LEY DEL MONTES | La selección es Colombia

POR OSCAR MONTES

@LEYDELMONTES

Lecciones que nos dejó la eliminación de la Copa América de Brasil ¿Nos ganó el triunfalismo? Análisis.

Ahora, con la derrota a cuestas y con las ilusiones arrumadas una vez más en el último rincón del alma, hay más preguntas que respuestas. Ahora, con las valijas vacías, esperando en la recepción del hotel a nuestros jugadores, para que regresen una vez más frustrados, impotentes y resignados, volvieron los reproches y los señalamientos. Ahora regresaron las dudas y los por qué. ¿Por qué no cobró el quinto penal Duvan Zapata? ¿Y por qué lo cobró Tesillo? ¿Por qué el técnico Queiroz dejó en el terreno de juego a Cuadrado y por qué no metió a Cardona? ¿Por qué no jugó Luis Díaz desde el comienzo? Los más de 40 millones de directores técnicos -que somos los colombianos cuando juega nuestra Selección- nos preguntamos ahora por qué, por qué, por qué…

Y todas esas preguntas que nos hacemos tienen cada una de ellas una respuesta, pero también hay una sola respuesta para todas ellas. Y la respuesta tiene que ver con nuestra forma de ver la vida, con nuestra euforia desbordada cuando ganamos y nuestro sino trágico y fatalista cuando perdemos. Tiene que ver con nuestro talante como país, con nuestra cultura, con nuestra incapacidad para creernos el cuento, con nuestro triunfalismo desbordante y nuestro derrotismo desbordado. Tiene que ver -y mucho- con nuestra incapacidad para emprender ambiciosos proyectos colectivos. Tiene que ver -y mucho- con nuestra dejadez e indisciplina, que se traduce en dejar todo en manos del talento individual, para que se encargue de resolver en el último minuto y con una genialidad, lo que no pudimos resolver entre todos como conjunto. Tiene que ver con eso que llaman “miedo escénico”, que se apodera de nosotros, cuando estamos obligados a ser protagonistas y dejar de ser actores de reparto, sin importar si te llamas James o Falcao y eres la estrella en los mejores equipos de Europa. Los colombianos ganamos batallas, pero al final perdemos la guerra. La Selección Colombia ganó sobrada la fase de grupos, pero quedó eliminada en los cuartos de final. Después de cruzar el océano a velocidad de crucero se murió exhausta en la orilla.

Así ha sido siempre, por desgracia. Nuestros triunfos son individuales y nuestras derrotas son colectivas. Son triunfos que nacen del hambre, que lleva a muchos de nuestros deportistas a reventarle el traste a la vida, porque la vida misma no les deja otra opción.

Y no solo pasa en el fútbol. En el ciclismo, nos vanagloriamos de los éxitos de Lucho Herrera o de Nairo Quintana, no de los que obtiene el equipo nacional, que son pocos por cierto. En el boxeo, Pambelé, Rocky Valdés y Happy Lora nos sacaron lágrimas de felicidad con las muñequeras que les pegaron a sus rivales. Y Helmut Bellingrot nos hizo felices con sus medallas en tiro y Édgar Rentería en béisbol y María Isabel Urrutia en pesas y Caterine Ibargüen en atletismo…

Son fotografías en las que los vemos a ellos felices pero solos, porque cuando se trata de registrar para la historia la imagen del equipo, casi siempre, aparecen todos sus integrantes llorando y mustios, como ocurrió el viernes, luego de perder con Chile en la Copa América de Brasil. ¿Vieron a James como lloraba desconsolado, como un niño sin su balón, en el césped del Arena Corinthians de Sao Pablo?

Otra vez será, decimos compungidos después de recibir la bofetada y de poner la otra mejilla, una vez más. ¿Otra vez será? ¿Cuándo será esa otra vez, que no llega? ¿Otra vez será? ¿Cuándo? ¿Cuándo nuestros nietos estén viejos? ¿Cuándo ya no tengamos aliento para gritar, ni fuerza en las manos para aplaudir? ¡Cuándo será por Dios!

