ANÁLISIS LEY DEL MONTES | FARC: El pasado no perdona

Cali, febrero 07 de 2018
Rechiflas contra Timochenko por inicio de su campa–a en Cali (Colprensa – El Pais)

Por Oscar Montes

@LeyDelMontes

¿Qué hay detrás de las rechiflas al candidato presidencial Rodrigo Londoño,  ‘Timochenko’? ¿Oportunismo político, intolerancia, odio o sanción social?

La imagen del candidato presidencial de la Farc, Rodrigo Londoño, Timochenko, saliendo nervioso y presuroso, escoltado por el Esmad de la Policía de distintas plazas, entre ellas las de Armenia y Cali, mientras sobre su cuerpo caían tomates y huevos crudos, que eran lanzados por decenas de personas, que lo increpaban con gritos de “asesino, asesino”, evidencia no solo la rabia y hasta el odio que despierta el máximo líder de ese movimiento político, sino el grado de intolerancia política que se vive hoy en Colombia.

Los candidatos de las Farc están recibiendo un rechazo masivo que en medio de su prepotencia nunca imaginaron, pues para sus máximos jefes no hay razones para expresar arrepentimiento por sus actos de terror cometidos durante más de 50 años de lucha armada. Ese fue su discurso desde que se sentaron con delegados del gobierno en La Habana y sigue siendo ahora que aspiran a llegar al Congreso y a la Presidencia de la República mediante el voto popular. Para las Farc, es el Estado colombiano quien está en deuda con ellas. Por esa razón sostienen que más que victimarias, son víctimas del conflicto armado que protagonizaron por más de cinco décadas.

Pero una cosa es que los jefes de las Farc piensen algo tan descabellado y otra muy distinta es que con semejante argumento -cínico y falaz- pretendan encontrar respaldo masivo en las urnas. Nadie en Colombia -distinto a las Farc- piensa que ellas son víctimas de la guerra. El Gobierno tampoco lo cree, pero en La Habana, sus delegados, encabezados por el hoy candidato presidencial, Humberto De la Calle, no solo se tragaron ese sapo, sino que a partir del mismo diseñaron toda la estructura de una negociación cuyas grietas millones de colombianos se las enrostran en las distintas plazas del país.

Los jefes de las Farc debían saber que saltar del monte a la plaza pública, sin ningún tipo de escala, ni siquiera las establecidas en la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), tendría un enorme costo político. La capacidad de perdón de los millones de colombianos que se consideran víctimas de las Farc no es infinita. El daño causado por tantos años de ataques indiscriminados a pueblos y veredas, las muertes de cientos de soldados y policías, las extorsiones y secuestros a miles de campesinos y el reclutamiento forzado a cientos de niños, no se olvidan de la noche a la mañana. No es tan fácil.

Pero el Gobierno también debía saber que una cosa es gritar, como lo hizo el presidente Juan Manuel Santos, “bienvenida la paz con las Farc” y otra cosa muy distinta es que la paz con las Farc sea bienvenida. No es tan fácil. Mucho menos si los jefes del desaparecido grupo guerrillero insisten en presentarse como si fueran Caperucita Roja y no el Lobo Feroz.

Pero también hay mucho resentimiento con Santos, a quien millones de colombianos señalan de haberles hecho conejo, luego de votar NO y ganar el plebiscito que se realizó para refrendar el acuerdo de paz de La Habana. Las rechiflas a Timochenko y a Iván Márquez, abucheado en Florencia, Caquetá, son también una cuenta de cobro al Presidente de la República, quien creyó que la reconciliación con el antiguo grupo guerrillero se podía alcanzar por decreto.

A ello se suma un debate electoral caldeado como nunca antes, con un tono agresivo pocas veces visto y con un grado de intolerancia preocupante. Esa especie de “cóctel molotov” no podía producir nada distinto al triste y lamentable espectáculo que hoy presenciamos los colombianos y que llevó a los jefes del ahora movimiento político a suspender sus actividades proselitistas.

Las Farc y el Gobierno debían saber que -por lo menos- era necesario que los líderes de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc), que hoy aspiran a cargos de elección popular pasaran por el tamiz de la JEP. Era lo mínimo. Pero ni eso lo consideraron. Todo lo contrario: todos pisaron el acelerador a fondo para llegar a las elecciones de marzo y mayo con candidatos de la Farc, cuando -precisamente- uno de los puntos que llevó a ganar al No en el plebiscito fue el rechazo a que los jefes del grupo ex guerrillero participaran en política.

Ante la arremetida de quienes condenan el proselitismo de la Farc, tanto el Gobierno como los voceros de ese movimiento político, han señalado como directos responsables de las mismas a militantes del Centro Democrático. Esta conclusión poco sorprende, pues si alguien ha cuestionado los acuerdos de La Habana ese es Álvaro Uribe, pero ella no es del todo cierta.

Gobierno y Farc se equivocan porque no es solo el uribismo el que repudia el proselitismo impune de las Farc. Es un error creer que ello es así, como fue un error pensar que solo el uribismo respaldaba el No. El exvicepresidente y hoy candidato presidencial Germán Vargas Lleras ha dicho que la reacción contra los candidatos de las Farc es reflejo de la acción criminal de ese grupo exguerrillero por más de cinco décadas. De igual manera se han expresado otros dirigentes políticos y voceros gremiales, que si bien es cierto que respaldaron los diálogos, siempre cuestionaron la inmensa generosidad del Gobierno para con el entonces grupo insurgente. ¿Qué hacer ante la compleja situación?

¿Sanción social o terrorismo?

