La puñalada trapera de Gabriel Silva

Por Oscar Montes

Gabriel Silva Luján no fue cualquier funcionario en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Ocupó nada más y nada menos que el Ministerio de Defensa. Es decir, fue la persona a la que el entonces Jefe del Estado le confió su política más valiosa: la Seguridad Democrática. No se trata, pues, de un Ministerio menor, o técnico, de esos que los presidentes terminan asignándoles a los recomendados políticos de quienes lo acompañaron en su campaña, o aquellos que necesitan para cumplir con la cuota que les permita tener gobernabilidad en el Congreso.

Ningún ministro tuvo más cercanía y contacto directo con Uribe que el de Defensa. Era a él a quien llamaba a las 11 de la noche, o a la 1 de la madrugada, para pedirle cuentas por un posible ataque guerrillero, o para alertarlo sobre un presunto atentado terrorista. Así ocurrió con Rodrigo Rivera, el primero que ocupó ese cargo; con Juan Manuel Santos, hoy Presidente de la República, y –obviamente- con Gabriel Silva, sucesor de Santos y hombre muy respetado por el establecimiento bogotano. Silva llegó al Ministerio de Defensa por voluntad del Jefe de Estado y no por imposición de algún jefe político, aunque hoy Uribe diga que se “lagarteó” el puesto.

Así como Uribe confió en Silva, los colombianos confiamos en ambos. Es decir, a nadie se le pasó por la cabeza que Uribe desconfiaba de Silva y que Silva desconfiaba de Uribe, como hemos venido a saber a raíz de la columna escrita por el ex Ministro en El Tiempo y en la que se despacha contra quien fue su jefe inmediato, calificándolo incluso de mentiroso. El escrito –hay que decirlo- no se compadece de la majestad del empleo que ostentó Silva ni tampoco del respeto que merece quien ocupó por ocho años la Casa de Nariño y ello es así porque carece de un valor supremo de todos los seres humanos: la lealtad.

Independientemente de las diferencias que puedan tener Gabriel Silva y Álvaro Uribe hoy y que son comprensibles en el mundo incierto y volátil de la política, quienes han sido investidos con altas dignidades por la República se deben lealtad y honor, que son –repito- virtudes supremas de los seres humanos. No se trata, claro, de tapar las conductas y comportamientos irregulares o abiertamente delictivos, pues, si ello fuera así, lo que se espera es que quien tenga algo que denunciar lo haga ante las instancias correspondientes.

Lavar los trapos sucios en la calle, o ventilar asuntos internos de las administraciones pasadas en los medios de comunicación, no es lo más recomendable para quienes son referentes sociales y han tenido el privilegio de contar con una excelsa formación académica, la misma de la que carece la inmensa mayoría de los colombianos.
Gabriel Silva procedió de forma aleve con su antiguo jefe, quien tiene todo el derecho a defenderse. Con su imprudente actuar Silva empeoró la relación tormentosa que se viene presentando entre Uribe y Santos, quien debe ser el más preocupado con lo que sucede, pues a él le puede pasar mañana lo mismo que le acontece hoy al ex Presidente; es decir, estar rodeado de desleales, quienes en el futuro podrían salir a ventilar en público las naturales diferencias que se presentan en el alto gobierno.

Uno pensaría que una persona como Silva, reputada como brillante –quien, además, es el mejor amigo de Santos y fue funcionario de entera confianza de Uribe– estaba llamada a entender lo delicada que es la actual situación y consecuentemente a asumir una actitud responsable y serena. Pero, infortunadamente, no fue así. Él prendió una cerilla en una habitación llena de pólvora. Su comportamiento es, sin duda, un monumento a la deslealtad, no con Uribe, reitero, sino con un cargo y unas instituciones que –por supuesto- están por encima de las personas. Para decirlo en términos santistas, se trató de una puñalada trapera y un lamentable proceder. Silva peló el cobre.

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