El rumor va camino de matar un pueblo

Por: O.E.A.

El 22 de noviembre de 2019 fue una noche de zozobra. Como hace unos ocho años cuando en Villavicencio corrió la voz que el río Guatiquía se había represado y por el invierno esa presa se rompió y venía furiosa una avalancha tan grande o peor que la de Armero de 1985.

El pánico en la capital del Meta fue indescriptible. Esa noche todos presurosos escogían los principales enceres y salían de sus casas en carro o a pie a algún lado. Todos pretendían huir del alud de agua y lodo que anegaría la ciudad. Nudos de autos en aquel laberinto de gritos, llantos, desespero y angustia se apoderaron de Villao. No faltó nada para que de verdad ocurriera una tragedia. La providencia y un conato de sensatez de las autoridades lo evitó.

En Bogotá no fue muy diferente. Luego de un jueves de protestas pacíficas, un histórico cacerolazo y diversas imágenes de desmanes, vandalismo y robo, el viernes regresó el paro y las movilizaciones en el día.

En la noche del viernes vendría otro cacerolazo, pero esta vez, las redes y la voz a voz corrieron a la velocidad de la luz, como una horda incontenible de rumores que incluso algunos dicen fue alimentada por algún miembro de la fuerza pública. El pánico, el miedo y la zozobra invadieron todo.

Primero dijeron que iba a ocurrir un apagón, luego empezaron a aparecer rumores y algún video que la turba se esta metiendo a los conjuntos residenciales en varios puntos de la ciudad. Todo eso fue como una chispa en un pastizal seco, como una avalancha de zozobra, más aún cuando hoy los habitantes del Distrito Capital, del estrato uno al seis, en su mayoría viven resguardados por cerramientos en conjuntos y condominios de apartamentos.

Se metieron en el conjunto de al lado, saltaron la reja, tumbaron la puerta de la recepción, viene un grupo de encapuchados a ingresar a nuestra agrupación, en aquel lado cogieron a un ladrón, ya están acá, en aquel otro pasó tal cosa, llegaban chat, videos, fotos, llamadas, los noticieros, en fin, todos terminamos abriéndole la puerta al miedo, al terror de una ciudad sin autoridad anegada por el caos.

Parece que nada fue fortuito. Las imágenes de robos a supermercados, incluso con buses que tumbaban grandes puertas, la destrucción de cajas que contenían dinero de pasajes de Transmilenio y el vandalismo desbordado sin que se notara la presencia de la fuerza pública alimentaron la zozobra colectiva.

Parece que nadie se quedó con la imagen de la joven que enfrentó a un vándalo que destruía vidrios en una estación de Transmilenio, de un grupo estudiantes que enfrentaron a un ladrón que hurtaba las taquillas del sistema masivo, de los ciudadanos que protegían un grupo del Esmad en una estación, de los integrantes de una barra de millonarios que desafiaron a un puñado de venezolanos y regresaron los elementos robados aun almacén y gritaban orgullosos Colombia, Colombia, Colombia.

Nos quedamos con el pánico colectivo. Todos salieron a proteger sus hogares, a montar guardia a las entradas o rejas de sus conjuntos con palos de escoba, bates, espadas o cualquier otra arma o elemento contundente. Las avalanchas de personas ocurrieron al interior de los conjuntos, un ejército de piyamas, ruanas o sudaderas armados de zozobra corrían de un lado a otro a perseguir supuestos ladrones en las zonas comunes, pedían que apagaran las luces, luego de las prendieran, gritaban, todo en medio de un pánico colectivo que actuaba apoderado del miedo.

Solo el tiempo y algún mensaje sensato y casi tardío del alcalde mayor evitó una verdadera tragedia por aquella histeria colectiva. Muchos vecinos terminaron conociéndose esa noche, compartiendo una aguadepanela, un tinto, chocolate o hasta un traguito de aguardiente en medio del frío y de aquella vigilia; así como brindándole comida y consideración a los guardas que se doblaron de turno.

Sin embargo, quedó sembrada el pánico, la inseguridad, la incertidumbre que nubla cualquier reclamo social y la avalancha de temor que apaga la sensatez y la cordura. Se reforzó un hastió contra los paros, manifestaciones o marchas que terminan con vandalismo y desordenes. Gracias a la noche del viernes 22 de noviembre, como en el cuento de Gabriel García Marquez, «Algo muy grave va a suceder en este pueblo», o como la imaginaria avalancha de Villavicencio de hace unos años, la zozobra cultivada por el rumor va camino de matar un pueblo.

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