La atalaya moral

Por José Félix Lafaurie Rivera

En carne propia he sentido que el ofrecimiento generoso del presidente Duque, de cerrar páginas, de dejar a un lado la polarización malsana y quedarnos solo con la buena: la del enfrentamiento en el campo de las ideas, que está en riesgo de estrellarse contra el odio tozudo, la concepción atávica del “enemigo político” y la mezquindad de una oposición destructiva, matoneadora, injuriosa y violenta.

Al fin, es herencia de un gobierno retaliador, que convirtió a más de medio país en “enemigo de la paz” -¡Qué tal!, todavía me sorprendo-; que distorsionó el mensaje bíblico y se lo tomó bien a pecho: “El que no está conmigo está contra mí”, y obró en consecuencia, utilizando contra los segundos la ley y las instituciones.
Como presidente de Fedegán fui víctima de tan nefasta posición gubernamental. Logré superar ocho años de persecución contra mí y contra el gremio, pero aunque no soy tan optimista como el presidente, nunca espere tan feroz andanada por cuenta de mi legítima aspiración a la Contraloría General de la República.
Caminar sobre brasas ardientes es una práctica que, en la antigüedad, tenía una concepción purificadora y, también, de “detección de miedos”. Quien nada temía, quien estaba limpio atravesaba el fuego sin quemarse. En nuestra versión vernácula, quien “no tiene rabo de paja” puede “arrimarse a la candela”. Pues una candelada me encendieron esta semana, que atravesé con paso firme y la frente en alto, protegido por mi tranquilidad de conciencia.
Creo que el “vigilante” del tesoro colectivo de los colombianos debe cumplir condiciones de conocimiento, formación y experiencia -las mías fueron demostradas y reconocidas-, pero al igual que “el vigía” advertía del peligro desde atalayas en lo alto de las fortificaciones, creo también que la vigilancia del contralor se debe ejercer desde una altura moral sin concesiones, la altura en que la sal no se corrompe y a donde no llegan las flechas envenenadas de la corrupción; una atalaya moral que le permita tener el panorama de la gestión pública, pero en la que pueda ser escrutado por la sociedad.
Los primeros ataques provinieron del contralor, quien, en un acto desatinado e indigno, pretendió incidir indebidamente en la elección de su sucesor. Nos separa una vieja rencilla que no viene al caso, pero que Maya ha buscado saldar desde sus posiciones de poder. Fue insidiosa y desentonada su advertencia sobre la eventual llegada de un corrupto a la Contraloría, como su reclamo al Congreso por retirar una “inhabilidad mico” que quiso meter casi con nombre propio. El Congreso no la retiró para favorecerme, sino por abiertamente inconstitucional.
Después vino la izquierda radical y furiosa, que veta sin escuchar siquiera. Sacaron a relucir una sanción de la Procuraduría, que tampoco inhabilita y que, además, fue impuesta por…el exprocurador Maya. Brincaron los presuntos malos manejos del Fondo del Ganado, todos archivados por la misma Contraloría, la Procuraduría y la Fiscalía, además de la retractación pública del exministro Iragorri, que se había prestado a tan ilegal persecución. Al final, quisieron enredarme por el contrato con un condenado en primera instancia, que ya estaba contratado cuando llegué a Fedegán y era reputado asesor de las Fuerzas Militares y de empresas privadas.
He gastado mi vida escalando a esa atalaya moral, desde que me encaramé en los hombros de las enseñanzas de mi padre. “No hagas nada que te avergüence cuando te mires al espejo cada mañana al afeitarte, y siempre oirás el silencioso aplauso de tu conciencia”, me decía. Que nadie pretenda entonces, bajarme de esa atalaya con infundios baratos y rabiosas mentiras.
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