre los “enemigos de la paz” a quienes cuestionan o critican la forma como se desarrollan los diálogos. Ello, por supuesto, hace feliz a las Farc.

Twitter: @leydelmontes

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