Timochenko dice que la paz tomará tiempo

BOGOTA (AP) — El máximo jefe de las FARC, Timoleón Jiménez, alias Timochenko, aseguró que el plazo de entre seis y ocho meses para concretar una eventual negociación de paz con el gobierno colombiano es una postura unilateral del presidente Juan Manuel Santos, que no ha sido discutida con el grupo rebelde, según una entrevista divulgada el miércoles.

El plazo de concretar un proceso de paz en menos de un año es «una expectativa que él (Santos) está generando por su cuenta, en contravía de lo pactado en la letra y el espíritu del encuentro exploratorio» en La Habana, dijo Timochenko en una entrevista con el Semanario Voz, del partido comunista colombiano y divulgada en la jornada en su sitio de internet.

El jefe rebelde, cuyo nombre real es Rodrigo Londoño Echeverry, de 53 años, dijo que en la capital cubana «se concertó no poner fechas fatales, ni siquiera la palabra meses, así que lo expresado por el presidente nos indica lo difícil que va a ser ese camino que emprendemos».

En ese sentido recordó que para llegar al acuerdo de La Habana, con el que se concretó iniciar negociaciones de paz, «duramos dos años, cuando inicialmente se creyó que sería cuestión de semanas».

El gobierno del presidente Santos anunció el 4 de septiembre que había llevado contactos exploratorios con las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) por más de año y medio y que durante los últimos seis meses, en discusiones reservadas en La Habana, se selló en agosto un acuerdo marco para iniciar negociaciones de paz, a partir de octubre, en Oslo, Noruega.

Santos ha reiterado en varias ocasiones que esos diálogos no pueden extenderse años, sino meses, entre seis y ocho, y que si su gobierno no ve avances, simplemente suspenden las discusiones.

El jefe rebelde dijo en la entrevista, cuyo sitio y fecha de realización no fue precisado por el semanario, que pasados procesos de paz con las FARC fracasaron porque se llegó a la mesa de negociación «a exigir rendiciones, sin voluntad real de atender a la solución de las causas que dieron origen y siguen alimentando la confrontación».

Los diálogos en Oslo, y que según las partes se trasladarán después de algunas semanas a Cuba, son el cuarto intento de distintos gobiernos por sellar la paz con ese guerrilla. La última negociación, que se extendió de 1999 al 2002 en territorio colombiano, fracasó en medio de acusaciones del entonces presidente Andrés Pastrana (1998-2002) de que las FARC habían utilizado una zona desmilitarizada, donde se escenificaban las conversaciones, para mantener a secuestrados y fortalecer su aparato armado.

A pesar de las diferencias sobre los tiempos que debe tener la negociación u otros puntos como un cese al fuego, que las FARC han dicho debe ser negociado tan pronto comiencen los diálogos en Oslo, mientras Santos ha dicho que un alto a las hostilidades debe ser sólo al final y cuando se selle un acuerdo final, congresistas como Iván Cepeda, un activista de derechos humanos y miembro del izquierdista partido Polo Democrático Alternativo, indicó en la jornada en diálogo telefónico que tales posturas dispares «son normales en cualquier negociación».

«Son puntos de vista y es muy propio de una negociación que cada parte ponga la barrera (o la barra) lo más alto posible» al inicio de una discusión, aseguró. «Ningún negociador experimentado comienza poniendo todas sus cartas sobre la mesa», aseguró Cepeda al referirse que tales discrepancias puedan variar en la mesa precisamente porque son objeto de la misma negociación.

Resaltó además que hasta ahora la opinión pública desconoce qué han hablado exactamente las partes durante sus acercamientos en La Habana y que desembocaron en el acuerdo de agosto de iniciar las negociaciones,  por lo cual es prematuro pensar que algunos de los dos lados tiene de momento una mano de ventaja.

«Eso de tener el sartén por el mango es relativo, si bien la fuerza pública ha dado golpes muy contundentes, por el otro lado, la guerrilla ha provocado daños a la infraestructura» del país con ataques a oleoductos, trenes transportadores de carbón y torres de energía apuntó.

Sin embargo, ex negociadores oficiales de paz, como Víctor G. Ricardo, sí han destacado que la condición de los dos lados ha cambiado desde los frustrados diálogos del gobierno de Pastrana: en aquellos años la guerrilla llegaba la mesa tras una seguidilla de éxitos sobre los militares, mientras en esta ocasión son las FARC las que llegan debilitadas porque desde el 2008 han perdido a manos de la fuerza pública a por lo menos tres de sus máximos jefes, incluyendo  a Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, visto como el brazo armado más poderoso de la insurgencia.

Timochenko, sin embargo, se mostró optimista sobre el  nuevo intento de negociación. «Nosotros partimos de la idea de que este proceso será exitoso, en la medida en que esas grandes mayorías que se inclinan por la solución política tengan oportunidad de hablar, de movilizarse, de influir, de decidir al respecto. Y las estamos invitando a hacerlo».

Aunque Jiménez dijo que Santos es el heredero de la llamada «seguridad democrática» del ex presidente Alvaro Uribe (2002-2010), o la guerra contra los grupos al margen de la ley, el actual jefe de Estado «decidió asumir los riesgos de dialogar y dio pasos positivos en ese sentido. Cualquier colombiano diría que el verdadero riesgo es la guerra y no el diálogo, por eso no vacilamos en aceptar las conversaciones para buscar la paz».

Indicó que «la perduración del conflicto implicará mayor muerte y destrucción, más luto y lágrimas, más pobreza y miseria para unos y mayor riqueza para los otros».

Para evitar más muertes, dijo, «buscamos los diálogos, la solución incruenta, el entendimiento por vías políticas. Con ese propósito vamos a La Habana. Confiamos en que el gobierno nacional también entiende la necesidad de poner fin a tan larga violencia practicada contra el pueblo colombiano».

En las últimas dos semanas tanto el gobierno como las FARC nombraron a sus negociadores. Del lado oficial el equipo lo encabeza el ex vicepresidente Humberto De la Calle y del de los rebeldes Luciano Marín Arango,  alias  «Iván Márquez», uno de los seis integrantes del «secretariado» o máxima jefatura del grupo alzado en armas.

Las FARC, nacidas en 1964 como una guerrilla campesina, cuentan en sus filas con unos 9.000 integrantes, según cifras del gobierno.

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