La ley del Montes | ¿Y la oposición qué?

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POR OSCAR MONTES

@LEYDELMONTES

Hoy más que nunca Colombia necesita una oposición sólida, seria y responsable. Gustavo Petro ganó la Presidencia con promesas que van desde acabar con la independencia del Banco de la República hasta terminar con la exploración de hidrocarburos, pasando por transformar el régimen de pensiones y modificar drásticamente el sistema de salud, entre otras ofertas de campaña.

No se trata de simples ajustes institucionales, como muchos piensan, sino de verdaderos cambios estructurales a modelos y sistemas que por décadas han venido operando en Colombia.

Más de 11 millones de colombianos decidieron apostarle a Petro para que lleve a cabo esas reformas y transformaciones. Pero también hay más de 10 millones de colombianos que votaron para que no las ejecute. Es decir, en Colombia casi el 50 por ciento de quienes votaron piensan muy distinto al nuevo presidente.

Ante esa realidad y de forma muy pragmática, Petro empezó a construir nuevas sociedades políticas que le permitan tener la gobernabilidad suficiente para sacar adelante sus iniciativas progresistas, todas ellas controversiales y polémicas.

Encomendó esa tarea al muy hábil y astuto senador Roy Barreras, quien ha cumplido a cabalidad la misión asignada. En efecto, el llamado “Gran Acuerdo Nacional” está a punto de contar con las mayorías en el Congreso para sacar adelante las iniciativas del nuevo gobierno. La llamada gobernabilidad es un hecho y la maquinaria ya está aceitada para prender motores el próximo 20 de julio a la espera del nuevo presidente, el próximo 7 de agosto.

Hasta los partidos y movimientos políticos que no acompañaron a Petro, como el Partido Liberal y La U, entre otros, ya manifestaron que no harán oposición y que su respaldo incondicional dependerá de qué tanta mermelada les toca. Ese fue el mensaje –palabras más, palabras menos– que le enviaron a Petro, tanto César Gaviria como Dilian Francisca Toro, quienes no solo no acompañaron a Petro en la primera y segunda vuelta, sino que estuvieron con sus rivales, Fico Gutiérrez y Rodolfo Hernández. Así es la política: dinámica.

El Partido Verde, por su parte, anunció que acompañará al gobierno, al igual que todos los que conforman el Pacto Histórico. Así las cosas, el nuevo gobierno ya pavimentó las vías por las que transitarán todas sus iniciativas, incluyendo las más progresistas.

“A Petro lograr la gobernabilidad le salió más rápido y más barato de lo que tenía presupuestado”, me dijo un senador conservador con quien hablé sobre el futuro de las leyes del nuevo gobierno en el Congreso.

Ante este panorama la pregunta que surge es: ¿Y la oposición? ¿Quiénes la harán y qué papel jugará en el nuevo gobierno? La verdad es que hoy por hoy la oposición no sabe qué hacer: por un lado, Rodolfo Hernández –quien estaba llamado a liderarla por ser el candidato perdedor y porque así lo establece el Estatuto de la Oposición, nacido de los acuerdos de paz de La Habana– anunció que no será opositor de Petro. No le interesa ser el Petro de Petro. Es decir, no quiere jugar el papel que jugó Petro durante los cuatro años de Iván Duque como presidente.

Por otro lado está el expresidente Álvaro Uribe, jefe natural del Centro Democrático y blanco predilecto de Petro en sus años de congresista opositor, hasta el punto de referirse a él como “paramilitar” y “mafioso”. Uribe, por su parte, en más de una oportunidad llamó a Petro “sicario moral”.

Pero gracias al Gran Acuerdo Nacional, Petro y Uribe se reunirán esta semana para buscar puntos de encuentro que permitan superar viejas rencillas y –sobre todo– sacar adelante iniciativas que beneficien a la inmensa mayoría de los colombianos. Es muy importante que en dicho encuentro tanto Petro como Uribe se ocupen de las garantías que tendrá la oposición para ejercer control político y veeduría al nuevo gobierno.

Igual papel de oposición desempeñará la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, quien también ha dicho que su partido, Verde Oxígeno, también hará oposición a Petro. Una posición similar asumirá Enrique Gómez Martínez, el candidato presidencial del Movimiento de Salvación Nacional.

¿Cuál es el futuro que le espera a la oposición en el nuevo gobierno?

¿Quién será el jefe de la oposición? ¿Quién será el Petro de Petro?

En pleno furor de la aplanadora gobiernista de Iván Duque, en tiempos en que Gustavo Petro ejercía la oposición, escribí en estas páginas que la bancada oficialista no le podía negar a los opositores las garantías que sus integrantes necesitarían cuando fueran ellos quienes ejercieran la oposición. Pues bien, ese día llegó más temprano que tarde. El nuevo gobierno tendrá que brindarles a sus opositores plenas garantías para que hagan bien su trabajo. Pero el problema ahora es ¿quién asume la jefatura de la oposición? El llamado a ejercerla es Rodolfo Hernández, candidato perdedor en segunda vuelta, quien por esa condición tiene derecho a ocupar una curul en el Senado. Es una curul para que haga oposición, porque se supone que sus propuestas de candidato eran contrarias a las del candidato ganador de la Presidencia.

