Brasil parece estar en un callejón sin salida: crisis económica, política, empresarial y ecológica sumada a la falta de legitimidad en la línea sucesión, en caso de que el proceso de impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff finalmente ocurra. Hoy se espera el pronunciamiento de la Corte Suprema, que decidió frenar el proceso hasta que se aprueben todos los procedimientos seguidos hasta ahora.
Esta es, sin sombra de duda, la mayor crisis del Brasil democrático, un momento marcado por un vacío de liderazgos, por la ausencia de decoro parlamentario y por una marcada incapacidad de diálogo, articulación e inmadurez política. Además, una tendencia bastante evidente de tratar la política bajo la lógica del corporativismo, que tiene como su legítimo representante a Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de los Diputados, a quien el Consejo de Ética de la Cámara Baja decidió someter a un juicio político por su supuesta participación en hechos de corrupción.
El “todopoderoso” entrará en la historia de Brasil como uno de los políticos más nefastos: sangre fría, irónico, corrupto y profundo conocedor del régimen interno de la Cámara de Diputados al punto de acomodarlo a sus propios intereses. Cunha puso a todo un país en vilo.
Desde hace días, el presidente de la Cámara decidió acatar el pedido de impeachment presentado por uno de los expetistas (miembro del Partido de los Trabajadores) más consagrados: el abogado Helio Bicudo. Todo esto ocurre justo en el momento en que su vínculo con los esquemas de corrupción se tornaba cada vez más evidente; cuando sus colegas y algunos segmentos de la población brasileña empezaron a pedir su renuncia de la presidencia de la Cámara de Diputados. Una verdadera cortina de humo en beneficio propio y de la oposición, obviamente su más fuerte aliada en la cruzada pro impeachment.
Una frágil presidenta, Dilma Rousseff, asiste atónita al desmoronamiento de su castillo de naipes, de donde nunca salió y desde donde repitió miles de veces que la calle era el espacio de la democracia. No pudo explicar las maniobras fiscales, realizó una reforma ministerial tardía, no atendió con diligencia la crisis económica tantas veces anunciada y ahora, sola, paga por el pecado de todos sus antecesores: cerca de 500 años de clientelismo institucionalizado.
En esta coyuntura, la presidenta está cercada por los oportunistas de siempre y de última hora: el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), antiguo aliado incondicional del Partido de los Trabajadores (PT) y la bancada más representativa desde hace meses, con miras a la nueva redistribución de poder en caso de que el impeachment de Dilma Rousseff proceda. Bajo la máxima de sálvese quien pueda, aunque dividido ha abandonado gradualmente el PT.
La carta magistral del vicepresidente, Michel Temer, en la que habla acerca de su papel decorativo en el Gobierno, y la seguridad que la presidenta y sus colaboradores más cercanos tienen de que Temer es uno de los ideólogos más fervorosos del impeachment, afectaron aún más el cotidiano del Palacio del Planalto. La ruptura entre la presidenta y el vice presidente es evidente, a pesar de la aparente cordialidad de sus últimas declaraciones.
Medios representativos han dicho que desde hace meses Temer no solo articula –algo que sabe hacer muy bien debido a su formación de jurista, su innata habilidad política y su larga permanencia en el poder–, sino también elabora su programa de gobierno. Se rumora que ha intentado separar sus cuentas de las de Rousseff con el objetivo de despejar su camino hacia Planalto.
En esas horas tan difíciles es inevitable no recurrir a la historia para demostrar la gran diferencia entre los dos Neves: Tancredo Neves, protagonista del retorno de la democracia en Brasil, poseedor de una inteligencia y de una sensatez sin iguales, el último presidente elegido por elecciones indirectas, el cual murió pocos días antes de su toma de posesión. En uno de sus últimos pronunciamientos Tancredo Neves afirmó: “En este momento alto en la historia, nos enorgullecemos de pertenecer a un pueblo que no se cansa, que sabe alejar el miedo y no acepta acoger el odio. La nación entera se nutre de este acto de esperanza. Reencontramos, después de ilusiones perdidas y pesados sacrificios, el bueno y viejo camino democrático. No hay Patria en donde no hay democracia”.
En un momento tan desafiante de la historia de Brasil resurge Aécio Neves como uno de los líderes del impeachment. Nieto de Tancredo Neves, candidato a la Presidencia en 2014, joven, buen orador, nacido y creado en las esferas del poder, heredero político natural de su inolvidable abuelo, contrariando incluso al ícono de su partido, el expresidente Fernando Henrique Cardoso, terminó apoyando las “pautas bombas de Eduardo Cunha en el Congreso”.
Mal aconsejado o voluntarioso, no se sabe. Él era el candidato que lideraría las encuestas para la presidencia en 2018, bastaba un poquito de paciencia. Probablemente en cuatro años recibiría en sus manos el poder que tanto anhela y al cual se acercó bastante en las elecciones de 2014. Brasil está lleno de Aécios, pero necesita desesperadamente a Tancredos. El problema es que no los hay.
En este contexto, las calles son escenarios de manifestaciones pro y contra impeachment. El domingo, en más de 80 ciudades, los brasileños marcharon por la salida de la presidenta Dilma. No obstante, la prensa afirmó que comparadas a protestas anteriores el número de participantes bajó significativamente.
Es importante mencionar que la campaña pro impeachment de 1992 en el mandato de Fernando Collor de Mello fue distinta a la de Dilma, como bien lo define Miriam Leitão, una de las más renombradas columnistas del país: “Durante la crisis de Collor de Mello se tenía al vicepresidente Itamar Franco, que estaba aislado del grupo de poder y ni siquiera tenía partido. Esto lo preservó del conflicto (…). Además, el movimiento Ética en la Política, liderado por Betinho, creó la esperanza de un tiempo mejor y el grupo de ministros en la defensa de la gobernabilidad ayudó en la transición”.
Este 16 de diciembre será el acto público “Professores contra o impeachment por la democracia”, organizado por el Grupo Manifesto “Impeachment, Legalidade e Democracia”, en la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, la más importante del país. El mismo día en que el Supremo Tribunal Federal, órgano que suspendió la continuidad del proceso de juicio político, dará su pronunciamiento sobre la legitimidad del mismo. El documento firmado por intelectuales y académicos declara que “es innegable que vivimos una profunda crisis, pero la mejor forma de afrontarla es con la profundización de la democracia y de la transparencia, con respeto irrestricto a la legalidad”.
Por ahora, solo resta preguntar quién permanecerá en el poder: ¿Eduardo Cunha o Dilma Rousseff? De la forma impropia como el impeachment ha sido conducido y negociado es bien posible que, a pesar de la comprobación de sus cuentas en Suiza, Eduardo Cunha permanezca como presidente de la Cámara para liderar este triste tejemaneje que de democrático no tiene nada y que el juicio contra la mandataria con posibilidad de destitución sea aprobado, aunque hasta el momento sea jurídicamente inconsistente. Solo resta creer en el poder imparcial del Supremo Tribunal Federal y no olvidar que Dios también es brasileño.
EL ESPECTADOR