Dinastía Castro llega a su fin tras 59 años al frente del poder en Cuba

El paso al costado que el presidente cubano Raúl Castro pretende dar este mes para pasar el poder a un nuevo líder abre un enorme interrogante sobre el eventual impacto de ese cambio en las difíciles relaciones bilaterales con Estados Unidos.
En un cuadro caracterizado por el drástico enfriamiento de las relaciones entre Washington y La Habana, analistas coinciden en que esa situación difícilmente cambiará mientras Donald Trump ocupe la presidencia.
Castro, de 87 años, pasará el testigo a un nuevo presidente a fines de este mes, después de haber dado el histórico paso de negociar con Barack Obama una reaproximación entre La Habana y Washington después de medio siglo de ruptura y desconfianza.
Ese proceso quedó literalmente estancado con la llegada de Trump a la Casa Blanca en enero de 2017, y ahora resta ver si la presencia de un nuevo líder en el Palacio de la Revolución tendrá condiciones de cambiar ese escenario.
Entre las figuras que pueden suceder a Castro se destaca el ingeniero electrónico Miguel Díaz-Canel, de 57 años y primer vicepresidente, aunque su ascensión a la presidencia aún no está confirmada.
Sin embargo, una eventual mejora en las relaciones con Washington no dependerá solamente de la voluntad o autoridad política de La Habana, sino que obedecerá fundamentalmente a la dinámica de la política interna estadounidense.
A menos que el nuevo presidente cubano “llegue al poder y cambie todo radicalmente, francamente no veo que haya muchos cambios”, dijo a AFP Elizabeth Newhouse, directora del programa sobre Cuba en el Centro de Política Internacional (CIP).
Para la experta, “Trump no obtendrá ningún beneficio político con un cambio en las relaciones, y sus electores en Florida parecen querer que las relaciones sigan estancadas, exactamente el lugar en el que estamos ahora”.
Mavis Anderson, especialista en Cuba para el Grupo de Trabajo de América Latina (LAWG) en Washington, estimó que, más allá de quien sea designado para suceder a Raúl Castro, “la pelota está en la cancha de Estados Unidos. Y es una pena porque esa cancha está destruida”.
Anderson dijo a AFP que no cree que Díaz-Canel o cualquier otro dirigente cubano “puedan cambiar significativamente la relación bilateral por ahora”.
Newhouse y Anderson coincidieron en que el gobierno de Trump ha puesto la política externa en manos de representantes de la “línea dura” del conservadurismo estadounidense.
Esto incluye al secretario de Estado (aún a ser confirmado) Mike Pompeo, y al asesor de Seguridad Nacional John Bolton, quienes nunca se preocuparon en moderar declaraciones agresivas contra Cuba.
Al mismo tiempo, el gobierno dejó que la política específica para Cuba sea delineada por dos legisladores ultraconservadores de origen cubano: el senador Marco Rubio y el legislador Mario Díaz Balart.
No hay nada que Díaz-Canel u otro dirigente puedan hacer para satisfacer a Rubio y Díaz Balart, dijo Anderson.
Un cambio en las relaciones bilaterales “probablemente requerirá un nuevo presidente” en la Casa Blanca, señaló Newhouse.
Un primer paso evidente, apuntan las analistas, sería dejar atrás el confuso episodio por los “ataques sónicos” y volver a tornar operativa la embajada de Estados Unidos en Cuba, donde el personal fue reducido a su mínima expresión.
Newhouse apuntó que el encargado de negocios en la embajada de Estados Unidos en Cuba, el diplomático Philip Goldberg, “tiene interés en una mejora de las relaciones, pero tiene las manos atadas”.
Anderson, a su vez, apuntó que “el primer paso es eliminar de inmediato la designación de esa embajada como destino para diplomáticos sin acompañamiento familiar. Es necesario reponer el personal de esa embajada”.
Para el abogado cubano-estadounidense Pedro Freyre, especialista en la legislación bilateral, la eliminación de trabas al intercambio comercial adoptada durante el gobierno de Barack Obama sigue vigente.
“El proceso de aproximación está estancado, pero se puede revivir si hay un cambio de administración estadounidense”, dijo Freyre, para quien “las condiciones que hacen a Cuba atractiva y las que hace a Cuba difícil, aún están ahí”.
Todos los analistas coinciden en que, más allá del nombre designado para sustituir a Castro y al humor de las relaciones con Estados Unidos, el nuevo presidente cubano tendrá prioridades apremiantes internamente.
Anderson apuntó que el nuevo presidente cubano seguramente “se concentrará en la economía y no en las relaciones bilaterales, que es un área que promete muy poco”.
Para Newhouse, el sucesor de Castro inicialmente “tendrá que consolidar su legitimidad” al frente del gobierno.
Freyre, en tanto, apuntó a AFP que espera “una reivindicación de los llamados principios revolucionarios” y garantizar la continuidad del modelo. Por ello dijo sentirse “cautelosamente optimista” sobre una mejora de las relaciones bilaterales.
Así, parece demasiado lejos el festivo 20 de julio de 2015, cuando altos funcionarios estadounidenses acompañaron el izado de la bandera cubana en el corazón de Washington en la reapertura de la embajada cubana.
La bandera sigue allí, pero la fiesta se vació.
AFP
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