Nacidos para morir

Por: Santiago Garcia Jaramillo

El sufrimiento y la muerte son quizás las únicas seguridades que en la vida tiene el ser humano. Desde el momento en que se rompe el lazo que nos une a la madre la tranquilidad se convierte en frío, hambre, es decir en la crueldad del sufrimiento y en palabras del poeta Rubén Darío aparece “un futuro terror: el espanto seguro de estar mañana muerto”. Esta fatal predestinación parece digna de abolir, pero incluso los relatos bíblicos, texto sagrado de Cristianos y Judíos, nos enfrentan al sufrimiento y la crueldad, en la figura de un Dios, que, aunque ama infinitamente al hombre, lo expulsa del paraíso y lo marca por la eternidad con un “pecado original”, le pide a Abraham que “sacrifique” a su primogénito y a Jesús, hijo de Dios, unigénito y amado –según el relato bíblico- lo envía para ser torturado, ultrajado y sacrificado en la tierra… podríamos seguir repasando la historia del hombre para concluir que la suya es la historia de la crueldad y el sufrimiento aunque sorpresivamente hoy muchos quieran vivir en un mar de dulzuras.

Y como quien quiere cobardemente volver a la seguridad del vientre materno el simplismo y la banalidad se toman el pensamiento contemporáneo, y en ese contexto una horda de bárbaros que se alegran con las heridas que sufren otros seres humanos, entre disturbios y actos vandálicos promueven la abolición de una de las más hermosas tradiciones que ha creado el ser humano: el arte de la tauromaquia. Y en esta historia no puede faltar el idiota útil que con discursos polítiqueros y demagógicos olvida que una gran mayoría de su ciudad vive en la miseria, que otro tanto muere en sus inseguras calles y que el transporte es un caos, para imponerle una censura a una de las más vistosas tradiciones artísticas de Bogotá, por considerarla que gira entorno a la muerte, como si la religión que dice predicar, o la vida misma del ser humano no lo hiciere.

Entre tanta ignorancia y mentiras que se erigen alrededor de la fiesta brava habrá que recordar que el toro de casta se mantiene vivo hasta hoy gracias a la tradición taurina, su hechura de animal agresivo y peligroso son suficientes para que nadie lo criara de no existir esta tradición, a lo cual habrá que sumarle los cuidados –casi excesivos- a los que se someten estos animales en los campos de crianza y hasta el momento en que pisa el ruedo, en contraste con unos pocos minutos de sufrimiento como preludio a su muerte, nada distinto a la vida del hombre, quien llega al mundo, recibe los cuidados de su hogar, estudia, forma una familia, para que finalmente alguna situación de angustia o enfermedad termine,  tras algo de sufrimiento, por quitarle la vida.

La corrida de toros no es una muestra tribal de superioridad del hombre sobre el animal, no es un enfrentamiento, no es una pelea de un bárbaro en armadura frente a un pobre animal indefenso, de allí que esos defensores de animales que celebran cornadas representen  el vulgar salvajismo de la violencia que lejos está de los ruedos taurinos donde el sufrimiento y el ímpetu se someten a las más estrictas reglas. La corrida de toros es una danza, una obra de arte donde el hombre y el animal, ambos al borde de la muerte, permiten el mutuo lucimiento, aquí no hay una dominación hay una armonía, una sincronía entre la fuerza, la bravura y la nobleza del animal, con el arte y desprecio al miedo del torero. En lugar de un abuso la paridad llega a tal punto, que cuando el torero empuña la espada expone todo su cuerpo indefenso a los cuernos del animal, y no pocos, entre ellos grandes maestros como Manolete, han sido testigos de la fatalidad que guarda el toro en su defensa, de la misma que no gozan los mariscos, las reses y los perros y gatos callejeros condenados en centros de sacrificio distritales. Alguna vez escuché al maestro Facundo Cabral en sus recitales decir que “si se ha decidido ser águila es por amor al gusano”, parafraseando a este poeta diría que si se decide ser torero es por amor al toro.

La tauromaquia no es una reunión de elites reunidas disfrutando el sufrimiento de un animal, el fervor popular de ferias como las de Manizales y Cali, las plazas de toros de provincia desvirtúan un falso elitismo; así como el fervor con que se recibe el indulto de un toro en una plaza, por encima incluso que el de una certera estocada, y las estrictas normas a las que la muerte y sufrimiento del animal se ciñen atacan el falaz disfrute barbárico de aficionados y toreros que los enemigos de la fiesta del toro han querido infundar. El toro de lidia en la mayoría de los casos muere, pero lo hace entre honores, plasmados en pinturas de Picasso y Goya, muere al ritmo de la opera de Carmen o de tantos hermosos pasodobles, muere en medio de poemas de García Lorca o las majestuosas letras de Hemingway y Vargas Llosa, en medio de aplausos y lluvias de claveles de personas que saben que gracias al toro la tauromaquia se mantiene viva, y que el dar su vida por un arte lo hace entrar a las filas de lo sublime.

Quienes se oponen a la fiesta brava, deberían hacerlo, como los invitara el Nobel Vargas Llosa, absteniéndose de asistir a las plazas de toros, haciendo campañas desde el dialogo que tal vez un día logren que por decisión libre de los ciudadanos las corridas languidezcan y desaparezcan, me uno al Nobel en que sería una lástima pero tendríamos que aceptarlo; a lo que si me opondré es al vandalismo, al desorden que estos grupos crean en las calles, y a los ecos demagógicos e impositivos –casi dictatoriales- que están teniendo en algunos gobernantes que desbordados con su poder olvidan los verdaderos problemas de la ciudad para concentrarse en la censura a una hermosa tradición, protegida –aunque ambiguamente- por nuestra Corte Constitucional; Si se empeña Usted Señor alcalde Petro en luchar contra todo lo que gire entorno a la muerte en la ciudad, lo invito a cerrar centrales de sacrificio de reces y porcinos, restaurantes, a prohibir la venta de huevos (esos pobres pollitos impunemente abortados, fuera de los 3 casos avalados por la Corte Constitucional) y que le exija a las autoridades religiosas reevaluar su rito entorno a la muerte de Cristo, y que finalmente cite a la ciudadanía a discutir si es necesario abolir la vida, pues esta misma es un espectáculo en torno a la muerte.

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