El primer año

Duque es visto como una persona de diálogo y ajeno a la agresión verbal, pero no ha logrado unir al país como lo planteó hace un año.

Por Carlos Obregón

El primer año de un presidente por lo general se mide por los logros como líder, que se obtienen gracias al respaldo de quienes lo eligieron y a la luna de miel con la opinión para hacer grandes reformas y tomar decisiones, no siempre populares, para cumplir sus promesas.

En el caso del presidente Iván Duque, las reformas esperadas no se vieron en su primer año, ni tampoco tuvo el compás de espera que se concede de forma generosa al recién posesionado.

Su decisión de cambiar el habitual esquema de entendimiento con el Congreso, no cambiar leyes por puestos con los partidos de la coalición –al menos no como se ha hecho siempre–, impidió que algunas de las reformas avanzaran, a lo que sumó que no hizo el esfuerzo necesario para concertar con la oposición.

El presidente es un convencido de que esa decisión será valorada en el futuro, pero quienes lo critican le recuerdan que no dar puestos no significa dejar de argumentar y persuadir para buscar consensos. El plan de desarrollo, la ley de financiamiento y la ley de modernización de las TIC, por ejemplo, terminaron saliendo, pero dejaron descontentos a muchos, incluido el mismo gobierno. Y las propuestas anticorrupción, que el presidente apoyó, no fueron defendidas con fuerza en el Congreso y se hundieron.

Pero no fue solo eso. Su partido tampoco ayuda ni en el Congreso ni en facilitar la gestión Gobierno. A lo largo de este año se ha insistido en que el presidente ha sido rehén de las presiones legislativas, burocráticas y en la adopción de medidas cuestionadas fuertemente por la oposición y la opinión. La presión para el cambio de la cúpula militar fue clara desde el día de la posesión.

En estos 12 meses de gobierno los acuerdos de paz no fueron hechos trizas. Sus críticos reconocen tareas como la del consejero para la consolidación y la de la Unidad de Víctimas por su tarea seria. Sin embargo el presidente y su partido intentaron cambiar la columna de la nueva institucionalidad de la paz con proyectos como las objeciones a la ley estatutaria de la JEP o la creación de una sala especial para juzgar a los militares, mientras que los proyectos rurales no han sido presentados aún. A un alto costo porque el Congreso, las cortes y la comunidad internacional, desde sus visiones y funciones, han hecho respetar lo pactado. Uno de los problemas, según el corte de cuentas que acaba elaborar un grupo de congresistas, es que la visión del gobierno es que los acuerdos no son una política de Estado sino una política de paz de Santos.

Duque es visto como una persona trabajadora, bien intencionada y ajena a las agresiones verbales, pero no ha logrado unir al país como lo planteó hace un año. En eso le ha faltado liderazgo y ha sido poco osado. Ha tenido una dura oposición en el Congreso que no ha facilitado esa tarea, pero también es cierto que él no ha propiciado los escenarios. Las objeciones a la JEP devolvieron al país a 2016cuando se votó el referendo. Los intentos de un acuerdo nacional no han pasado de unas reuniones con cada partido –ha desconocido al partido Farc– y las coyunturas especiales para ello –normas anticorrupción, paz y justicia—no han sido aprovechadas porque ha primado más la visión de partido que la visión de país.

Por otro lado, acorde con su visión de gobierno, el presidente se la jugó por un primer gabinete lleno de gente joven y de técnicos, como lo reclama un país aburrido de los políticos en el poder. Aunque la Casa de Nariño se niegue a reconocerlo, el gabinete no ha estado a la altura. La mayoría no han sabido entender las dinámicas del Congreso y algunos se han destacado más por sus salidas en falso, como los de Defensa y Hacienda. Los que están haciendo la tarea con acierto, poco la saben comunicar. Además, en su equipo, el presidente no ha tenido líderes que salgan a defenderlo. Ese vacío lo ha copado el Centro Democrático.

Así mismo, las encuestas marcan bajo en apoyo al presidente y a su gestión de gobierno. Habrá que ver si además de hechos como el desempleo o la inseguridad, está sucediendo lo que advirtió el analista Ángel Beccassino en Hora 20 en el sentido que hay una distorsión, y es que el país mira más a Uribe que a Duque

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