La mala hora de Sigifredo

Hace bien Sigifredo López en acudir a una veeduría internacional que le brinde las mínimas garantías de un proceso transparente, luego de que la Fiscalía General se ratificara en su decisión de mantenerlo detenido, después de señalarlo de ser uno de los responsables del secuestro y asesinato de los diputados del Valle del Cauca.

Y es que son muchos los colombianos –no solo Sigifredo– que empiezan a creer que el ex diputado –que hizo parte de los 12 que las Farc secuestraron en abril de 2002– no tiene garantías para vencer en juicio a quienes lo sindican de ser el peor de los criminales, pues, ¿qué otra cosa puede pensarse de alguien que planea y ejecuta el secuestro y asesinato de sus colegas? El propio Sigifredo ha pedido al fiscal Eduardo Montealegre que cambie al fiscal que lleva su caso, al considerar que le ha tendido una celada para mantenerlo preso.

El caso de Sigifredo López es, junto con el del estudiante Luis Andrés Colmenares, uno de los que mayor atención ha despertado entre los colombianos, quienes nos movemos todos los días entre la incredulidad y el asombro, puesto que siempre aparecen nuevos elementos que sirven para reafirmar una hipótesis o para conjeturar otras nuevas.

Para ordenar la detención de Sigifredo, la Fiscalía se basó en el video de un supuesto contacto de la guerrilla quien, sobre una maqueta, les explicó de manera detallada en la selva la ubicación de los diputados, así como los puntos de fuga y la ubicación de la Fuerza Pública.

De acuerdo con la Fiscalía, las características morfológicas de ese contacto coinciden plenamente con las de Sigifredo, así como su voz. En su momento, ese video fue considerado la prueba reina. Pero con el paso del tiempo la misma se ha ido debilitando hasta el punto de que hoy carece de la consistencia que tuvo al comienzo.

Las facciones de Sigifredo –incluida su nariz– son las mismas del 99 por ciento de los habitantes del Valle del Cauca que tienen ancestros indígenas. Al ser desvirtuadas las características fenotípicas de Sigifredo, quedó como único recurso de la Fiscalía el de la voz, que ha terminado convirtiéndose en objeto de controversia entre la defensa de Sigifredo y el organismo investigador.

Tanto las características morfológicas, como la voz, son consideradas pruebas técnicas, es decir son elementos probatorios “objetivos”, los cuales, a diferencia de las llamadas “pruebas testimoniales”, carecen del componente subjetivo que por lo general termina contaminando el desarrollo y la suerte de un proceso, pues los testimonios responden a emociones y están sujetos a la fragilidad de la memoria.

De manera que las pruebas objetivas deberían ser valoradas de una forma distinta a las pruebas testimoniales. Y en el caso de Sigifredo sí que es importante tener presente dicha valoración, pues mientras la confrontación de su voz con la del supuesto contacto con las Farc, realizada por el mismísimo FBI, arrojó resultados contundentes a su favor, los testimonios que han surgido de un tiempo para acá parecen condenarlo.

Pese a los resultados arrojados por la prueba técnica, que favorecen a Sigifredo, la Fiscalía prefirió darles plena credibilidad a los testimonios de quienes lo señalan de ser un criminal.
Testimonios que, como se ha visto, provienen de exguerrilleros detenidos o desmovilizados, quienes están más interesados en una significativa rebaja, o en cualquier otra gabela judicial, que en la suerte del ex Diputado.

Por desgracia, la modalidad aplicada por la Fiscalía ha hecho carrera en el país. De hecho, son varios los condenados cuyos procesos se soportan exclusivamente en testimonios de antiguos guerrilleros, paramilitares o delincuentes comunes, quienes hoy son consentidos por la Fiscalía o la propia Corte Suprema.

No quiere decir todo lo anterior que esas condenas carezcan de validez. Quiere decir que las pruebas testimoniales no son las únicas que se deben considerar para proferir una sentencia, pues está demostrado hasta la saciedad sus enormes debilidades y flaquezas. Una de ellas, quizá la más aberrante de todas, es que quienes son llamados a rendir testimonio terminan diciendo exactamente lo que quieren oír aquellos que tienen en sus manos su futuro inmediato. Y es claro que así no se imparte justicia, ni se llega a la verdad. Todo lo contrario: se cometen grandes injusticias.

Por Óscar Montes
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