Análisis Ley del Montes Elecciones 2018: ¿Uribe contra quién?

El ex presidente y jefe natural del Centro Democrático es el único que puede garantizar a su candidato el paso a la segunda vuelta, donde se definirá el sucesor de Juan Manuel Santos.

Por Oscar Montes

@LEYDELMONTES

Las marchas del pasado sábado, lideradas por el Centro Democrático, que orienta Álvaro Uribe Vélez, terminaron convirtiéndose en uno de los hechos políticos del año. La masiva protesta –que se llevó a cabo en todo el país y en la que participaron millones de colombianos– sirvió para medir la capacidad de convocatoria que tiene el mayor partido opositor al gobierno de Juan Manuel Santos con miras a las elecciones regionales y presidenciales de 2018.

Contrario a lo que han afirmado algunos amigos del Gobierno, como el exministro Gabriel Silva –que cuestionó el número real de participantes en las marchas– el balance de la jornada resultó positivo para el expresidente y actual senador. En todas las ciudades salieron colombianos a expresar su inconformidad con el Gobierno y contra la corrupción. La participación fue masiva. “En Bogotá y Medellín fue impresionante el número de personas que salió a marchar”, me dijo un senador del Centro Democrático.

El hecho de que no todos los que marcharon el pasado sábado hayan sido uribistas no quiere decir que no sean antigobiernistas, como pretenden hacerlo ver los contradictores de Uribe. Si algo unió a quienes salieron a protestar el primero de abril fue –precisamente– su rechazo al Gobierno. Ahora bien, lo que tampoco se puede desconocer es que la inmensa mayoría de quienes salieron a marchar sí son fieles seguidores de Uribe, que sigue siendo la figura sobre la cual gravita la política nacional, tanto como la del propio presidente Santos.

Y ello es así porque –a diferencia de los demás jefes naturales de los partidos políticos del país– Uribe es el único expresidente que ejerce a plenitud. Tiene poder, voz y mando. Y hace sentir todos y cada uno de ellos. Todas las semanas se reúne con la Dirección Nacional, habla con los dirigentes regionales y nacionales, en el Congreso reúne a su bancada y echa línea política sobre diversos temas. Escucha las opiniones de concejales, diputados, representantes y senadores, así como de alcaldes y gobernadores. Se reúne siempre con la directora nacional del Partido, Nubia Stella Martínez, para definir directrices, anuncios y decisiones futuras. La suya es –sin duda– una jefatura natural con militancia, plena y sin fisuras.

A diferencia de Uribe, los otros ex presidentes no cuentan con ese respaldo absoluto en sus partidos. Los liberales Ernesto Samper y César Gaviria, por ejemplo, deben enfrentar duras resistencias internas. Al primero le cuestionan sus calidades morales –surgidas del escándalo del proceso 8.000 y de la financiación de su campaña presidencial por parte del cartel de Cali–, mientras que a Gaviria el ‘sector social’ del liberalismo le cobra su ‘neoliberalismo’. De manera que Samper y Gaviria son en realidad jefes de una parte del Partido.

Y en lo que tiene que ver con el conservatismo, el expresidente Andrés Pastrana tiene liderazgo, pero no tiene Partido. Quienes quedaron con poder dentro de la colectividad optaron por acomodarse al gobierno de turno a cambio de recibir un pedazo de la torta burocrática y contar con influyentes funcionarios en el Ejecutivo, que les permita a sus amigos contratistas apuntarse en jugosos negocios. Esa es la realidad, así el presidente del Partido, senador Hernán Andrade, diga que “estamos mamados de que nos señalen de pedir puestos a cambio de nuestros respaldos”.

El expresidente Uribe logró conformar en torno a su figura un partido político que muestra resultados en todas las elecciones, con un estatuto orientado a favorecer la eficiencia y con plena orientación ideológica. Aunque no fue el único convocante, el Centro Democrático abanderó el año pasado el NO al Plebiscito para refrendar los acuerdos de La Habana, entre el Gobierno y las Farc, que a la postre derrotó al SÍ, que lideró el presidente Santos con todo su equipo de Gobierno y los distintos partidos que conforman la Unidad Nacional. A la hora de los balances, el triunfo fue atribuido a Uribe y la derrota a Santos.

