La Ley del Montes | Decálogo del buen votante

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POR. OSCAR MONTES

@LEYDELMONTES

En un año electoral, donde elegiremos al sucesor de Iván Duque en la Presidencia, así como un nuevo Congreso de la República, estos son los 10 principios fundamentales que deben cumplir los electores:

1. Vote de forma responsable

La mejor herramienta que tiene el elector en un sistema democrático es su voto. Es la más valiosa y la más eficaz. El voto tiene un inmenso poder transformador. Es un arma poderosa en una democracia. Por eso es tan codiciada por quienes trafican con ella. Pero pese a su enorme fortaleza, hay millones de personas que siguen sin entender el valor de votar de forma responsable. El voto no es un juego. Elegir malos gobernantes tiene consecuencias muy graves para la democracia, pues cuando los elegidos no cumplen sus promesas se afecta la credibilidad de las instituciones. Una mala elección perpetúa la desigualdad o la profundiza. Una mala elección prolonga la corrupción y fomenta la impunidad. Votar de forma responsable es una obligación del elector. No es una opción. Un voto equivocado tiene consecuencias funestas en una democracia.

2. Vote bien informado

Un buen votante se informa sobre los programas y propuestas de todos los candidatos, no solo sobre el aspirante de sus afectos o preferencias. El elector debe conocer las propuestas de todos los aspirantes, así como su trayectoria, sus hojas de vida y sus antecedentes. Esa es una de sus responsabilidades como votante. Un buen elector debe saber que un mensaje de 10 segundos en Tik Tok, un trino o un meme, no son programas de gobierno. Debe saber que las redes sociales son las herramientas perfectas para la guerra sucia y la propaganda negra. Tiene que tener claro que no todo lo que circula en redes sociales sobre los candidatos es cierto. Las redes sociales son el reino de las fake news, mucho más en tiempos electorales. Por consiguiente toda información debe ser verificada. El votante informado y responsable debe dudar de lo que lee en las redes sociales sobre los candidatos.

3. No vote por odio, ni rencor

Al votante responsable no lo mueve el odio, ni el resentimiento, ni la venganza. Esas bajas pasiones son las peores consejeras para quienes desean transformar la sociedad mediante el ejercicio democrático de elegir sus gobernantes. No los elegimos para que pasen cuentas de cobro, ni para que venguen sus viejas rencillas, ni para que promuevan el odio y el resentimiento. Quienes votan por venganza es porque desean que nos gobiernen con venganza. Elegimos gobernantes responsables, no vengadores. Nadie que fomente el rencor puede ser un buen gobernante. Gobernar es servir a los demás, no servirse de los demás para sacar beneficios personales. El buen gobernante no convierte su mandato en una cacería despiadada contra quienes piensan distinto. Ese comportamiento es antidemocrático. Un buen gobernante gobierna para todos y eso incluye a sus opositores, quienes deben gozar de plenas garantías.

4. Vote por convicción

El único interés del votante debe ser el bien común. Así de simple. Se elige por convicción, no por simpatía. Punto. No se vota por un afiche o un eslogan pegajoso. Aunque algunos pueden resultar llamativos o impactantes, de eso no se trata. No estamos eligiendo al más divertido del curso, o al mejor amigo del barrio. Detrás de un candidato debe haber un equipo asesor –que también debemos conocer–, hay un programa y unas propuestas sólidas, viables y realizables. Votar por promesas inviables es no solo ingenuidad, sino complicidad. Es tan irresponsable el que promete sabiendo que no cumplirá sus promesas, como quienes votan por ese candidato a sabiendas de que sus promesas son irrealizables. A la convicción se llega después de conocer todo lo relacionado con el candidato por quien se piensa votar. La convicción electoral no es una decisión meramente emocional. No es producto de un capricho pasajero, sino el resultado de un exigente ejercicio racional.

5. Vote a conciencia

El voto no tiene precio. No se puede comprar ni con puestos, ni con bultos de cemento, ni con láminas de zinc. Votar es un ejercicio individual que tiene consecuencias colectivas. Quien vota de forma irresponsable compromete no solo su destino, sino el de los demás. Pocas actividades personalísimas tienen tanta trascendencia grupal. Cuando se vota a conciencia se busca la erradicación de conductas perversas y antidemocráticas, como el clientelismo, que por décadas han contribuido a los niveles de atraso que hoy tenemos y padecemos. Votar a conciencia es saber que cada voto tendrá consecuencias en la comunidad. El voto carece de estrato en un sistema democrático. El del estrato seis tiene el mismo valor que el del estrato uno. El simple ejercicio de votar nos iguala a todos. En términos democráticos, el voto del dueño de la empresa tiene el mismo valor del de cualquiera de sus empleados. Uno y otro son importantes. De ello también tenemos que tener conciencia a la hora de votar.