El triunfalismo es el peor consejero

La Selección Colombia que más nos ilusionó fue aquella que le metió cinco goles a Argentina en el mismísimo Monumental de Núñez de Buenos Aires, el 5 de septiembre de 1993, luego de que el prepotente Maradona dijera que “Colombia no podía cambiar la historia”. ¿Lo recuerdan? Hasta el “El Rey Pelé” dijo que éramos favoritos para ganar el Mundial de Estados Unidos en 1994. Pero el sueño terminó en pesadilla. Nos devolvimos en la primera vuelta con el rabo entre las piernas, como perros regañados. Rumania nos reventó contra el pavimento en el primer partido. Una Rumania a la que nadie en Colombia había visto jugar, empezando por el técnico Maturana. ¿Para qué teníamos que verla si ya éramos campeones? La pesadilla de Estados Unidos cobró la vida de un inocente: Andrés Escobar. Somos triunfalistas por naturaleza. Ganamos los partidos antes de jugarlos. Irrespetamos la historia de los demás, como Brasil y Argentina; pero también su presente, como Chile, que es bicampeón vigente de la Copa América. Así como no sabemos perder, tampoco sabemos ganar. La celebración del 5-0 dejó 82 muertos y 725 heridos en todo el país. Nos matamos de alegría y nos morimos de tristeza. Punto. El triunfalismo acaba con la humildad, como ocurrió esta vez después de ganarle a Argentina, Paraguay y Catar. ¡Hicimos 9 puntos de 9 posibles! Y una vez más fuimos campeones antes de jugar.

La diferencia entre la gloria y las manos vacías

Una cosa es ser triunfalistas y otra muy distinta es creerse el cuento. Nosotros somos triunfalistas, pero no nos creemos el cuento. Creerse el cuento es ser consciente de nuestras debilidades, pero también de nuestras fortalezas. Mientras el triunfalista minimiza las fortalezas y maximiza las debilidades, el que se cree el cuento maximiza las fortalezas y minimiza las debilidades. Esa es la gran diferencia entre aquellas selecciones que ganan todo y aquellas que ganan poco. Quienes se creen el cuento solo celebran en el último partido y cuando tienen el trofeo en sus manos, antes no. Esos equipos aprenden más de las derrotas que de los triunfos. Mientras aquellas dejan enseñanzas, estos últimos inflan los egos. Mientras aquellas fortalecen al grupo, los triunfos sirven para alimentar vanidades. Creerse el cuento es saber que se puede perder, pero nunca se puede dejar de luchar. Creerse el cuento es tener la capacidad y la inteligencia para superar las situaciones límites, aquellas en las que no hay mañana, como era el caso del viernes contra Chile. Ganar significaba acercarse a la gloria y perder quería decir volver con las manos vacías, como decenas de selecciones Colombia que han vuelto y de las que hoy nadie se acuerda.

La importancia de asumir responsabilidades

“Aquí la única persona responsable de lo sucedido soy yo”, con esta frase Carlos Queiroz, Director Técnico de la Selección Colombia, nos mostró la madera de la que está hecho. ¡Así es como debe responder el capitán del barco! No buscando evasivas o descargando la responsabilidad en los antecesores. Bien pudo Queiroz decir que apenas ha jugado ocho partidos y que todavía no conoce al grupo. O afirmar que encontró un equipo desmotivado por cuenta de Pékerman, el anterior técnico. Cualquier frase le pudo servir de excusa. Pero Queiroz puso la cara y reconoció culpas. En Colombia somos expertos en señalar a los otros para evadir responsabilidades, ocurre todos los días con los políticos, especialistas en subirse al bus de la victoria. Cada jugador de la Selección debe hacer su propia evaluación. Nadie mejor que ellos saben en qué fallaron. No vamos a señalarnos de forma individual, sencillamente porque el resultado del equipo fue producto de lo que cada uno de ellos aportó. Y la prensa también debe asumir su cuota de responsabilidad: ¿se dejó encandilar con los primeros triunfos y no observó las sombras que había detrás de ellos? ¿Dejó de lado una visión crítica, pero constructiva, que hubiera servido para hacer una lectura más realista de la Selección? ¿No mantuvo la distancia prudente que se requería para observar el desempeño de los jugadores y del propio Queiroz de una forma más objetiva?

No podemos exigir triunfos, cuando alimentamos fracasos

No podemos exigirle a la Selección lo que nosotros como país no estamos dispuestos a dar. No podemos pedirle unidad, cuando la Colombia de hoy es un lodazal lleno de cuchilleros. No podemos exigirle triunfos, cuando nuestros dirigentes no reconocen sus derrotas. No podemos demandar de nuestros jugadores una mayor entrega y un mayor compromiso, cuando nuestra clase dirigente se muestra indolente con la suerte de la inmensa mayoría de los colombianos. No podemos señalar a nuestros jugadores de un fracaso, cuando todos nosotros no hemos sido capaces de construir un proyecto colectivo -¡uno solo!- que nos ponga a todos en la misma orilla. No podemos -en fin- pedirles a nuestros jugadores que tengan sed de triunfos, cuando nosotros nos levantamos a diario pensando que todo está perdido y que ya nada podemos hacer. Empecemos por cambiar nosotros y veremos como, poco a poco, cambia nuestra Selección. Entre todos podemos cumplir el sueño de estar en Catar 2020, que es el reto que nos espera.

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