Otro triste y vergonzoso adiós

Gloria Zamora Patiño

Febrero 11 de 2019

Hace casi 25 años los Embera-Katío del Alto Sinú iniciaron un largo recorrido para despedirse del río Sinú en el departamento de Córdoba. Se había puesto en marcha el proyecto hidroeléctrico Urrá sin atender de manera oportuna ni adecuada la voz de los Embera Katio a quienes se iba a invadir parte de sus territorios con el llenado de la represa. A pesar de sus esfuerzos por hacerse escuchar, la voz del entonces primer mandatario del país, Ernesto Samper Pizano, había sentenciado que iba a defender los derechos de la mayoría, “porque no solamente deben defender los intereses de dos familias indígenas”, mostrando su contrariedad con la Defensoría del Pueblo que había presentado la tutela contra la empresa Urrá, en representación de los indígenas y pescadores de la región.

Lo mismo ocurriría unos meses más tarde cuando en la larga travesía emprendida, esta vez hacia Bogotá, comenzando el siglo XXI, cerca de 200 embera katio se tomaron durante cuatro meses los antejardines del ministerio de ambiente, en ese momento en cabeza de Juan Mayr, sin que fueran atendidas con presteza  sus demandas, entonces reclamando por el cumplimiento de los acuerdos concertados en un proceso de consulta que no fue ni previa, ni libre, ni informada.  Tanto es así que la misma Corte Constitucional había declarado en este caso inaplicable el decreto 1320 de 1998, del cual echaba mano el Ministerio del Interior para las consultas previas con pueblos indígenas, a pesar que había sido expedido sin el consentimiento de dichos pueblos. Entonces todavía el Sarra (jefe  guerrero) Kimi Domicó,  lideraba las conversaciones con el gobierno central y la empresa. Meses después y a poco tiempo de haber retornado a su territorio fue secuestrado por los paramilitares, torturado y tirado en pedazos al río que defendió, como lo admitiera el mismo Carlos Castaño.

El costo que se impuso por los poderes locales y el capital trasnacional (agencia canadiense Export Development Corporation, Nordbanken de Suecia, y el Nordic Investment Bank de los países nórdicos), a los embera katío del Alto Sinú,  incluyó la pérdida de buena parte de su territorio, del pescado como principal fuente de proteína de la población, de la desarticulación de sus formas de organización social y la pérdida de sus autoridades tradicionales y líderes por el asesinato de que fueron víctimas.

Este largo calvario emprendido por un pueblo que ha sido afectado de manera irreversible vuelve a la memoria en estos días que miramos impávidos e impotentes cómo la comunidades que convivieron con el rio Cauca realizaron la ceremonia del adiós al segundo rio más importante del país.

Pescadores, mineros, pobladores de la región que derivaban su sustento vital del rio, se reunieron en sus orillas para realizar un velorio colectivo que expresa su rechazo e indignación con la tragedia ambiental provocado por el cierre de las compuertas de Hidroituango.

Distintos organismos de control tales como la Contraloría General afirman que los impactos se sienten en la vida de cerca de 20.000 pescadores, en el ecosistema  y la vida económica de los habitantes de la zona. De otro lado la Defensoría en su recorrido del rio advierte que “se pudieron observar de primera mano los impactos sobre el segundo afluente más importante del país, apreciando que la situación presentada aguas abajo de la represa de Hidroituango puede resultar gravemente vulneratoria de los derechos humanos de estas poblaciones”

No dejo de sentirme avergonzada por un país, mi país, en el cual permitimos que esto pase sin que nos duela, sin que preguntemos más allá de lo que los medios nos dicen, sin que pasemos del inocuo y liviano trino de tres líneas a la acción que cuestione las decisiones de los poderes de turno plagados de mentiras y verdades a medias.

Este país de contradicciones, que por un lado tiene la lucidez de declarar a un rio como el Atrato como sujeto de derechos con miras a garantizar su conservación y protección, mientras por otro lado permite que poderosos intereses pasen por encima del bien común y el buen vivir de las mayorías,  u omite los controles y filtra la información que permita que el control ciudadano se ejerza con eficacia y oportunamente.

Seguiremos enterrando esperanzas y un futuro en paz, si no somos capaces de apostarle a una convivencia solidaria y armónica con la naturaleza y de pensar más allá de nuestra frágil existencia,  para comprometernos con la pervivencia de las generaciones que vienen tras nosotros.

 

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