El general Mora en la mesa de diálogo

Por: Oscar Montes

A raíz de la designación del general (r) Jorge Enrique Mora Rangel en el equipo de negociadores del Gobierno para adelantar diálogos con las Farc, ha surgido una serie de voces, algunas muy calificadas, que se oponen a dicha decisión. Las razones que aducen quienes así piensan son dos fundamentalmente: que los militares están representados por los delegados civiles del Gobierno y que el general Mora es enemigo de la paz. Ninguna de las dos corresponde a la verdad.

La única manera de que los militares estén en la mesa de negociación es que uno de sus voceros los represente de verdad. Nadie conoce mejor de táctica y estrategia militar que los militares, nadie sabe mejor cómo se desarrolla la guerra que quienes la hacen y nadie padece más los rigores de la guerra que quienes todos los días se juegan su vida en un campo de batalla. El Everfit no es igual al camuflado, por más que quieran convencernos de que hay civiles con “alma tropera”.

Y el general Mora encarna al prototipo del guerrero que sabe mejor que nadie el dolor que produce la muerte en combate, en una emboscada o por cuenta de una mina antipersona. Desde sus años de cadete y durante toda su carrera militar, que se prolongó por más de 35 años, el general Mora no ha sido otra cosa que un soldado de la Patria. “El único General verdaderamente tropero que ha tenido el país”, me dijo en una oportunidad un coronel del Ejército que lo tuvo como Comandante.

Gracias a su desempeño, primero como Comandante del Ejército y luego como Comandante de las Fuerzas Militares, el General Mora siempre estuvo rodeado del afecto y el aprecio de todos sus hombres, por quienes luchó y por quienes se ganó la animadversión de un grupo de civiles, que vieron en él al gran enemigo de los diálogos de paz con las Farc durante la zona de despeje del Caguán.

Los civiles, encabezados por el entonces comisionado de Paz Víctor G. Ricardo, creyeron siempre, y aún siguen haciéndolo, que el general Mora fue el palo en la rueda de los diálogos, cuando la verdad es que es todo lo contrario: gracias al general Mora las cosas no salieron peor. Deberían estar agradecidos.

El general Mora, como Comandante del Ejército, se encargó de informarles a los delegados del Gobierno de los riesgos que implicaba para el país el despeje de una zona donde las Farc tenían un gran poderío militar y que estratégicamente podría servirles de retaguardia a la hora de un rompimiento, como en efecto ocurrió. Pero, además, durante los diálogos del Caguán el general Mora denunció que las Farc estaban secuestrando y narcotraficando y negociaban liberaciones. Todo eso lo dijo en público y en privado. Otra cosa es que Víctor G. Ricardo no haya querido escucharlo y cuando lo hizo no lo haya querido contar a sus superiores, como era su obligación.

En una reunión que se llevó a cabo en el Comando de las Fuerzas Militares, cuando ya los diálogos con las Farc estaban en la dirección equivocada, el general Mora, descontrolado y muy molesto con la manera como Víctor G. Ricardo estaba manejando el desalojo del Batallón Cazadores –ubicado en el corazón de la zona de distensión- lo increpó fuertemente y le dijo: “Usted va a hacer que maten a mis soldados”. El episodio está contado en el libro Diario íntimo de un fracaso, historia no contada del proceso de paz con las Farc, Editorial Planeta, que escribí con Édgar Téllez y Jorge Lesmes, luego del rompimiento de los diálogos. Ese es el general Mora.

De manera que en la mesa de negociación que será instalada en Oslo, Noruega, los militares pueden estar tranquilos porque su vocero tiene las charreteras suficientes para hacerse sentir, siempre con franqueza y sin cartas tapadas. Y de eso se trata. El presidente Santos, que lo conoce muy bien, delegó en él esa responsabilidad y confía en su capacidad para tratar con sus principales enemigos, que es la otra parte importante de su designación: la paz la negocian quienes hacen la guerra. Y las Farc saben perfectamente las capacidades militares de quien tendrán sentado al otro lado de la mesa, sencillamente porque lo padecieron.

Por Óscar Montes
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