La salud del Vicepresidente

Por: Oscar Montes

Desde que sufrió el accidente cerebrovascular que lo tiene retirado de sus funciones constitucionales, la salud del vicepresidente Angelino Garzón no es solo motivo de preocupación para todos los colombianos, sino un asunto de Estado, pues al fin y al cabo se trata del segundo cargo de la Nación y de la persona que debe reemplazar al Jefe de Estado en caso de que falte de forma absoluta.

La salud del Vicepresidente no es, pues, un asunto menor que deba ser tratado de manera extraoficial y lejos del rigor que su cargo amerita. Por ello se equivocan quienes pretenden minimizar lo que acontece con la salud de Garzón, mucho más si su condición no le permite cumplir con la que es su más importante función: encargarse de la Presidencia en caso de que Juan Manuel Santos se ausente de manera definitiva de la Casa de Nariño, algo que  hoy por hoy Angelino no puede hacer, de acuerdo con los pocos partes médicos publicados, o con las versiones de médicos allegados a su familia.

Para la salud de la República es mucho mejor que Angelino se recupere prontamente y asuma de nuevo sus funciones. Independientemente de las diferencias que haya tenido con el presidente Santos, es indudable que se trata de un funcionario con mucha ascendencia sobre el mandatario, quien no solo lo escogió como su fórmula, sino que le confió aquellos asuntos de gran calado social. Garzón es el corazón de la política social del Gobierno y la persona encargada de tender puentes con grupos y organizaciones con las que el Ejecutivo tradicionalmente no ha tenido mayores afinidades, entre ellos los sindicatos y los organismos promotores de Derechos Humanos.

En el cumplimiento de esa misión, asignada por el propio Santos, el Vicepresidente abogó por las clases menos favorecidas y tomó partido por sus propuestas, como ocurrió cuando pidió un incremento significativo para todos aquellos que devengan el salario mínimo. Esa no solo era su función, sino también su convicción, pues todo el país conoce el origen humilde del Vicepresidente, que contrasta con el del Presidente, que fue, además, otra de las razones por las cuales Santos le apostó a Angelino como fórmula vicepresidencial.

Precisamente por conocer la trayectoria de Angelino Garzón es que me atrevo a plantear que de haber estado al frente de la Vicepresidencia de la República, el tratamiento que el Gobierno le hubiera dado a la crisis del Cauca habría sido muy distinto al que le dio. No solo porque el Vicepresidente habría sido el interlocutor directo de las comunidades indígenas, a las que conoce a la perfección, sino porque Santos hubiera encontrado en él a una persona confiable, capaz de decirle exactamente qué es lo que pasa en el suroeste del país. Hoy por hoy esa persona no existe y ese vacío se siente.

Un presidente de la República en un país convulsionado como Colombia necesita un vicepresidente que le inspire confianza y le ayude a solucionar ‘chicharrones’. No se trata, como piensan muchos, empezando por el propio Santos –que quiere revivir la figura del Designado–, de un cargo decorativo y eunuco, a no ser que el propio Jefe del Estado quiera que ello sea así.

El Vicepresidente tiene las funciones que el Presidente le asigna. Gustavo Bell se encargó de la promoción de los Derechos Humanos y del Ministerio de Defensa durante el gobierno de Andrés Pastrana; Francisco Santos promovió internacionalmente al país durante los mandatos consecutivos de Álvaro Uribe, y Angelino venía haciendo las tareas que Santos le confió.

Inquieta y preocupa la incertidumbre que rodea la salud del Vicepresidente, pues está demostrado que Angelino Garzón no solo le hace falta al país, sino, sobre todo, al presidente Santos. Mucho más ahora.

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