El Uribe que he conocido

Por: Carlos Gustavo Cano

Conocí a Álvaro Uribe a mediados de la década de los años ochenta, cuando en mi función de gerente general de la Federación Nacional de Arroceros, yo solía visitar las zonas de cultivo del grano en Caucasia y Montería. Su padre, don Alberto Uribe Sierra, a quien recuerdo por su cercana amistad con algunos agricultores y ganaderos del Tolima, igualmente cercanos a mi familia – Ricardo Gaitán, Joaquín Quintero y Gustavo Mejía, entre otros -, fue asesinado por las FARC en junio de 1983 en su hacienda Guacharacas.

Desde entonces, con su sombrero y su poncho, semanalmente abordaba un avión de la empresa Aces. O de otra similar de la región, para dirigirse a atender los quehaceres que le dejó su padre. No me cabe duda de que ese fue su oficio favorito en toda su vida: el campo.

Pero el otro que abrazó y sigue abrazando con un fervor sin igual, es la política, entendida, como él la profesa y la ejercita, como el supremo arte del servicio a la sociedad.

Desde siempre en el Senado de la República se distinguió como el mejor legislador de todo su tiempo, sin mancha ni mácula, y con una visión republicana y demócrata sin tacha.

Antes de firmarse la nueva Constitución de 1991, que transformó la elección de los miembros de la cámara alta o Senado en una circunscripción nacional, me invitó a ocupar el segundo renglón de la lista que él encabezaría en los siguientes comicios. El segundo y tercer renglones los ocuparían, en su orden, Vera de Tcherassi, de Barranquilla, madre de Silvia, la prestigiosa diseñadora colombiana, y esposa de José, el primer rector de la Universidad del Norte; y mi gran amigo Elías Borrero, insigne dirigente empresarial y gremial del departamento del Huila.

Por entonces Uribe se hallaba en Boston, cursando en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard su célebre programa académico e institucional orientado a profundizar el conocimiento sobre las buenas prácticas en materia de políticas públicas. Así mismo como lo haría una década más tarde en el Colegio St Anthony de la Universidad de Oxford en Inglaterra, bajo la dirección personal del profesor e historiador

1 Malcolm Deas, sin duda el más reconocido especialista en asuntos latinoamericanos y de Colombia de dicho centro académico.

Tras una breve, pero muy entusiasta y alegre campaña, matizada por nuestro alejamiento de las tradicionales costumbres clientelistas y caracterizada por nuevas figuras que luego acompañaríamos a Uribe hasta su arribo a la Casa de Nariño en el año 2002, él finalmente fue el único miembro de nuestra lista que resultó elegido como senador por segunda vez, tras su primera llegada a este cuerpo legislativo en 1986. Para quien escribe estas líneas, fue la primera y última experiencia en la arena de la política electoral, pero a la vez el recuerdo más grato sobre la forma en que Uribe comenzó desde esos años a preparar el programa que guiaría al país bajo su incomparable liderazgo.

Otra etapa fundamental de su formación como estadista, fue su paso por la gobernación de Antioquia entre 1995 y 1997. A partir de allí, el país comenzó a contemplarlo como su próximo mandatario, en medio de las amenazas de muerte que se cernían sobre él por su firmeza y determinación en el combate contra el narcoterrorismo, que estaba sumergiendo al país en el lodo de la inviabilidad.

No me es posible pasar por alto un acontecimiento que selló por siempre mi admiración y afecto por el doctor Uribe. El día 20 de marzo de 1999, en un accidente aéreo en la ruta entre la ciudad de Ibagué y el municipio de Planadas, donde mi hijo mayor Carlos Santiago, a la edad de 23 años, 45 días después de su graduación como ingeniero agrónomo en la Escuela de Agricultura de la Región Tropical Húmeda (EARTH) de Costa Rica, iba a inaugurar un programa de desarrollo alternativo, ideado y dirigido por él desde el Plante, pereció. Yo iba a su lado, pero en una segunda aeronave que sí llegó a Planadas. Fueron tres días de búsqueda los que transcurrieron hasta hallar la suya. A sus funerales, el 23 de marzo llegó Uribe a acompañarme. Había partido desde su hacienda de Montería de manera clandestina hasta Bogotá, en medio de la mayor inseguridad, tomando un taxi desde el aeropuerto y regresando por el mismo medio al final de la tarde.

Tras semejante e insuperable dolor, por sugerencia de un grupo de entrañables amigos del Perú, me trasladé a Lima, donde permanecí 30 meses trabajando como consultor en desarrollo alternativo en ese país y en Bolivia, un oficio que aprendí y heredé de mi hijo. Sin embargo, no dejé jamás de estar en contacto con Uribe, mayormente por vía telefónica, siguiendo sus

2 pasos e intercambiando opiniones sobre el devenir del país y en particular sobre la conducción de las políticas económicas generales y la agricultura.

A mediados del mes de julio de 2002, recibí una llamada en mi residencia de Lima de Álvaro Uribe. El motivo, su invitación a unirme en calidad de Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural a hacer parte de su primer gabinete. Ni mi familia ni yo dudamos un instante en regresar al país a acompañar al amigo, al conductor, al maestro, en semejante experiencia. Allí permanecí otros 30 meses, hasta mi designación por su parte, en febrero de 2005, como director de nuestro banco central, el Banco de la República, donde estuve 12 años

Sin duda alguna, la principal contribución de Uribe al desarrollo del campo, y a la recuperación de Colombia como un Estado viable, fue su política de Seguridad Democrática.

A la agricultura le permitió el regreso de la inversión y la buena gerencia. Condujo, además, a la reconciliación entre la juventud de talento y las tareas rurales, que se habían divorciado por cuenta de la violencia guerrillera, el paramilitarismo y su enlace común, el narcotráfico. No hay que olvidar que más de un tercio de los alcaldes de Colombia no podía despachar desde sus propios municipios. La memoria de muy buena parte de los colombianos del presente, es raquítica. Peligrosamente raquítica.

Bajo su gobierno y su iniciativa, se crearon la Centros Provinciales de Gestión Agroempresarial (CPGA), consistentes en la fusión de Unidades de Asistencia Técnica Municipal (UMATA) por regiones agroecológicamente uniformes, en organismos más idóneos y fuertes en la extensión integral agropecuaria en tecnología de clase mundial y soporte financiero.

Se formuló el más vasto y sólido plan para el renacimiento sostenible de la Orinoquia Alta de Colombia.

Se afianzó la seguridad jurídica sobre los derechos de la propiedad rural, como fundamento insustituible para la confianza inversionista tanto de nacionales como de extranjeros en el campo.

Se le dio un sustancial impulso por la vía del financiamiento a la formación de Bancos de Maquinaria en el territorio nacional, a fin de darle acceso a los pequeños productores a la mecanización moderna y de gran escala.

3 Se dejaron financiados y en plena marcha los distritos de Riego Triángulo del Tolima y Río Ranchería en la Guajira.

En fin, se le cambió el color a la agricultura y al campo colombiano con los tres pilares esenciales de la confianza: la seguridad personal, la seguridad jurídica y la seguridad social.

En suma, Álvaro Uribe Vélez le abrió el campo al campo. Recuperó la confianza de la juventud en el porvenir de esta Patria, y colocó a Colombia en un sitial de respeto internacional hacia sus fundamentos de gobernabilidad y democracia.

CGC / Bogotá, 9 de noviembre de 2020

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