“El Centro Democrático es un partido reglado, pero de procedimientos simples, muy democrático y con amplia participación ciudadana. En la próxima Convención del Partido, que será el próximo 6 de mayo en Bogotá, vamos a elegir una nueva Dirección Nacional, vamos a fortalecer nuestro Comité de Ética. Tenemos un ambicioso proyecto de organización de nuestros militantes, para lograr mediante la tecnología una comunicación permanente, fluida y oportuna. Ya está estructurada la Escuela de Estudios y Análisis del Partido. Tenemos lista una estrategia de financiación democrática, donde los actores no solo aportaremos recursos, sino ideas y propuestas”, sostiene la directora del Partido, Nubia Stella Martínez, quien está al frente del proceso de ‘reingeniería’ que se lleva a cabo en áreas claves del Centro Democrático.

El Centro Democrático, con el expresidente Uribe a la cabeza, cuenta con 40 parlamentarios leales y comprometidos a su causa, una gobernación propia y dos con alianzas y coaliciones, 33 diputados en todo el país, 59 alcaldías propias, otras 27 con coaliciones y 83 con alianzas, así como 552 concejales, seis de ellos en Bogotá.

Se trata de una fuerza política con un músculo electoral muy significativo, que garantizaría al expresidente Uribe la posibilidad de que el candidato presidencial de su partido –independientemente del nombre del mismo– pase a una segunda vuelta. A diferencia de los demás candidatos de los otros partidos –cuyos votos se fraccionarían, como podría ocurrir con las distintas vertientes de la izquierda, o con los partidos de la Unidad Nacional– el del uribismo tendría sobre sus hombros el respaldo unificado de todo el Centro Democrático, así como el de muchos colombianos que –sin ser militantes del mismo– comulgan con las ideas del expresidente.

Así las cosas, la pregunta que queda sobre la mesa es contra quién se enfrentaría el candidato de Uribe en la segunda vuelta presidencial, donde las alianzas serán definitivas, como lo fueron en 2014, cuando Santos recibió el respaldo de los partidos y movimientos de izquierda “amigos de la paz”, entre ellos el Polo Democrático de Clara López y la Alianza Verde.

En este escenario electoral, el Centro Democrático se convierte en “el socio perfecto”, como lo definió un dirigente del partido, pues cuenta con grandes afinidades, tanto con dirigentes, como con militantes en todos los partidos. ¿Cuáles son los escenarios posibles en materia electoral para el próximo año?

Las elecciones presidenciales del próximo año se definirán en la segunda vuelta. Punto. Ningún candidato está en capacidad en estos momentos de imponerse en la primera ronda. Por esa razón el esfuerzo debe concentrarse en llegar a ella con la posibilidad de crear el mayor número de alianzas, que garanticen a los dos candidatos la mayor cantidad de votos para poder llegar a la Casa de Nariño. En la segunda vuelta de 2014, la negociación de paz con las Farc le permitió a Santos obtener el respaldo del Polo Democrático y de la llamada Alianza Verde, entre otros movimientos de izquierda. Esa alianza estratégica electoral –muy difícil de digerir por sus seguidores– es la razón por la cual la senadora y aspirante presidencial Claudia López y la ministra Clara López terminaron matriculadas como santistas y gobiernistas. La paz terminó por aglutinar a varios sectores sociales con Santos, mientras que Zuluaga no logró los acuerdos necesarios para revalidar el triunfo de la primera vuelta.

A ello se sumó –sin duda– una intensa movilización proselitista por parte del Gobierno en pleno, al servicio del ‘candidato-presidente’, que no ahorró recursos económicos ni logísticos para obtener la victoria.

Parlamentarios, ¿en plaza pública o en estrados judiciales?

