La ley del Montes | ¡Indefensos…!

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POR GUSTAVO PETRO

@LEYDELMONTES

El presidente electo Gustavo Petro acaba de tomar una decisión que, por decirlo de manera suave, resulta por lo menos osada, retadora si se quiere. En efecto, Petro ha decidido que su ministro de Defensa sea el ex magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia Iván Velásquez Gómez. Ni más ni menos.

Es una decisión arriesgada con la que el presidente electo parece jugársela toda en un sector en el que no tiene ninguna consigo. Petro tiene dos columnas fundamentales sobre las cuales afincar la confianza que su próximo gobierno todavía despierta en los 10,5 millones de votantes que lo hicieron en contra suya. Igual ocurre con un gran número de electores que más que votar por él lo hicieron en contra del salto al vacío que representaba un “outsider” tan exótico y pintoresco como Rodolfo Hernández.

La primera columna era el Ministerio de Hacienda. Esa carta la jugó Petro de forma magistral al designar un economista ideológicamente alineado con su pensamiento reformista, pero serio y muy respetado académica y personalmente. Esa figura es José Antonio Ocampo. En los mercados y en la opinión informada hubo consenso sobre el acierto de su nombramiento.

La otra columna era el Ministerio de Defensa. Es obvio –y Petro lo sabe– la resistencia que su histórico triunfo genera en quienes por más de 50 años han mantenido la primera línea de defensa de la democracia colombiana, pagando un alto costo en el cumplimiento de esa misión. Son cientos de miles los soldados y policías que han entregado sus vidas por defender las nuestras. Eso nadie lo puede olvidar, mucho menos Petro, quien será a partir del próximo 7 de agosto el comandante supremo de las Fuerzas Armadas.

Nuestros soldados y policías durante décadas han combatido todas las organizaciones guerrilleras y criminales, que en nombre de los más diversos sueños mesiánicos se han dedicado a matar colombianos. Por mucha vocación civilista que tengan nuestras Fuerzas Armadas, no es fácil pasar de combatir a la guerrilla a tener que aceptar a uno de sus antiguos militantes como comandante supremo.

Para la sociedad colombiana, además, independientemente de que hayan bajado sus niveles de respaldo y popularidad, las Fuerzas Armadas siguen siendo una de las instituciones más queridas precisamente por haberse mantenido al margen de la politización que hoy campea en todo el Estado colombiano.

Por esa razón todos teníamos los ojos puestos en el futuro ministro de Defensa. Su designación debía ser un mensaje de neutralidad, republicanismo y garantías democráticas. Y hay que decirlo sin ambages, el ejemplo de Venezuela, donde la toma ideológica de las Fuerzas Armadas fue el antecedente de la ruptura democrática de ese país, pende como alerta en el manejo de esa cartera en nuestro país.

Gustavo Petro se decidió por Iván Velásquez. Pero ese nombre no fue de buen recibo dentro de las filas. No solo cayó muy mal en brigadas y batallones, sino también en la sociedad civil, que hoy se encuentra dividida con la designación. Los temores no son infundados. El señor Velásquez es un militante radical del petrismo en contra de las Fuerzas Armadas y no de ahora, sino desde sus tiempos de alto funcionario judicial.

Para saber que ello es así no hay que inventarse nada. Solo basta con leer sus apasionados y delirantes trinos contra el Ejército y la Policía Nacional. Reclaman sus aúlicos que es un gran jurista. Es probable que así sea. Pero en esos trinos se nota una gran deficiencia de formación jurídica en un tema elemental: la presunción de inocencia. Cada trino del señor Velásquez –hoy ministro de Defensa designado por Petro– es una sentencia y una condena contra las Fuerzas Armadas de Colombia. Cada trino suyo muestra un enorme prejuicio contra las Fuerzas Armadas y un absoluto desconocimiento de su funcionamiento. Pero –sobre todo– muestra algo mucho más grave: el desprecio por el esfuerzo personal que significa ser militar, marino, aviador o policía en Colombia. Ojalá que el ministro de Defensa designado entienda lo que ello significa antes de poner firmes bajo su mando a cientos de miles de hombres y mujeres que portan con orgullo los uniformes de nuestras Fuerzas Armadas y de Policía. Nunca es tarde para que lo entienda.

¿Qué hay en juego con la designación de Iván Velásquez como ministro de Defensa?

¿Un acto de hostilidad contra las Fuerzas Armadas?

La designación de Iván Velásquez como ministro de Defensa no fue el mensaje de construcción de confianza que las Fuerzas Armadas esperaban del presidente electo, Gustavo Petro. Todo lo contrario: se trató de un acto de hostilidad y así ha sido interpretado en las distintas fuerzas. Tampoco contribuye a calmar las aguas algunas declaraciones, como las del senador Alexander López, quien –palabras más palabras menos– salió a decir que las Fuerzas Armadas son una cueva de Rolando y que llegó el flautista de Hamelin a limpiarlas. A algunos de los militantes del partido del nuevo gobierno se les llena la boca hablando desde sus cómodas toyotas blindadas en el centro de Bogotá de la necesidad de un cambio de doctrina. No tienen ni idea de dónde están parados. La doctrina de las Fuerzas Armadas cambió hace mucho tiempo. “Damasco” es tan solo un ejemplo. Pero toda la implementación de la política de derechos humanos en las fuerzas es algo que no se puede desconocer. Ni tampoco la reciente y radical modificación de la Justicia Penal Militar. Siguen atrapados en el “mamertismo” de los 70. Como en la muy vista serie Game of Thrones: “Tú no sabes nada John Snow”.

