Fritanga, en San Bernardo

Por : Oscar Montes

Hace varios años escribí en este mismo espacio una columna en la que me refería al proceso de ‘traquetización’ que se venía presentando en el Archipiélago de San Bernardo, donde como por arte de magia empezaron a proliferar una serie de construcciones estrambóticas que evidenciaban no solo el enorme daño que le estaban causando al medio ambiente marino, sino la compra indiscriminada de terrenos que son de la Nación y que por consiguiente no pueden ser objetos de ninguna transacción comercial por parte de particulares.

En aquella oportunidad me ocupé de la forma como las autoridades se hacían las de la vista gorda ante la compra masiva de terrenos en las islas, tanto por personas con recursos de buena procedencia, que querían invertir en el Archipiélago, como por otros personajes de dudosa reputación, que simplemente querían lavar buena parte de su maldita fortuna. Afirmé, luego de hacer un recorrido por el Archipiélago como turista, que las autoridades debían ocuparse de las islas y que tenían la obligación de investigar a los compradores de terrenos.

Al parecer, de nada sirvió la denuncia, pues los medios de comunicación han suministrado en estos días suficiente información acerca de la frustrada boda del narcotraficante Camilo Torres Martínez, alias Fritanga, quien fue capturado cuando celebraba sus nupcias en el Hotel Punta Faro en la Isla Múcura, una de las siete que conforman el Archipiélago y una de las pocas que reúne los requisitos para ser habitable, al igual que Isla Palma y El Islote, conocida como la Isla más poblada del mundo.

El Archipiélago de San Bernardo es uno de los lugares paradisíacos del Caribe. Se trata de un conjunto de islas e islotes ubicados a muy pocas horas de Cartagena y de Coveñas, que todos los años son visitados por decenas de turistas nacionales e internacionales, quienes se deleitan con su extraordinaria belleza. Por supuesto que un lugar así es apetecido por todo tipo de inversionistas, mucho más si no existe ningún control por parte del Estado, que deja que todos hagan lo que les venga en gana.

Isla Múcura, por ejemplo, es objeto en la actualidad de un pleito entre el Incoder y particulares quienes reclaman derechos de propiedad y posesión. Pero lo increíble de la historia es que Múcura figura como una de las propiedades que Salvatore Mancuso ofreció para reparar a las víctimas de los grupos de autodefensas. Es decir, uno de los hombres más buscados y sanguinarios del país tenía una isla a poco más de una hora de Cartagena, donde pernocta varias veces al año la mismísima familia presidencial y donde tiene su base principal la Armada Nacional. Algo así solo ocurre en Colombia.

La verdad es que ese tipo de hechos inverosímiles suceden porque el Archipiélago de San Bernardo está a la buena de Dios. El Estado sigue ausente. Su suerte no le importa a los burócratas de Bogotá, que vienen a asolearse a sus playas y ni siquiera se toman el trabajo de averiguar quiénes son los ‘nuevos ricos’ que están arrasando con los manglares para levantar viviendas estrambóticas y se pasean en lujosos yates a la vista de todos, incluyendo, claro, a las mismas autoridades. Por eso las denuncias que hacemos quienes tuvimos la fortuna de disfrutar de la belleza del Archipiélago hace muchos años –antes de que se convirtiera en refugio de bandidos, como el tal Fritanga– les entran por un oído y les salen por el otro.

¿Acaso nadie ve las cabañas que están construyendo ilegalmente en San Bernardo? ¿Dónde están el Incoder y las autoridades marítimas para evitar que esos terrenos, que son de la Nación, se vendan?

Mientras los ‘traquetos’ de todas las pelambres compran terrenos en San Bernardo, las autoridades guardan silencio. Esa es la verdad. ¿Dónde se protocoliza la compra de los terrenos del Archipiélago de San Bernardo? ¿De dónde procede el dinero con que los pagan? ¿Quiénes sirven de intermediarios y de testaferros para esas operaciones comerciales? ¿Quién autoriza la construcción de hoteles y cabañas en terrenos que son propiedad de la Nación?

Todas esas preguntas tendrían respuesta inmediata si existiera la firme voluntad de combatir a las organizaciones criminales que convirtieron el Archipiélago de San Bernardo y el Golfo de Morrosquillo en sus lugares predilectos para disfrutar de su nefanda fortuna y para sacar la droga con la que inundan los mercados internacionales. ¡Imposible que las autoridades no lo sepan!

Ahora, por cuenta de la francachela y la comilona que armó Fritanga para celebrar su matrimonio, volvemos a escuchar la historia de las propiedades de los narcos en San Bernardo y de la lista interminable de invitados al convite, entre artistas, modelos y cantantes. Es decir, la anécdota. La nuez del asunto es otra: mientras buena parte del Archipiélago de San Bernardo está quedando en manos de forajidos, al Estado poco o nada parece importarle. Esa es la triste verdad, así nos duela reconocerlo. Ojalá que el bochinche que se armó sirva para que las autoridades le metan muela al Archipiélago de San Bernardo y no solo para comer fritanga.

Por Óscar Montes
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