Buena parte de la suerte de las elecciones presidenciales del próximo año dependerá de lo que pase con los parlamentarios y sus vínculos con el escándalo de Odebrecht. Si el fiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira, mantiene el pie en el acelerador –como esperamos todos– y termina de desenredar la maraña de dineros que fueron repartidos a los distintos partidos y movimientos políticos –no solo por Otto Bula– varios de los actuales congresistas tendrán que cambiar la plaza pública por los estrados judiciales, donde deberán comparecer para explicar su actuación. La Fiscalía General está al frente de las investigaciones y se espera que las mismas arrojen resultados más temprano que tarde. En el caso de los parlamentarios, el ente investigador remitirá las pruebas a la Corte Suprema –su juez natural– para que asuma el proceso de juzgamiento. En la medida en que más congresistas sean vinculados a la investigación, más débil será el respaldo que tendrá el candidato presidencial de ese partido o movimiento político. De hecho, en la actualidad hay varios representantes y senadores dedicados mucho más a ordenar todos sus papeles –en caso de que haya requerimiento judicial– que a las actividades proselitistas.

Humberto De la Calle también será candidato presidencial, aunque lo niegue. Ese no es el problema. El problema es a nombre de qué partido o movimiento político. El liberalismo –su partido– tiene otros aspirantes, como los senadores Luis Fernando Velasco y Juan Manuel Galán, así como el ministro Juan Fernando Cristo, por ahora. A De la Calle –que es el hombre que más sabe de la negociación con las Farc, puesto que estuvo al frente de las mismas en La Habana– no lo entusiasma tener que someterse al desgaste de una precandidatura partidista que no le garantiza el triunfo. Por eso preferiría explorar otros terrenos, como una futura candidatura independiente, que le permita ponerse una camisa multicolor y no solo la roja liberal. Por los lados de La U, Roy Barreras quiere ser candidato y dice ser candidato, pero nadie le cree. En el partido del Presidente están más interesados en conocer los nombres de los congresistas mencionados en el escándalo de Odebrecht, que en las identidades de los futuros candidatos presidenciales. Es evidente que los partidos de la Unidad Nacional, cada uno por su lado, no tienen candidatos que les garanticen la segunda vuelta. El único de ellos que podría hacerlo es Cambio Radical, con Germán Vargas Lleras, quien cuenta no solo con el respaldo de una muy buena gestión como vicepresidente, en lo que tiene que ver con logros en materia de vivienda social e infraestructura, sino que cuenta con buen músculo electoral, sobre todo en la Región Caribe y en Bogotá. Su problema es que en el liberalismo hay sectores influyentes que no lo quieren y en La U tampoco.

En una reciente entrevista el candidato presidencial Sergio Fajardo sostuvo que, “yo no soy ni he sido aliado de Álvaro Uribe”. La afirmación sorprendió a más de un militantes del Centro Democrático, que sabe que en el pasado las relaciones de Uribe con Fajardo fueron bien distintas a como son hoy. La negociación del Gobierno con las Farc en La Habana terminaron distanciándolos. Fajardo está hoy en carrera por la Presidencia y su principal reto es convertirse en el candidato de los “NiNi”. Es decir, ni con Santos ni con Uribe, que son las mismas aguas en las nadan Gustavo Petro, Claudia López, Piedad Córdoba y Jorge Enrique Robledo. Se trata de una alianza de partidos y movimientos de izquierda –unos más radicales que otros– que tienen como propósito pasar a la segunda vuelta presidencial, algo que sería un hecho histórico en Colombia. El problema sigue siendo el mismo de siempre: que se pongan de acuerdo. Si lo logran, sus posibilidades de pasar a una segunda vuelta crecerían de manera significativa y en esas condiciones la Casa de Nariño ya no estaría tan lejos. Aunque también habría que tener presente el nombre del candidato, porque una cosa es Fajardo de aspirante y otra Petro, o una cosa es Robledo de aspirante y otra Piedad Córdoba. Una cosa es tocar con guitarra y otra con violín.

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