LEY DEL MONTES | ¿Saldrá Maduro a las malas?

Por Oscar Montes

@LeydelMontes

Por primera vez desde que comenzó la Revolución del Siglo XXI, la OEA plantea la posibilidad de una intervención militar para superar la crisis de Venezuela ¿Cuáles serían sus efectos?

La situación que atraviesa Venezuela ha llevado a la comunidad internacional a considerar escenarios que hasta hace tan solo algunos meses eran descabellados. Uno de ellos es el de una intervención militar que saque del poder a Nicolás Maduro y ponga fin al régimen chavista, después de 20 años de la llamada Revolución del Siglo XXI. Es lo que acaba de plantear el secretario general de la OEA, Luis Almagro, en la frontera colombo-venezolana, donde se reunió con desplazados del vecino país.

“No habíamos visto nunca un régimen más inmoral como el de Venezuela, que niega ayuda humanitaria para su gente en momentos de la peor crisis que ha visto las Américas. La comunidad internacional no puede permitir una dictadura. Necesitamos acciones y respuestas. No debemos descartar ninguna opción, como la intervención militar para derrocar el régimen de Nicolás Maduro, que está perpetrando crímenes de lesa humanidad contra la población. Es violación a los Derechos Humanos, es sufrimiento de la gente en éxodo”, declaró Almagro en la frontera.

Una intervención militar en Venezuela significa el abandono de todas las vías diplomáticas que hasta el momento se han empleado para que el vecino país supere la crisis que atraviesa. Significa también el reconocimiento público de que el régimen chavista no saldrá del poder a las buenas, sino a las malas. En otras palabras, la intervención militar sería el portazo definitivo a la búsqueda de una salida pacífica a la actual situación de Venezuela.

Que ese escenario lo haya planteado el Secretario General de la OEA habla tanto de la magnitud de la crisis, como del desespero de la comunidad internacional ante el cinismo y los constantes abusos de Maduro, quien no solo no admite la crudeza de los hechos, sino que responsabiliza a terceros de la tragedia que él y sus aliados han causado. Lo que ocurre en Venezuela es responsabilidad exclusiva del régimen chavista y serán sus líderes quienes rindan cuentas de sus actos.

La intervención militar significa también el fracaso de todas las otras salidas políticas, diplomáticas y económicas que se han explorado hasta la fecha. Ninguna de ellas ha servido para que Venezuela salga del foso al que la llevó el régimen chavista. Todo lo contrario: cada día que pasa la situación se agrava. Lo que antes era una crisis política y económica interna, hoy es una enorme tragedia social y humanitaria, que ha producido el éxodo de millones de venezolanos y compromete la estabilidad de todo el continente.

En Venezuela la comunidad internacional ha promovido diálogos entre el gobierno y la oposición y todos han fracasado. Las sanciones económicas a los jefes del chavismo -poseedores de bienes y multimillonarias cuentas en bancos en todo el mundo- tampoco han servido para promover cambios internos en la cúpula del chavismo. Ninguna sanción ha logrado mover una sola ficha del “ala dura” del chavismo. Todo lo contrario: cada medida internacional contra los aliados de Maduro, sirve para atornillarlos aún más en el poder. Los hechos lo que demuestran es que existe en la cúpula chavista una perversa complicidad, que lleva a que todos se cubran con la misma cobija.

La permanencia del chavismo en el poder se traduce cada día que pasa en mayor frustración en la comunidad internacional, que empieza a mostrar señales de fatiga. Donald Trump, al parecer, tiene asuntos internos mucho más urgentes que atender, que seguir conspirando contra Maduro. El Grupo de Lima reaccionó muy tarde, gracias -entre otras cosas- al astuto manejo que le dio Santos al asunto venezolano: mientras negoció con las Farc, consintió a Maduro y se opuso a cualquier tipo de sanción a Venezuela, pero cuando logró la firma del acuerdo de paz, convirtió al presidente de Venezuela en su “peor enemigo”, para congraciarse con Estados Unidos.

Europa -a excepción de España y Rusia, que tienen multimillonarios recursos comprometidos- no se inmuta. China tomó partido por Maduro, a quien tiene empeñado hasta el cogote.

¿Qué hacer ante esa situación? ¿Es viable una intervención militar en Venezuela? ¿A qué juega el gobierno de Iván Duque ante la gravedad de la crisis venezolana?

Donald Trump, ¿más preocupado por el “fuego amigo” que por Maduro?

