Análisis Ley del Montes: Trump, ¿halcón o paloma para Colombia?

Compartir:

A diferencia de sus antecesores, el nuevo presidente de Estados Unidos no ha mostrado mayor interés por nuestros asuntos internos. Pero terminará metiéndose.

Desde el triunfo del magnate republicano Donald Trump, el pasado 8 de noviembre, una sola pregunta ronda la cabeza de la mayoría de los colombianos: ¿Cómo nos irá con el sucesor de Barack Obama en la Casa Blanca?

Hay quienes dicen que nos irá muy mal y también quienes sostienen que nos va a ir peor de lo que piensan quienes afirman que nos irá muy mal. Pocos se atreven a pronosticar una mejoría en las relaciones de Colombia con Estados Unidos, EEUU, país que tradicionalmente ha sido nuestro principal socio comercial y político.

Las razones para el pesimismo abundan: Trump no tuvo durante la campaña presidencial un solo gesto amable con los países latinoamericanos, empezando por México, al que amenazó con levantarle un muro fronterizo para impedir el ingreso de sus nacionales a Estados Unidos. De los demás países habló poco, no solo porque no le interesa, sino –sobre todo– porque no los conoce. Hubo analistas estadounidenses que pusieron en duda, inclusive, que Donald Trump sepa el nombre de un país latinoamericano distinto a México.

A diferencia de lo que ocurrió con sus antecesores en la Casa Blanca, desde Bill Clinton hasta Barack Obama, quienes no solo estuvieron muy cercanos a los gobiernos colombianos, sino que fueron valiosos aliados, Trump no muestra mayor interés por diseñar y ejecutar políticas binacionales con nuestro país.

Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama –por ejemplo– fueron fundamentales para la implementación y ejecución del llamado Plan Colombia, que sirvió para combatir el narcotráfico y para fortalecer nuestras Fuerzas Militares en tiempos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Obama –por su parte– también ha sido un aliado estratégico muy importante de Juan Manuel Santos en la negociación con las Farc.

Es decir, todos los presidentes recientes de Estados Unidos han sido protagonistas de primer nivel tanto para sostener la guerra contra las Farc, como para hacer la paz con ese grupo guerrillero.

Y Donald Trump no será la excepción. Tarde o temprano terminará inmiscuyéndose en la política nacional, no solo porque Colombia es un socio estratégico importante para Estados Unidos, sino porque nuestro país será fundamental a la hora de contener a quien considera una de sus grandes amenazas en la subregión: el régimen chavista, que encabeza Nicolás Maduro en Venezuela.

En efecto, la lupa estadounidense en tiempos de Trump estará enfocada –principalmente– hacia Venezuela, cuyas estrechas relaciones con China y Cuba serán monitoreadas con suma atención por el Departamento de Estado y por la propia Casa Blanca. En ese sentido, de Venezuela le interesan sus vínculos con organizaciones guerrilleras colombianas, como las Farc y el ELN, cuyos jefes son señalados de encontrar refugio en el vecino país.

En la pasada campaña presidencial, donde ‘pulverizó’ a sus rivales del Partido Republicano y luego derrotó a la candidata consentida del establishment, Hillary Clinton, el nuevo presidente de Estados Unidos se comprometió a impedir la entrada a su país de inmigrantes provenientes de naciones con “una historia probada de terrorismo”.

¿Qué considera Trump terrorismo? ¿Para Trump y su gobierno las Farc y el ELN son grupos terroristas? ¿Qué pasa con aquellos gobiernos que han tenido tratos con dichas organizaciones subversivas, como ocurre con Venezuela y el propio gobierno colombiano, que acaba de firmar un nuevo Acuerdo Final de Paz con las Farc en La Habana?

La lucha contra el terrorismo ha sido una de las banderas de los republicanos en las últimas décadas, como dejó constancia histórica George W. Bush, luego del ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Su ofensiva contra las organizaciones señaladas de terroristas llevó a su gobierno a declararle la guerra al llamado ‘Eje del Mal’, conformado por Irán, Irak y Corea del Norte, ‘países amigos’ del actual régimen venezolano.

Bush diseñó un plan de defensa estadounidense basado en el llamado “ataque preventivo”, que llevó a sus Fuerzas Armadas a atacar naciones señaladas de patrocinar grupos terroristas, como ocurrió con la invasión a Afganistán, con el pretexto de que el gobierno de ese país daba refugio a Osama bin Laden y a militantes de su organización Al Qaeda. Y en 2003, Estados Unidos invadió Irak al señalar a su gobierno de poseer armas de destrucción masiva. La operación militar hizo parte de lo que George W. Bush llamó “la guerra contra el terrorismo”.

Donald Trump, tan republicano como Bush y tan deseoso de recuperar la “grandeza de Estados Unidos” como aquel, será un presidente de mano dura contra quienes considere organizaciones terroristas, o contra todos aquellos gobiernos que se muestren complacientes con dichas organizaciones. El problema para dichos gobiernos es que será Trump quien defina la condición de “terroristas” o de “aliados de terroristas”.

Donald Trump, ¿amigo de la paz de Colombia?

El pasado viernes, el presidente Juan Manuel Santos escribió en su cuenta de Twitter que había hablado por teléfono con Donald Trump y que acordaron fortalecer la relación “especial y estratégica bilateral”. En otras palabras, se trató de un diálogo cordial en el que, más allá de las felicitaciones de rigor por parte de Santos, no hubo ningún tipo de compromisos oficiales, como es apenas natural en una conversación que no duró cinco minutos.

