Petro no es izquierdista

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Juan Manuel Ospina

En la posesión de Gustavo Petro, su discurso inaugural como Presidente creo que desacomodó a más de uno, pues no fue el grito de guerra de una revolución que algunos esperaban y otros temían. Fue un discurso de baja intensidad en su presentación y tono – estuvo más contundente y asertivo el de Roy Barreras -, como para aterrizar los ánimos de unos y otros. Su contenido, claramente reformista y moderno, de claro corte social demócrata, ofreció cambios que la inmensa mayoría colombiana reclama, como se expresó claramente en las elecciones y no solo entre los electores del nuevo Presidente. Cambios posibles y necesarios, muchos de ellos ofrecidos mil veces, pero nunca realizados.

Petro ya como Presidente, arriesga dejar con los crespos hechos a tantos que esperaban con su llegada al poder, la disparada de la intolerancia y el radicalismo que había invadido el campo de la política en los últimos veinte años. Problemas y conflictos, frustraciones y desacuerdos aparecerán sin duda, pero esperemos que sean más la excepción que la norma. Los discursos moderados de Petro y Barreras tienen ese propósito.

Si se analiza el contexto en que se desarrolló y la reacción ciudadana que se dio durante la campaña y ahora en la posesión, se destacan las regiones que le dieron el triunfo al nuevo Presidente. Al confrontar esto con su discurso ya no de candidato sino de Presidente, al igual que el del senador Roy Barreras, se podría concluir que no parecemos estar ante un gobierno de izquierda como ha sido presentado nacional e internacionalmente bajo la óptica gastada y reduccionista de clasificar de «izquierda» y «derecha» a los ciudadanos y organizaciones políticas, que sobresimplifica el análisis y le abre las puertas a la satanización de unos y otros e impide entender de verdad lo que se plantea y está en juego en el escenario político. Petro tiene un talante de izquierda pero no es de izquierda en el sentido convencional.

Logró darle voz y espacio político a una realidad profunda de la Colombia profunda, y permítaseme la repetición. Su discurso y en general su campaña hizo visible a esa Colombia olvidada y secularmente excluida, de negros e indígenas, de campesinos relegados a los extramuros de nuestra sociedad cuyos espacios de vida constituyen un cinturón de pobreza, olvido y atraso en nuestras fronteras marinas y selváticas. Petro podría dar pie a formular una política de hondo calado nacionalista; no es casual el papel el domingo de la espada de Bolívar blandida por Petro, flotó el espíritu de un Bolívar que pensaba en términos de nación y de «patria grande» latinoamericana; sería una política de rescate de la dignidad de los «excluidos de la tierra», sin la cual no habrá ni patria ni democracia, con sus fuertes resonancias cristianas que son comunes en el discurso petrista. En fin, la planteada es una política que no mira y asume el país desde un centro lejano y desconectado de las realidades constitutivas de este país diverso pero uno, como lo define la Constitución y nos lo recordaban el domingo; sería en cambio una política concebida y ejecutada desde las regiones y con sus gentes, comunidades y organizaciones ciudadanas.

Ese sí es de verdad un planteamiento colombiano tanto en su médula y en su expresión; realista pero ambicioso y posible si se establece a partir de lo que somos y podemos. Si lo logra, la saca del estadio y a nosotros, del «atolladero nacional».

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