LA LEY DEL MONTES | Unidad Nacional sin titubeos

POR: OSCAR MONTES

@LEYDELMONTES

La defensa del proceso de paz y el combate implacable contra quienes lo abandonaron deben servir para la búsqueda de un gran Acuerdo Nacional ajeno a posturas partidistas mezquinas. Análisis.

No es hora de buscar culpables. Si de eso se trata, aquí los únicos que tienen que responder por sus actos son Iván Márquez, Jesús Santrich, El Paisa y Romaña, quienes fueron inferiores al reto impuesto por los colombianos de reintegrarse a la sociedad para seguir defiendo sus ideas políticas pero sin armas, como de hecho lo siguen haciendo sus antiguos compañeros de lucha, entre ellos Rodrigo Londoño, Timochenko.

Hacer la paz es mucho más difícil que hacer la guerra. Para abandonar la guerra y construir la paz se requiere la convicción íntima de que las armas no son el camino para lograr las transformaciones políticas. Los hechos recientes demuestran que Márquez y compañía jamás tuvieron dicha convicción. No es un asunto de acuerdos y protocolos, sino de coraje y determinación. Quienes decidieron volver a las Armas, argumentando “la traición del Estado a los acuerdos de La Habana” se equivocan al pretender soportar su decisión en la falta de implementación de lo pactado. Aunque todavía sin duda falta darle desarrollo a varios de puntos acordados, lo cierto es que la columna vertebral de toda la negociación se mantiene, incluyendo la Jurisdicción Especial de Paz (JEP).

Si de incumplimientos se tratara, entonces Antonio Navarro y sus compañeros excombatientes del M-19 tuvieron el mejor pretexto para regresarse al monte luego del asesinato de su máximo líder y entonces candidato presidencial, Carlos Pizarro en abril de 1990. Pese a ese duro golpe los jefes del M-19 se mantuvieron firmes en su voluntad de seguir apostándole a la democracia con todas sus imperfecciones y defectos. Meses después el M-19 se convirtió en una fuerza política y electoral decisiva y determinante en la redacción de la Constitución Política de 1991, nacida de la Asamblea Nacional Constituyente de ese año.

Nadie dijo que alcanzar la reconciliación nacional sería fácil. Hay que construirla todos los días con paciencia y valor. La paz con las antiguas Farc no solo tiene “enemigos agazapados”, como diría el ex ministro liberal Otto Morales Benítez, sino públicos y activos.

En el caso de los excombatientes de las Farc hay que decir que son 10.700 hombres y mujeres que están hoy en los llamados Espacios Territoriales a la espera de que el Estado cumpla sus compromisos. Son ellos quienes merecen en estos momentos toda la atención del Gobierno nacional, con el presidente Iván Duque a la cabeza. Es a estas personas a las que hay que brindarles todas las garantías para que puedan cumplir sin más contratiempos su reincorporación a la sociedad. A quienes decidieron seguir combatiendo al Estado armados y en la clandestinidad hay que enfrentarlos sin tregua y sin ningún tipo de concesión.

Las motivaciones políticas expresadas por Márquez para tratar de justificar su regreso a la profundidad de la selva son tan débiles como falaces. Para empezar, los jefes guerrilleros que aparecen a su lado en el video donde proclama la “retoma de las armas” tienen procesos abiertos y duros señalamientos por narcotráfico, como sucede con Santrich, quien sigue sin poder explicar qué hacía negociando toneladas de cocaína con supuestos delegados de carteles narcotraficantes mexicanos.

No se trata, pues, de rebeldes con causas políticas, sino de delincuentes comunes que habrían encontrado el “traqueteo” un modo de vida. Es esa realidad la que pretenden ocultar Márquez y compañía con su discurso altanero y cínico, carente -ademas- de cualquier asomo de autocrítica.

El reto impuesto por quienes decidieron volver a las armas requiere de un verdadero Acuerdo Nacional que permita enfrentarlos con todo rigor hasta lograr su sometimiento. En ese propósito el país no se puede equivocar. No es hora de vacilaciones. Aquí no hay dilemas: quienes decidieron volver a las armas serán combatidos sin pausa y quienes decidieron apostarle a la reconciliación recibirán del Estado todo tipo de garantías para que su reincorporación sea exitosa. Punto.

Ese gran Acuerdo Nacional no puede tener motivaciones partidistas o electorales. No se trata de imponer mezquindades. Tampoco es hora de pasar cuentas de cobro para pretender sacarles réditos electorales en octubre. En eso el Presidente Duque, como jefe del Estado que encana la unidad nacional, debe ser contundente en su mensaje. No es hora de pensar en futuras elecciones, sino en futuras generaciones. Es el Presidente el llamado a liderar dicho Acuerdo Nacional. A él deben sumarse los partidos y movimientos políticos, gremios y la academia, entre otros. De este reto impuesto por Márquez y compañía el país debe salir fortalecido.

¿Qué hacer ante el reto impuesto por Márquez, Santrich, El Paisa, Romaña y compañía?

La mala hora de Márquez y Santrich

Pese a su protagonismo en La Habana, lo cierto es que las figuras de Iván Márquez y Jesús Santrich comenzaron a desdibujarse luego de la firma de los acuerdos con el Gobierno. Mientras el primero terminó envuelto en los escándalos de corrupción que tuvieron como protagonista a uno de sus sobrinos -hoy informante de las autoridades de Estados Unidos- el segundo término enredado en el escándalo de la supuesta negociación de 10 toneladas de coca con carteles mexicanos. Es decir, uno y otro tenían más asuntos personales que resolver que trabajo político por emprender, luego del desmonte del grupo guerrillero. De hecho, el primero terminó abandonando su curul en el Congreso de la República y el segundo se fugó cuando era inminente una orden de captura por parte de la Corte Suprema de Justicia. De manera que la decisión de ambos de retomar las armas no causó mayor sorpresa en la opinión pública. Pero el liderazgo interno de Márquez y Santrich tampoco es relevante en la actualidad. De hecho el llamado de Márquez a sus excompañeros para que se sumen a la nueva aventura guerrillera no tuvo el respaldo que esperaban.

De cabeza de león a cola de ratón

Que Márquez le haga ojitos al Eln para sumar fuerzas insurgentes que les permitan tanto a los “residuales de las Farc” como al propio ELN tener un mayor poder militar no deja de ser sorpresivo, pues en el pasado las relaciones entre ambos grupos guerrilleros fueron conflictivas y confrontacionales. La experiencia de la llamada “Coordinadora Nacional Guerrillera” no arrojó los resultados que esperaban por una sencilla razón: todos querían mandar. A diferencia del pasado, en esta oportunidad quien está fortalecido militarmente es el ELN, entre otras cosas porque ha contado con “el silencio cómplice” del
régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Así las cosas tanto Márquez como sus socios de aventura tendrían que andar pasito con quienes serían sus nuevos socios. Sería, para decirlo en plata blanca, cola de ratón después de haber sido cabeza de león.

No es hora de liderazgos partidistas

El presidente Iván Duque tiene una gran oportunidad de aglutinar al país alrededor de una causa nacional: defender los logros de la negociación con las Farc, que son hechos objetivos e incuestionables, y liderar la lucha frontal contra aquellos que pretenden atentar otra vez contra el Estado desde la ilegalidad. El Presidente Duque debe entender que fue el Estado colombiano el que negoció con las Farc y que por consiguiente es el Estado el que debe honrar los compromisos que hacen parte de los acuerdos de paz. No es hora de asumir posturas mezquinas que pongan en riesgo lo conseguido, que no es poco. Duque es el Presidente de todos los colombianos y eso incluye -¡claro que sí!- a quienes no votaron por él y apostaron con fe ciega a la paz con las Farc. El liderazgo de Duque debe estar, pues, desprendido de algún tipo de vocación partidista. El Presidente no puede quedar como rehén de quienes, desde su propio partido, le apuestan a “volver trizas” todo lo construido hasta la fecha. Se trata, sin duda, de un momento histórico que Duque debe saber interpretar muy bien.

Quienes decidieron abandonar los logros del proceso de paz con las Farc no pueden ser objeto de un tratamiento distinto al de la confrontación militar. Ellos así lo quisieron. Punto. No es cierto que la culpa de lo sucedido la tenga el gobierno de Iván Duque, como dicen de forma ligera sus malquerientes. Duque está comprometido con la negociación, aún en contra de buena parte de sus copartidarios, que quisieran “la tierra arrasada” como salida a la actual crisis. El tratamiento que deben recibir Márquez y compañía es el de simples delincuentes comunes. La negociación política ya se hizo y el 90 por ciento de sus ex compañeros siguen firme con ella. Fueron Márquez y compañía quienes patearon la mesa y por consiguiente son ellos -nadie más- los que deben pagar las consecuencias de sus actos. Esperamos de nuestras Fuerzas Militares contundentes respuestas, que permitan neutralizar muy pronto a quienes decidieron declararle de nuevo la guerra al Estado.

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