En estos momentos Donald Trump piensa más el “fuego amigo” que está recibiendo de sus empleados en la Casa Blanca, que lo tienen desvelado y nervioso, que en Maduro y Cabello. Pero eso no significa que haya sacado a Venezuela del llavero. El asunto es de prioridades: se avecinan las elecciones parlamentarias y necesita con urgencia mantener las mayorías republicanas para poder seguir adelante con sus iniciativas. Y aunque a Trump no es que le preocupe mucho ser el malo de la película, tampoco quiere ser más malo que Maduro. Es decir, si Estados Unidos se mete de lleno a Venezuela, mediante una intervención militar, como lo han planteado, entre otros, el senador por La Florida, Marco Rubio, y el analista Ricardo Hausmann, Maduro y sus aliados tendrán el pretexto perfecto para justificar no solo su fracaso, sino sus abusos. Es mucho más útil y práctico para la Casa Blanca, respaldar de forma consistente y efectiva las movilizaciones populares pacíficas, una vía que la oposición exploró con muy buenos resultados hasta hace algún tiempo, pero que abandonó, entre otras razones, por las divisiones de la MUD. En otras palabras: lo que se requiere con urgencia es fomentar las protestas masivas y pacíficas en las calles, para que terminen minando el poco respaldo popular que tiene el chavismo. Pero para ello es necesario que la oposición política se una, algo que es mucho más complicado de lo que se cree. Maduro y sus aliados del CNE han sabido fomentar y sacar provecho de las divisiones de la oposición, que tiene varias trincheras abiertas: la de María Corina Machado, la de Henrique Capriles, la de Julio Borges y Henry Ramos Allup, entre otras.

Intervención militar, ¿con Colombia a la cabeza?

Que el secretario general de la OEA, Luis Almagro, haya hablado en la frontera colombo-venezolana de una intervención militar como posible salida a la crisis del vecino país, no puede interpretarse de una manera ligera. Su declaración tiene una enorme carga de profundidad y amerita una lectura detallada para medir sus verdaderos alcances. Una intervención militar en Venezuela liderada por Estados Unidos, sería imposible sin la asistencia y el apoyo de Colombia. Punto. Y la única razón que podría justificarla es un consenso de los gobiernos, en el sentido de que el régimen chavista se convirtió en una amenaza para la seguridad no solo de los Estados Unidos, sino de los países de la región. Dado que la crisis venezolana tiene efectos directos, tanto en Estados Unidos, como en Colombia, hay quienes consideran que el tema será abordado en Noviembre próximo, cuando se reúnan los presidentes Trump y Duque, cuya agenda incluye “asuntos regionales, antinarcóticos y seguridad”. ¿Qué tanto está dispuesto Duque a colaborar con Estados Unidos, en caso de que el escenario de la intervención militar sea una realidad? ¿Debe Colombia meterse de lleno en asuntos internos de Venezuela, aunque esté demostrado que el éxodo de sus habitantes tiene grandes consecuencias en nuestro país? Son algunas preguntas sobre las que tendrá que reflexionar el presidente Duque, antes de su encuentro con Trump.

Maduro, ¿se cierran las puertas a una salida pacífica?

Nicolás Maduro solo puede salir de Miraflores de dos formas: a las buenas o las malas. La mejor manera de sacarlo a las buenas es mediante elecciones. Pero las elecciones tienen un solo problema: Maduro y los chavistas se las roban. En Venezuela pueden hacer cien elecciones y serán cien elecciones que se birlarán Maduro y sus aliados. El CNE es la mampara que utiliza el régimen chavista para disfrazar de democracia lo que es una dictadura. Tibisay Lucena, presidenta del CNE, es la ficha del chavismo para perpetuarse en el poder. Por eso el problema de Venezuela no es la falta de elecciones. Un régimen autoritario y déspota como el impuesto en Venezuela -que violenta todos los derechos y libertades de la oposición- no saldrá por las buenas. Es ese sentimiento de impotencia y frustración el que ha llevado a líderes políticos y representantes reconocidos de organismos internacionales, como Luis Almagro de la OEA, a considerar casi que con desesperación la intervención militar como última salida. Pero debe quedar muy claro que los grandes responsables de que dicho escenario, que hasta hace algún tiempo era considerado descabellado, hoy esté sobre la mesa como una opción válida, son los propios chavistas. Nadie más. Su desprecio por los valores democráticos, su carencia de autocrítica, su descarada, desmedida y desbordada corrupción y su cinismo sin par, se han encargado de cerrar todas y cada una de las puertas que los demócratas del mundo han querido abrir para encontrar una salida a la profunda y compleja crisis de Venezuela.

En un bosque de la China, Maduro se perdió…

Nicolás Maduro ha querido vender su viaje a la China como un logro y es todo lo contrario: un fracaso. O mejor: es la demostración del fracaso de ese esperpento político, económico y social llamado pomposamente Revolución del Siglo XXI. Maduro fue a la China a buscar más tierra para su fosa. Así de simple. Perdió la vergüenza para seguir mendigando, sin importarle que empeñó el país con las mayores reservas de petróleo del mundo y ni aun así pudo salvar la economía venezolana. Los chinos dan, pero también cobran. ¿O Maduro piensa que los casi 70.000 millones de dólares que le han prestado en los últimos diez años son un regalo? La China es de los pocos aliados con músculo financiero que todavía está dispuesto a darle la mano a Maduro, pero ese gesto no es gratuito y ya llegará el momento de cobrar la deuda, como de hecho empezó a suceder. Los medios de comunicación venezolanos amigos del régimen dirán que la visita de Maduro fue un éxito, cuando en realidad fue un fracaso. O mejor: es el reconocimiento del estruendoso fracaso, que los chavistas no quieren reconocer y que llaman Revolución del Siglo XXI.

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