Universidades de espaldas a país

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Por Juan Manuel Ospina

Bogotá, 09 de septiembre _ RAM_ En momentos en que se conocen los rankings internacionales sobre la calidad comparativa de las universidades en el que, en un arrebato de arribismo académico pretendemos competir con Harvard, Oxford y MIT, vale la pena la retomar la reciente columna del rector de la Universidad Minuto de Dios (Uniminuto), el padre Haroldo Castilla, ¿Qué es lo que vale la pena medir? , publicada en La República.

Los criterios de evaluación para armar los rankings, poco o nada tienen que ver con la tarea que las universidades colombianas deben cumplir en términos sociales y del avance mismo del conocimiento de nuestras sociedades, economía, cultura, territorios y medio natural. El planteamiento del rector gira en torno a destacar lo que verdaderamente le debería interesar al país respecto al papel de las entidades de educación superior: su capacidad para dar respuestas coherentes a las necesidades y reclamos de la sociedad, y no exclusivamente a la competencia internacional «por ser la mejor» apresadas en el marco de un cosmopolitismo vacuo, desconocedor de nuestras realidades específicas.

Ese aterrizar en lo nuestro de hoy exige centrar la valoración de su desempeño en la pertinencia del conocimiento generado por su tarea investigativa y compartido socialmente gracias a su difusión, condición necesaria para garantizar que ésta trascienda los ámbitos puramente académicos. No es solo por el número de artículos aparecidos en publicaciones especializadas de académicos y para académicos como se evalúa el desempeño y calidad del trabajo universitario, que obviamente redundan en mayor prestigio para los académicos y sus centros de trabajo, sino también y de manera significativa en la consecución de contratos por unas universidades convertidas en megacentros de consultoría, así como en el costo de las matrículas para sus estudiantes y en primas y puntos para el escalafón e ingresos de unos profesores vueltos investigadores asalariados y para los cuales la función docente, su razón de ser como profesores suele pasar a un segundo plano.

Lo anterior no es una diatriba contra la investigación ni mucho menos, sino contra su mercantilización y una reivindicación de su pertinencia para hacerle frente a las necesidades de la Colombia de hoy. Investigación básica, claro que si, pero articulada con esas necesidades cuya solución por lo demás abre caminos de exploración y de resolución de problemas e interrogantes que trascienden el marco nacional.

El padre Castilla en su columna de opinión es claro en este punto: se trata de construir un camino investigativo relevante para diseñar e implementar las dinámicas de construcción social de comunidades, economías y territorios, lo cual supone, entre otras, superar, como ya dijimos, el frío formalismo del trabajo investigativo crecientemente mercantilizado y cosmopolitizado, para incluir formas alternativas de creación, comunicación y uso del conocimiento que incorporen procesos interactivos de la investigación y de su proyección social en tanto que componentes de un mismo objetivo, lo cual es posible con sistemas investigativos abiertos a realidades que trasciendan la propia vida académica. ¿Qué opinará al respecto el hasta ahora inocuo Ministerio de Ciencia?

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