Las orejas del lobo de la censura

Por: Oscar Montes

Cuando menos lo esperábamos el lobo feroz de la censura de prensa asomó sus orejas. Y lo hizo en el organismo que en toda su historia se había mostrado siempre como respetuoso del sagrado derecho a la libre expresión: la Corte Suprema de Justicia. Eso es lo grave.

Que en Colombia los periodistas seamos blanco de toda clase de presiones, desde las que ejercen quienes ostentan posiciones de poder políticas y económicas legítimamente obtenidas, hasta aquellas que provienen de las trincheras de la ilegalidad y que se amparan bajo la protección de un fusil manchado con sangre de gente inocente, no nos asombra.

Los periodistas estamos acostumbrados en Colombia a ser objeto de todo tipo de violencia y quizá por ello nos hemos habituado a cargar con ese piano, casi que de manera suicida. Las cifras de periodistas que son amenazados todos los días son enormes y crecientes. Otros son asesinados y otros han abandonado el país ante la inminencia de ser asesinados, como ha ocurrido con tantos, desde directores de periódicos hasta humildes reporteros, quienes ejercen su oficio como un apostolado.

Los poderosos del mundo y de Colombia, por supuesto, presuponen que los periodistas solo tenemos dos opciones: ser lacayos o ser sus enemigos. No consideran una tercera. Si no somos lacayos corremos el riesgo que nos consideren enemigos. Pablo Escobar creía que si mataba a los periodistas, Colombia no se enteraría de sus atrocidades. Paramilitares, narcotraficantes y guerrilleros piensan lo mismo.

Todos consideran, de forma equivocada, que matando al mensajero desaparece el mensaje. Y entonces proceden a actuar contra nosotros y nos amenazan y nos intimidan y nos secuestran y nos matan, cuando supuestamente ya no les quedan más alternativas. Pero resulta que nada de eso les funciona, sencillamente porque siempre habrá mensajeros con valor para denunciar sus atrocidades o sus actos de corrupción. Ahí están las cientos de páginas escritas por colegas inmolados.

Pero lo que jamás había sucedido en Colombia es que el máximo tribunal de Justicia decidiera emprender acciones legales contra dos periodistas que tuvieron el valor de expresar algunas críticas relacionadas con el retiro del funcionario que se echó sobre sus hombros la enorme responsabilidad de destapar el escándalo de la parapolítica, hecho que, por cierto, posicionó ante el país a la Corte Suprema de Justicia como uno de los entes que mayor confianza genera.

Cecilia Orozco y María Jimena Duzán, así como el país entero, tienen todo el derecho a preguntarles a los magistrados de la Sala Penal de la Corte Suprema las razones por las cuales decidieron separar de su cargo al magistrado auxiliar Iván Velásquez. ¿Es eso un delito? ¿Un pecado?

Pero, además, tienen todo el derecho a expresar sus opiniones acerca de la manera como se comportaron algunos magistrados de la Suprema en episodios recientes del país, concretamente en lo que tiene que ver con el trámite de la Reforma a la Justicia, iniciativa que finalmente fue hundida. ¿Hicieron lobby algunos togados para lograr beneficios personales, relacionados con su edad de retiro o la prolongación de sus períodos? ¿Es eso un delito? ¿Es un pecado?

De manera que celebro que la Corte Suprema haya echado reversa en la decisión que había adoptado, liderada por el magistrado Leonidas Bustos, de procesar a las periodistas Cecilia Orozco y María Jimena Duzán. Lástima, eso sí, que con ese proceder hayan manchado las investiduras de los magistrados que respaldaron ese grave atentado a la libertad de prensa.

Pero es bueno que sepan que esa mácula en contra de la libertad de expresión no la podrán borrar, aunque hayan decidido parar el adefesio que en mala hora se le ocurrió al magistrado Bustos.

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