Esos estrategas de escritorio ignoran también que la nueva doctrina incluye en los planes estratégicos problemáticas como la medioambiental y de tierras. Es por lo menos extraño que Petro haya reconocido la inviabilidad de una presidencia del senador Gustavo Bolívar –decantándose por Roy Barreras– aplicando una alta dosis de pragmatismo, pero no haya procedido de igual manera a la hora de escoger a su ministro de Defensa, que será sin duda su ministerio más importante.

Un ataque directo a Álvaro Uribe y al Centro Democrático

En su pretendido plan de “Unidad Nacional”, Gustavo Petro tenía que saber que el nombre de Iván Velásquez como ministro de Defensa sería interpretado como un ataque directo al expresidente Álvaro Uribe –jefe natural de la oposición– y también al Centro Democrático, único partido que se ha declarado en oposición. Punto. Esa decisión podría ser interpretada –como en efecto lo fue– como una amenaza a quienes han tomado la decisión de oponerse legítimamente al nuevo gobierno. Ese oposición debe contar con plenas garantías. No se trata de no llevarle la contraria a la oposición, sino de saber que en política cada gesto acarrea consecuencias. Tampoco es que los únicos preocupados sean los del Centro Democrático. Liberales, como Luis Fernando Velasco, por ejemplo, deben recordar ahora con horror su injusto paso por la cárcel a causa de las pruebas que se le inventaron en la llamada “comisión de la parapolitica” en tiempos de Iván Velásquez como magistrado.

De igual manera, Nancy Patricia Gutiérrez tendrá algo que decir. Y otros muchos políticos estarán pensando hoy lo que significa una “justicia injusta” por cuenta de motivaciones políticas. Muchos de esos casos están hoy pendientes por parte de la justicia internacional, que deberá pronunciarse con absoluta imparcialidad. De manera que no tranquilizan esos antecedentes, que sumados al radicalismo de algunos de sus aúlicos, avizoran un panorama más que preocupante para quienes estarán en la orilla contraria a la de Petro y Velásquez.

¿Es el nuevo ministro de Defensa una cuota política de amigos de Petro?

Los respaldos políticos que de forma efusiva recibe el nuevo ministro de Defensa tampoco suenan tranquilizadores para las Fuerzas Armadas. Ante su designación es válido preguntarse: ¿el ministro Iván Velásquez es cuota del senador Iván Cepeda en el gabinete de Gustavo Petro? De su cercanía física dan cuenta más de una fotografía en la que aparece el nuevo ministro al lado de León Valencia y la alcaldesa de Bogotá, Claudia López. Y de su cercanía ideológica hablan muy bien los elogios mutuos que se prodigan unos y otros. Además, no se puede desconocer el indudable peso que el lobby internacional de Cepeda y el Colectivo Alvear Restrepo jugaron para la designación de Velásquez en la Comisión Internacional contra la Impunidad de Guatemala, cargo que debió abandonar en 2019 al ser expulsado por el gobierno de ese país. Si se trata de una cuota política del senador Cepeda, entonces es bueno que el país también lo sepa. Pero –sobre todo– es bueno que nuestras Fuerzas Armadas y de Policía sepan quién es el jefe político de quien será a partir del próximo 7 de agosto su nuevo jefe.

El Ministerio de Defensa, un asunto complicado

Desde que se estableció en Colombia la figura del ministro de Defensa civil, hemos vivido todo tipo de experiencias, unas mejores que otras, unas más traumáticas que otras. Desde Rafael Pardo en tiempos de César Gaviria hasta Diego Molano en tiempos de Iván Duque, pasando por Gustavo Bell y Marta Lucía Ramírez, entre otros, la figura del ministro de Defensa está en el radar de la opinión pública, pero sobre todo de las Fuerzas Militares. La no “beligerancia”que los rige los encerró en los cuarteles y los aisló por mucho tiempo del “mundo civil”. Por ello cada nuevo ministro debe hacer el curso para adaptarse a un mundo desconocido para ellos. Pero ninguno de los ministros civiles nombrados desde los tiempos de Rafael Pardo –el primero de ellos– produjo tanto ruido como el de Iván Velásquez. Colombia ha tenido ministros de Defensa que son considerados eminencias jurídicas, como Juan Carlos Esguerra Portocarrero, en tiempos de Samper. Su sapiencia jurídica es incuestionable. Todos ellos han logrado integrarse a las Fuerzas Armadas, porque han reconocido el compromiso patriótico de la inmensa mayoría de sus miembros. Y quienes han deshonrado el uniforme –que son la minoría– hoy comparecen ante la Justicia para rendir cuentas por sus crímenes. Ahí vemos desfilar por los estrados judiciales todos los días a generales y coroneles –y demás altos oficiales– para acatar las decisiones judiciales en su contra. Sus actos delictivos reciben, como corresponde, un castigo ejemplar.

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