6. El buen votante exige resultados concretos

Nada desencanta más a un elector que las promesas incumplidas. Esa frustración desmotiva al votante y tiene consecuencias en el futuro político de quien resulta elegido. El elector no vota una sola vez. Lo hace varias veces, durante varias elecciones, mucho más si se trata de votantes jóvenes. La “vida útil” de un elector se puede prolongar por décadas. De manera que quien resulta elegido hoy con promesas falsas, mañana pagará las consecuencias de sus mentiras. El voto de ese elector desencantado se perdió para la siguiente elección. Ofertas que no se cumplen en el presente son votos que se perderán en el futuro. Así las cosas, la pregunta que deben hacerse quienes aspiran gobernarnos es: ¿tiene sentido mentir hoy para ganar, si mañana voy a perder como consecuencia de mis mentiras?

7. El buen votante no justifica los errores de sus elegidos

Lo peor para el sistema democrático es el “votante alcahueta”, ese que justifica todos los errores de su elegido. Ese votante es nocivo para el sistema democrático. Ese elector que señala la corrupción de los demás, pero justifica la de su candidato resulta perverso para la democracia. La corrupción, por ejemplo, es una sola y debe combatirse y denunciarse por igual, sin tener en cuenta la militancia política de los corruptos. La mejor manera de combatir la corrupción es con el ejemplo: ¿cómo puede un candidato decir que lucha contra la corrupción si está rodeado de corruptos? ¿Combate la corrupción de los demás, pero no la propia? ¿Combate la politiquería y el clientelismo de los demás, pero no los propios? De nada sirve el discurso anticorrupción si no está respaldado con hechos concretos. Se enseña con el ejemplo. Pero el primero que debe denunciar el comportamiento corrupto de quien dice combatir la corrupción es quien piensa votar por él. No hacerlo también es complicidad.

8. Vote pensando en el interés colectivo, no en sus intereses personales

Votar para obtener favores personales es un acto de corrupción. Punto. Así no se fortalece el sistema democrático. A los gobernantes no los elegimos para que nos hagan favores, sino para que gobiernen bien. Y gobernar bien significa tomar decisiones que favorezcan a la mayoría de la población, que es la más vulnerable. No elegimos gobernantes para mantener privilegios de las minorías que atentan contra el bienestar de la mayoría. En las decisiones del buen gobernante prevalece el bien común. Los derechos de los ancianos y de los niños deben ocupar lugares destacados en la agenda de un buen gobernante. Igual sucede cuando se trata de la mujer. ¿La razón? Son sectores de la población que por décadas han sufrido todo tipo de exclusión y discriminación. No podemos medir con el mismo rasero a quienes han tenido muy pocas oportunidades, con aquellos que por décadas han disfrutado de muchos privilegios.

9. Al votar tenga en cuenta las nuevas generaciones

A la hora de votar, lo urgente no siempre es lo más importante. Construir un puente puede ser muy urgente, pero es más importante preservar el río. Construir las unidades de vivienda puede ser muy urgente, pero es más importante conservar el bosque. Por décadas hemos votado pensando en las siguientes elecciones y no en las nuevas generaciones. Nos hemos dedicado a destruir nuestro entorno y hemos acabado con el medio ambiente. A nuestros hijos y nietos les estamos dejando un planeta arrasado y desolado. La arremetida violenta de la naturaleza que hoy padecemos es el resultado de nuestro comportamiento criminal con el medio ambiente. Somos depredadores y hoy pagamos las consecuencias de nuestra falta de conciencia ambiental. A la hora de elegir nuestros gobernantes debemos pensar en el país que dejaremos a las nuevas generaciones.

10. Vote para que se respete la voluntad de las minorías, no solo de las mayorías

La democracia no es solo la voluntad de la mayoría, sino –sobre todo– el respeto de los derechos de la minoría. El comportamiento avasallante de las mayorías no contribuye a fortalecer la democracia. Todo lo contrario: la debilita. A la hora de votar es bueno tener presente cuáles son aquellos candidatos que se muestran dispuestos a respetar la voluntad de las minorías, no con palabras sino con hechos. Los derechos de las minorías deben ser respetados por parte de quien resulte ganador. Y en este sentido es fundamental garantizar los derechos de quienes estarán en la oposición. Solo los regímenes totalitarios –como ocurre con Venezuela y Nicaragua, por ejemplo– pisotean sin pudor y con absoluta impunidad los derechos de quienes se atreven a cuestionar sus decisiones. No son sistemas democráticos, obviamente, así sus amigos se empecinen en mostrarlos como tal.

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