Otra pelea por el trapo rojo

El argumento que exponen hoy los disidentes liberales es la diferencia ideológica con el gobierno Duque. Es un argumento vendedor, pero relativo.

POR CARLOS OBREGON

Una nueva crisis acaba de estallar en el Partido Liberal por cuenta de las relaciones de la jefatura del ex presidente César Gaviria con el entonces candidato Iván Duque –a quien acompañó en segunda vuelta– y luego con su gobierno, respecto del cual se declaró independiente, pero no en oposición.

La rebelión la encabezan ex ministros que estuvieron en el gobierno SantosJuan Fernando Cristo, Guillermo Rivera, Yesid Reyes, Amylkar Acosta y jóvenes que fueron viceministros como Luis Ernesto Gómez — quienes esperaban de Gaviriauna ruptura a fondo con un gobierno que ha planteado erradicación forzada de narcocultivos, “fracking”,  IVA a toda la canasta familiar y que tiene dentro de sus embajadores a Alejandro Ordóñez. Son disidentes que, de muchas maneras, se la jugaron por defender el proceso de paz y las víctimas del conflicto.

Las disidencias en el liberalismo no son nuevas. Casi que nacieron con la creación del partido en el siglo XIX por sus alianzas con gobiernos conservadores que estaban más del lado de la Iglesia que de los artesanos o de los indígenas. En el XXlo fueron Gaitán, López Michelsen y Luis Carlos Galán. Del mismo tronco se desprendieron la U y Cambio Radical, por razones similares a las de ahora: la U para irse con Uribe y Cambio como rechazo al gobierno Samper y luego para alinearse con Uribe cuando vieron inviable la candidatura de Serpa en 2002.

El argumento que exponen hoy los disidentes es la diferencia ideológica con el gobierno Duque al que ubican a distancias siderales del de Santos. Es un argumento vendedor, pero relativo. El Liberal –como el conservador o la U hoy o Cambio—desdibujó sus límites ideológicos hace rato. El de hoy poco tiene qué ver con el que registra Jorge Orlando Melo en “Historia mínima de Colombia”, con banderas al lado de los sindicatos, anticlerical y promotor de grandes reformas sociales hace menos de un siglo.

Hoy el Partido –del que han hecho parte los disidentes– es una personería jurídica y una confederación de jefes regionales que sobreviven gracias a sus alcaldes y gobernadores y a los puestos y contratos que les entregan. Poco les dicen sus dirigentes a los jóvenes, a los trabajadores y a los desplazados. Votan cualquier proyecto en el Congreso a cambio de favores.

Los grandes debates de control político en el Congreso hace rato se los cedieron a la oposición de izquierda. La dirección actual de Gaviria no se parece en nada a la que ejerció en el gobierno Uribe cuando hubo fuerte oposición liberal. Su más reciente foto con los ex presidentes Pastrana y Uribe buscando acuerdos para elegir contralor generó rechazo en la opinión y en sectores de su partido. La crisis no es nueva, pero esta vez parece ser más profunda que las anteriores.

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