Las agresiones y los insultos que han sufrido los candidatos de la Farc en las plazas públicas muestran dos hechos incuestionables: un alto nivel de intolerancia política y un repudio total al hecho de que los jefes del antiguo grupo guerrillero pretendan pasar del monte al Congreso y a la Presidencia sin antes rendir cuentas de sus acciones criminales. Un inmenso número de colombianos exigen aunque sea un mínimo castigo para las Farc, que fue el compromiso adquirido por las partes en La Habana. Hasta el propio Santos declaró en varias oportunidades que “no habrá impunidad con los jefes de las Farc”. Y al no someterse ni siquiera a la Jurisdicción Especial de Paz antes de salir a echar discursos a la plaza pública, el mensaje que están enviando los ex jefes de las Farc es que no están dispuestos a recibir ningún tipo de castigo. Ante este comportamiento prepotente y ofensivo, un buen número de colombianos optaron por expresar su inconformidad mediante uno de los recursos con que cuentan los inconformes en un sistema democrático: la sanción social, que se manifiesta mediante la rechifla y hasta el lanzamiento de tomates y huevos crudos. En Colombia una rechifla, como una firma, no se le niega a nadie, que lo digan Santos y Uribe, quienes tienen el cuero duro de tanto recibirlas. Y hasta huevos le han reventado en la cabeza a algunos uribistas, como José Obdulio Gaviria. Que se sepa ninguno de ellos ha calificado esas manifestaciones de inconformidad como acciones terroristas.

El desarme no es suficiente

La deuda de las Farc es muy grande y los colombianos la quieren cobrar en la plaza pública con insultos y chiflidos a sus candidatos. Está visto que haber abandonado las armas no es suficiente. En la mesa de La Habana quedaron demasiadas preguntas sin resolver. Ni el Gobierno ni las Farc quisieron ocuparse de ellas y son muchas las personas que hoy exigen respuestas en las manifestaciones públicas. Los vínculos de las Farc con el narcotráfico, el reclutamiento obligado de menores y los abusos a las niñas combatientes, relatados hoy con crudeza por varias de las víctimas, son algunos de los asuntos que quedaron pendientes por parte de los negociadores del grupo guerrillero, que hoy pretenden llegar al Congreso y a la Presidencia sin untarse ni mancharse. Decirle adiós a las armas es sin duda una enorme manifestación de la convicción íntima que asiste a los jefes de las Farc de buscar por la vía electoral lo que no pudieron lograr con fusiles y morteros. Esa valerosa y riesgosa apuesta también tendrá que ser reconocida por quienes hoy desatan su furia contra Timochenko y Márquez. En otras oportunidades así ha sucedido, como de hecho hoy ocurre con los exguerrilleros Gustavo Petro y Antonio Navarro, quienes han sido elegidos alcaldes de Bogotá y Pasto, respectivamente. El primero aspira a la Presidencia y es favorito en las encuestas, mientras que el segundo quiere ser alcalde de Bogotá por el Partido Verde.

A nadie le gusta que lo chiflen y le lancen tomates y huevos crudos, sea candidato o Presidente. A todos nos gusta ser vitoreados y aclamados. Pero tanto las rechiflas como los aplausos se tienen que ganar. No son gratis. Punto. Los huevos y tomates que le arrojan a Timochenko son producto de los “cilindros bomba” y los “morteros” que en su época de combatiente de las Farc lanzó contra centenares de poblaciones en Colombia. “Que agradezca que nosotros le lanzamos tomates y no bombas”, dijo uno de los manifestantes en Armenia. Después de más de cincuenta años de ensañarse contra la población civil, lo extraño no es que a Timochenko lo chiflen, lo extraño sería que lo aplaudieran. Ahora el candidato presidencial de la Farc tendrá que ganarse a pulso los aplausos, de la misma manera que se ganó a pulso las rechiflas. Así funciona el sistema democrático, el mismo que quiso derrotar por la vía armada pero fracasó en su intento. Esas son las reglas de juego a las que se sometió cuando firmó la paz con el gobierno de Santos, el mismo Santos al que también rechiflan, quienes consideran que “entregó el país a las Farc”. La gran diferencia es que a Santos ya no le importan las rechiflas, porque va de salida de la Presidencia, mientras que a Timochenko si, porque quiere llegar al puesto que hoy ocupa Santos. Mientras a Santos las rechiflas le resbalan a Timochenko las rechiflas le preocupan, tanto que decidió suspender su campaña proselitista.

A los candidatos de la Farc hay que escucharlos en la plaza pública. Ese también es su derecho, después de haber firmado un acuerdo de paz que contempla su desarme, desmovilización y reinserción a la vida civil. El desacuerdo con lo pactado en La Habana deberá expresarse en las urnas en marzo, mayo y junio, en caso de que haya segunda vuelta presidencial. La democracia es la expresión de la voluntad de las mayorías, pero es también y sobre todo el respeto de los derechos de las minorías. Lanzarles tomates y huevos crudos a los candidatos de la Farc es no solo una demostración de intolerancia política, sino una muestra de insensatez, en un país donde hay millones de personas que no tienen ni tomates ni huevos para comer. Timochenko y compañía, así como sus antiguos jefes, entre ellos Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, siempre alegaron que se fueron al monte, porque no los querían oír en las ciudades. “Las armas fue nuestra única opción”, decía Alfonso Cano. La democracia -aún una tan imperfecta como la nuestra- permite que nos escuchemos todos. Pero para poder decidir es necesario que respetemos el derecho que tenemos todos de expresar nuestras ideas. Después de cincuenta años de guerra, los ex jefes de las Farc así lo entendieron y por ello lo mínimo a lo que tienen derecho, después de haber abandonado las armas, es a que escuchemos lo que tienen que decirnos.

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