Es decir, esa curul es para que Hernández haga oposición, así como Petro la hizo durante los cuatro años de Duque. No es una curul de adorno. Tampoco fue concebida en la negociación de La Habana con las Farc para que quien la ocupe se vuelva oficialista o gobiernista. Si no es Hernández, entonces los líderes de la oposición saldrán del Centro Democrático, en  cabeza del expresidente, Álvaro Uribe y los senadores Miguel Uribe Turbay, María Fernanda Cabal y Paloma Valencia. Y también Ingrid Betancourt será vocera de la oposición, al igual que Enrique Gómez Martínez, de Salvación Nacional.

Otros líderes, como Juan Manuel Galán, presidente del Nuevo Liberalismo, también jugarán un papel protagónico en este escenario de Petro presidente.

Gustavo Petro, de la oposición a la Presidencia

En su largo trasegar por el desierto de la oposición, Gustavo Petro logró convencer a 11 millones de colombianos de las bondades de sus propuestas. Prueba de ello es que alcanzó la Presidencia de la República. Durante los cuatro años del gobierno de Iván Duque, el hoy presidente ejerció la oposición de forma implacable. Así lo hizo desde el mismo día que reconoció su derrota: “Me verán en las calles, haciendo oposición”. Y cumplió su palabra.

No hubo un solo día en que Petro no fustigara a Duque. En estos cuatro años, el presidente electo no le reconoció un solo logro al presidente saliente. Ni Petro ni ninguno de los opositores al gobierno, hoy todos ellos en el Gran Acuerdo Nacional y antes en el Pacto Histórico. Petro hizo tan bien la tarea que el próximo 7 de agosto llegará a la Casa de Nariño. Es así como se ejerce la oposición.

Pero para ello se requieren plenas garantías, que hoy están contempladas en la Ley 1909 del 2018, conocida como el Estatuto de la Oposición. Una de ellas, por ejemplo, el derecho a la réplica. Ahí tienen las herramientas los opositores para hacer oposición de forma implacable pero responsable, como corresponde. Petro demostró, además, que en Colombia es rentable en términos electorales ser opositor al gobierno de turno. Así funcionan las democracias en varios países del mundo. La alternancia en el poder fortalece la democracia. La rotación permite que las democracias maduren.

¿Cuándo vía libre y cuándo freno de mano?

La oposición al nuevo gobierno debe contar no solo con plenas garantías, sino que también tendrá que ser muy responsable. No es hora de ayudar a empujar el bus por el despeñadero, sino de contribuir a que el conductor cometa la menor cantidad de infracciones posibles. La nueva oposición deberá alertar sobre los semáforos en rojo y las luces amarillas encendidas. Y en ese sentido es mucho lo que habrá que hacer en el gobierno de Petro. La política petrolera anunciada en campaña –que no solo compromete nuestra seguridad energética, sino que nos puede llevar a la ruina absoluta– necesita de una férrea oposición.

Es necesario advertir sobre los inmensos riesgos que conlleva implementar modelos de uso de energías, mucho más amigables con el medio ambiente, de una forma improvisada. La transición se requiere, pero debe hacerse de manera responsable. Igual veeduría deberá ejercerse sobre las iniciativas que atenten contra la independencia del Banco de la República o comprometan el futuro del régimen pensional o –inclusive– el de salud.

La lucha contra la corrupción debe contar –sin duda– con el acompañamiento de la oposición. En ese frente no puede haber condicionamientos. Así mismo el fortalecimiento de propuestas que contribuyan a la descentralización y la “desbogotanización” del país. Todas las iniciativas por la igualdad y la lucha contra la pobreza deberán contar con el respaldo de la oposición, que en estos temas dejará de serlo.

Un gobierno con contrapesos y veedurías

El gobierno de Gustavo Petro necesita de sólidos, firmes y fuertes contrapesos. El llamado Gran Acuerdo Nacional no puede prestarse para “correr la cerca” en todos los frentes y no solo en el ético, como ocurrió en la campaña presidencial por cuenta del señor Guanumen y del propio Roy Barreras, aunque el futuro presidente del Senado lo niegue. Punto. Es necesario que la oposición y los medios de comunicación cuenten con plenas garantías para cumplir a cabalidad con su función de vigilancia y control.

El propio gobierno de Petro necesita de esa veeduría constante para no incurrir en desafueros y violaciones de derechos, los mismos que él denunció en sus años de congresista opositor. Nadie mejor que Petro sabe la importancia que tiene brindarles garantías a quienes vigilen su gobierno. Un Congreso de bolsillo y dócil al nuevo gobierno sería funesto para nuestra frágil democracia. Igual sucedería con organismos de control en manos de funcionarios incondicionales y serviles. Tan nociva resultaría para el país una oposición irreflexiva y cerrera, como unos organismos de control sumisos.

Está en juego la suerte misma de la Nación y el momento requiere de mucha madurez y una buena dosis de sabiduría para no incurrir en errores garrafales, tanto por parte de quien asumirá el timón durante los próximos cuatro años, sino también por parte de quienes estarán vigilando su comportamiento. Y ello es así porque todos estamos en el mismo barco. A la hora del naufragio, nadie podrá salvarse.

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