Pero, de lo que no hay dudas es que para Colombia una cosa es tener en la Casa Blanca a un aliado incondicional como Barack Obama y otra muy distinta a un presidente ególatra e impredecible, como Donald Trump. Así lo entiende el propio Santos, quien en plena campaña presidencial de EEUU afirmó, en una entrevista a una agencia internacional de noticias, que “Hillary Clinton ofrece más garantías para la paz de Colombia que Donald Trump”.

Pero Hillary no ganó, entonces Santos deberá entenderse con Trump, que es la antípoda de la ex candidata demócrata. De cualquier manera, Santos confía en que las relaciones “especiales y estratégicas” entre Colombia y Estados Unidos no sufran mayores traumatismos, entre otras cosas, porque considera que durante mucho tiempo Colombia ha “tenido el privilegio de tener apoyo bipartidista durante muchos años”. Y ello debería seguir así. Pero está visto que con alguien como Donald Trump nunca se sabe.

El ojo está puesto en Venezuela

Aunque hay quienes sostienen que Colombia estará en la agenda del nuevo presidente de Estados Unidos muy pronto por los diálogos de paz del Gobierno con las Farc, lo cierto es que –por lo pronto– Trump enfocará sus reflectores hacia México y Venezuela.

La promesa del muro fronterizo sigue en la mesa, y buena parte de sus electores esperan que semejante desvarío se haga realidad muy pronto.

El asunto de Venezuela tiene nombre propio: Nicolás Maduro y sus estrechas relaciones con Cuba, China y con los países llamados por George W. Bush el “Eje del Mal”, como son Irán, Irak y Corea del Norte, flamantes ‘nuevos amigos’ del régimen chavista. Ese sí es un asunto delicado para la seguridad de EEUU, que fue una de las ofertas de campaña de Trump.

En la medida en que Venezuela sea una amenaza, Trump tomará acciones y apretará el pulso. De las Farc y del ELN la apuesta es por la negociación con el Gobierno colombiano.

Pero los vínculos de sus jefes con el régimen venezolano y la protección que reciben por parte de autoridades del vecino país serán objeto de monitoreo constante en la medida en que Venezuela ponga en riesgo la seguridad interna de EEUU. En esas circunstancias, lo mejor que pueden hacer es negociar su desmovilización y reinserción pronto.

Trump, ‘El Aprendiz’ de presidente

Una de las series más vistas por los estadounidenses en los últimos tiempos fue ‘El Aprendiz’, en la que un enérgico y exigente Donald Trump sometía a todo tipo de pruebas a jóvenes aspirantes a ser parte de los cuerpos directivos de algunas de sus empresas. “¡Estás despedido!”, era la frase con la que Trump decía adiós al joven aspirante, mientras millones de televidentes soñaban con tener el poder de uno de los hombres más ricos de EEUU. Pues bien, ahora ‘El Aprendiz’ es el propio Trump, y ello tiene con los pelos de punta a medio mundo.

Con Trump en la Casa Blanca, todos tendremos que dormir con un ojo abierto. Punto. Quedó demostrado que su desparpajo, su cinismo, su habilidad para mentir y manipular, su franqueza para llamar a Hillary “la tramposa”, su valor al descalificar al presidente Obama y su carencia de escrúpulos a la hora de aniquilar a todos sus rivales lo llevaron a la Casa Blanca. Ahora tendrá que demostrar que también sabe gobernar. Deberá demostrar que sí es posible construir un muro para impedir que millones de mexicanos lleguen a EEUU y que el gobierno de ese país tendrá que pagar su construcción; que sí es posible deportar a 11 millones de inmigrantes que viven en Estados Unidos, y que sí es posible gobernar sin crear nuevos impuestos.

Este largo listado hace parte de las múltiples promesas de Trump en tiempos de campaña presidencial. No cumplirá ninguna de ellas, pero eso ya a nadie parece importarle, empezando por el propio Trump. Esa es la política moderna.

¿Quiénes ganaron y quiénes perdieron?

Con Hillary Clinton perdió una clase política tradicional que nunca entendió las señales que les estaban enviando millones de estadounidenses, que ya están cansados de ofertas sin cumplir y de ser siempre los últimos de la fila. Millones de estadounidenses no votaron por Trump, votaron contra Hillary y lo que ella representa. Votaron contra una clase política negociante, traficante de influencias, indolente y cínica, que nunca supo descifrar las cartas de un ‘antipolítico’ como Trump, con tantos defectos como aquellos, pero distinto a la hora de venderse al elector.

Trump les prometió recuperar la grandeza perdida, pero nunca les dijo cómo. ¿Cómo lograrlo en un mundo globalizado? ¿Cómo hacer que la industria automotriz estadounidense –uno de sus mayores orgullos– recupere su esplendor en un mercado invadido por vehículos japoneses y coreanos mucho más útiles y económicos? Con Trump ganó el ‘neoconservatismo’ proteccionista, racista, armamentista, belicoso, xenófobo y homofóbico, que muchos pensaron que había quedado atrás con la elección de Obama. Nada de eso ocurrió. Ahora volvió con más fuerza. La pregunta que surge es: Quedarse sí, pero, ¿hasta cuándo?

Compartir: