La Ley del Montes | ¡No se deje, presidente!

Por Oscar Montes

@LeyDelMontes

Por cuenta de su campaña por la reelección, Donald Trump decidió emprenderla de forma despiadada contra Iván Duque.

Desesperado como está por su reelección, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no encontró mejor caballito de batalla que emprenderla contra el único aliado incondicional que tiene en América Latina: Iván Duque Márquez, presidente de Colombia.

En efecto, en las últimas dos semanas Trump se ha despachado contra el gobierno colombiano de una manera tan grosera y descalificadora que hasta el propio Nicolás Maduro debe estar muerto de la risa. Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, también debe sentir un fresquito ante la lluvia de señalamientos que está recibiendo Duque. ¡Con esos amigos, para qué enemigos!

“El negocio de las drogas –afirmó Trump– ha crecido un 50 por ciento desde que el presidente Duque llegó al poder”.

Pero no contento con semejante afirmación ligera y descontextualizada, Trump sostuvo que Colombia –junto con Honduras, Guatemala, El Salvador– lo único que hace es enviarle criminales a su país, “porque no los quieren y creen que la gente de Estados Unidos es estúpida y los reciben”.

Esta andanada contra Colombia y contra Duque se vino a sumar a otra que ya había proferido la semana anterior, en la que afirmó que el presidente de Colombia es “un buen tipo, pero no ha hecho nada para evitar que la droga de su país y llegue a los Estados Unidos”.

Es evidente que el discurso de Trump responde más a los afanes de un candidato que a la responsabilidad de un Presidente, pero señalar a Duque del crecimiento del negocio del narcotráfico en un 50 por ciento desde que llegó a la Presidencia es –en el mejor de los casos– una gran injusticia. ¿Por qué razón? Porque Trump ignora olímpicamente que Duque recibió un país nadando en 220.000 hectáreas de coca y que ese mar de cultivos ilícitos no va a desaparecer en apenas nueve meses, por más esfuerzos que haga el gobierno colombiano.

Pero es una gran injusticia –sobre todo– porque Trump solo cuenta una parte de la historia, aquella que le conviene. La verdad cruda y simple es que Colombia exporta más cocaína porque Estados Unidos consume más cocaína. Punto. Esas son las reglas del mercado: si hay mayor demanda, habrá mayor oferta. Mientras los gringos se sigan metiendo miles de toneladas de coca por sus narices, Colombia seguirá produciendo miles de toneladas de cocaína para que los gringos se las metan por sus narices. Esa es la parte de la historia que Trump ignora de forma injusta y cínica.

Como el narcotráfico es un negocio ilegal de doble vía –del que se deriva una corresponsabilidad– tanto derecho tiene Trump de exigirle resultados a Duque, como Duque de exigirle resultados a Trump. Es decir, el mismo tonito altanero y grosero que emplea Trump para referirse a su mejor aliado en América Latina, debería emplear Duque para exigirle resultados al “candidato-presidente” de Estados Unidos. No es un asunto de dar y recibir órdenes, sino de dignidad.

Al parecer Duque ya entendió cómo es la manera que debe entenderse con Trump. Por esa razón –cansado y aburrido de sus desplantes– le respondió el pasado jueves desde la nueva sede de la Universidad Sergio Arboleda de Barranquilla con vehemencia y tono fuerte: “A Colombia nadie le tiene que dictar lo que debe hacer”, afirmó en su discurso.

“Colombia es un país que sabe cooperar internacionalmente –sostuvo Duque– y sabe construir alianzas. Nunca hemos tenido una política servil, sino digna y respetable y así la seguiremos teniendo”.

Pero el gran problema que tiene Colombia es que Trump cree ciegamente que el narcotráfico es un asunto que solo tiene que ver con la producción, algo muy distinto a lo que pensaba su antecesor, Barack Obama, quien sí diseñó una política encaminada a bajar los índices de consumo en su país. En ese delicado asunto, las diferencias entre demócratas y republicanos son abismales.

En su arrogancia y absoluto desconocimiento de la realidad, el “candidato-presidente” Donald Trump ni siquiera hace un reconocimiento a los centenares de hombres y mujeres que en Colombia han perdido la vida, o han quedado mutilados, por cuenta de combatir el narcotráfico, no solo en los campos donde se cultiva la hoja de coca, sino en las grandes ciudades, como ocurrió en tiempos de Pablo Escobar y el tristemente célebre “cartel de Medellín”.

Para que las relaciones entre Colombia y Estados Unidos funcionen de la mejor manera, como ha ocurrido en las últimas décadas –independiente de los nombres de los inquilinos de la Casa de Nariño y la Casa Blanca– se requiere de la aplicación de dos palabras: cooperación y solidaridad. A Trump ninguna de las dos lo seduce. Él prefiere dar órdenes y así es muy difícil pensar en unas relaciones independientes y armónicas. ¿Qué hacer ante los desplantes de Trump?

¿Dónde están los “colombianólogos” de la Casa Blanca?

A la hora de señalar culpables, Trump no distingue a Juan Manuel Santos de Iván Duque. Para él ambos son culpables de inundar a Estados Unidos de cocaína. Hay quienes en Washington ponen en duda que Trump sepa en realidad dónde queda Colombia. Si ello es así –algo que es bastante probable– mucho menos podría ocuparse de establecer diferencias entre un gobierno y otro. Por eso se requiere con urgencia establecer puentes que permitan una relación mucho más fluida con quienes le hablan al oído, que son aquellos “colombianólogos” que conocen el país y son capaces de explicarles a los presidentes de Estados Unidos la letra menuda de nuestra realidad. Así ocurrió con Bill Clinton, con George W. Bush y con Barack Obama, quienes tampoco es que supieran mucho de Colombia. Tal vez Clinton por cuenta de la obra de nuestro Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.

Ser amigo de Trump, un “honor” que cuesta

Ser amigo del estudiante patán y antipático del curso es un “honor” que cuesta. Y la verdad es que nadie en el vecindario quiere a Trump. El único gobernante que se jugó a fondo con Estados Unidos para tratar de buscar la salida de Nicolás Maduro del poder en Venezuela fue Duque. Pero el famoso “cerco diplomático”, pregonado por el presidente colombiano, no produjo los resultados esperados. Maduro sigue en el poder y Duque terminó regañado por Trump. Creer en la lealtad de Trump también es un error, puesto que como todo hombre de negocios, él no tiene corazón sino intereses. Y en estos momentos su mayor interés es permanecer en la Casa Blanca y si para lograrlo debe “trapear el piso” con su mejor aliado en América Latina no dudará un segundo
en hacerlo. Otra cosa es que Colombia se deje.

Una cosa es ser respetuosos y otra dejarse irrespetar

Uno de los problemas que tiene el presidente Duque para contestar las agresiones verbales de Trump es saber con claridad a quién debe responder: ¿Al candidato Trump o al presidente Trump? Es claro que quien está desatado contra el gobierno colombiano es el “candidato Trump”. De hecho, su más reciente arremetida –que no será la última– ocurrió en un acto de recolección de fondos para su campaña en San Antonio, Texas. Trump está centrando su campaña en el “elector profundo”, que no es otro que ese votante básico que ve a los inmigrantes latinos como enemigos. De ahí que meta en el mismo saco a colombianos, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, que llegan a su país y a quienes señala de forma irresponsable de “criminales”. Trump apuesta de nuevo –como en el 2017 cuando llegó a la Casa Blanca– a contar con ese respaldo. Pero semejante barbaridad merece –sin duda– una respuesta clara y contundente de nuestra cancillería y de la embajada en Washington. Colombia debe entender que el carácter no riñe con las buenas maneras y que una cosa es ser respetuoso y otra bien distinta es dejarse irrespetar.

¿Justo reclamo o estrategia electoral?

A diferencias de gobernantes estadounidenses mucho más racionales con quienes Colombia ha teñido excelentes relaciones en el pasado reciente –como Clinton y Obama– Trump es un mandatario impulsivo y visceral. Mucho más si está en campaña por su reelección, que es lo que sucede en estos momentos. Al encontrarse en la última fase de su mandato y con la firme intención de repetir período, Trump necesita reafirmar su discurso populista y nacionalista, que tantos réditos le produjo en la pasada campaña presidencial, donde derrotó a Hillary Clinton. En ese sentido el lenguaje agresivo contra Colombia obedece en realidad a una estrategia electoral muy bien diseñada, que busca consolidar su influencia en buena parte de sus votantes.

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